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viernes, 30 de marzo de 2018

Paidofagia



Aquitania lavó con cuidado la tela, para que no quedara mancha alguna, ni un pequeño manchón anaranjado o marrón, en cada pliego del vestido. Nadie caminaba alrededor de río a esa hora, no en las inmediaciones del palacio. Todo era calma y silencio, excepto por el extraño vagabundo al que, llegado de madrugada con apenas un destello  en el horizonte, su esposo había hecho recibir con honores, como si se tratase de un gobernante de tierras lejanas. Aquitania sabía el porqué, su esposo y ella eran personas inteligentes, tan letradas como se podía ser en su tiempo, y sobre todo astutas. Se apresuró entonces a terminar con su labor, que casi siempre se destinaba a los criados y esclavos, en especial ese detalle de la limpieza, excepto ese día. No podía ser así, por supuesto, no ante su invitado.
                Pronto los gritos irrumpirían la calma.
                Aquitania regresó al palacio, ahí su esposo, el rey, discutía acaloradamente con el invitado, quién mostraba una sabiduría basta y ejemplar, como ninguno que hubiese conocido antes, cual señor de una tierra poderosa. Tal invitado merecía un espectacular banquete, con las decoraciones más bellas, el mejor alimento, y el vino más elegante.
                El viejo parecía saberlo todo y sus modales eran dignos de un conocedor de las leyes y honores de todos los pueblos; a pesar de su aspecto sucio, sus ropajes rotos, gastados,  casi unidos a su piel por las horas sobre ella, el sudor y  las llagas. De igual forma, su hirsuto cabello, caedizo y piojoso, no reflejaban en lo absoluto el conocimiento que mostraba el anciano.
                El rey no mandaba asear a su invitado, pues temía que se pudiese ofender.  Por lo general cualquier extranjero que llegaba a esas tierras era asesinado, pero ese día el rey había puesto atención a las señales del cielo. Nadie había transitado los caminos cercanos, pues las lluvias habían provocado deslaves e inundaciones, además que la fama del rey era conocida en ciudades aledañas. Se sabía que era duro, y que los extranjeros llegados sin mostrar los debidos honores, o su importancia en otras tierras, eran asesinados o desaparecidos. De igual forma, los hijos del rey, que eran más de 50, tenían la fama de insaciables e impíos, así como crueles. Sus lacayos habían visto la noche anterior, una velada de tormenta, a un águila descender a los montes del sur, lugar desde dónde venía el extraño. Parecía sospechoso, más no definitivo, aún tras el incendio en las cercanías del templo de Zeus. Sin embargo, el rey era precavido, y gustaba de honrar a los dioses, tanto que había sacrificado criados y esclavos en su honor en muchas ocasiones, y pensaba que tal vez los habitantes del Olimpo agradecían sus memorables rituales, o tal vez…
                A la hora del banquete se sirvió una carne especialmente jugosa, una que siempre fascinaba al rey, a su esposa y a sus hijos, y era reservada para ellos y nadie más, excepto como ofrenda en el Templo de Zeus, o para las fiestas en honor a Selene durante las noches de Luna llena. Y en esa ocasión, la carne tenía algo especial, algo que sólo el mismísimo rey y su esposa Aquitania habían probado.
                El momento llegó, y, como era de esperarse, se le sirvió primero al invitado. Este último, anciano y hambriento, tras haber seguido las respectivas cortesías y tener el permiso del rey, llevó el vino y la carne a su boca. En medio del furor de la fiesta, el invitado se levantó de un salto, exaltado. Un sabor metálico se percibía en el vino, un olor ocre en los guisos, la jugosa carne era demasiado suave, casi se deshacía en la boca, pero algo en esa suavidad era sospechoso, terrible. El rey, mientras masticaba con placer la carne, sonreía de oreja a oreja, y en su mueca el vagabundo vio algo perverso.
                El anciano supo bien de que se trataba todo, se percató que los rumores eran ciertos, inclusive eran peores de lo esperado. En la mesa, entre los asistentes e invitados, estaban 50 de los hijos del rey, a pesar de que el rey Lycaón tenía 52 hijos, y sólo 5 de ellos eran de Aquitania, los 3 mayores y los 2 menores, y eran estos últimos, un niño de 7 años y una niña de 4, los que faltaban. Así, la carne reservada para el invitado, el rey Lycaón y su esposa Aquitania, era tan o más pequeña que la de un lechón, pero sus sabor era distinto a cualquier cosa saboreada con anterioridad.
                El anciano gritó enfurecido, y un rayo atravesó el techo para incendiar la mesa en que se hallaban los invitados. Las puertas se cerraron y quedaron bloqueadas, los hijos de Lycaón trataron de huir, pero las llamas se extendieron tan rápido como si fuesen tigres cazando a sus presas. Lycaón y Aquitania se levantaron y trataron de salir, más en la huida Lycaón corrió sobre sus manos y pies, arrastrándose para pasar por algún recoveco, las llamas le cayeron encima, y mientras avanzaba, el fuego, en lugar de quemarlo, parecía darle nueva forma al achicharrado cuerpo. Unas  patas como de canino surgieron dónde antes había pies y manos, la boca de agrandó unos dos palmos frente a la cara mientras los labios se abrían hasta las orejas, mientras éstas se hacían para atrás y el cuello, así como todo el cuerpo, se encorvaba. Las oraciones de piedad se convirtieron en gruñidos, los gritos en aullidos, y en tanto sus ropas, su piel y su reino quedaban atrás, Lycaón trotaba en el cuerpo de un enorme lobo negro.
                Mientras que Aquitania se quedó atrapada en el templo, y fue quemada por las llamas y manchada por las  cenizas, sin embargo su maldición no le dejó perecer, y se levantó de las ruinas de la ciudad de Arcadia, con piel blanca y mortecina, condenada a ser repudiada y temida, llamada por los hombres en siglos posteriores  como La Graya, con el castigo de no sentirse jamás satisfecha en sed y hambre, más que comiendo carne joven.
                Y esa fue la maldición de Lycaón y Aquitania por tratar de alimentar al rey del Olimpo con la carne de las víctimas, compadecidos sólo por Selene, que bendijo a sus posteriores descendientes con la gracia de no mostrar su verdadera forma más que con el influjo de la Luna llena. Pues a partir de ese día los dioses prohibieron el sacrificio de infantes, y maldijeron a los descendientes de los que faltaran al mandato, en especial a quienes tuvieran el atrevimiento de comer niños.




Antonio A. Huelgas

30 de marzo de 2018  

martes, 13 de marzo de 2018

Un castillo en la niebla




La joven corría a toda velocidad, entre pasillos desolados, en las tinieblas, detrás de ella también corría su hermano, y ambos reían mientras el eco de sus pasos y de sus voces saltaba de un lado a otro en medio de los estrechos muros del castillo. Inventaban apodos y palabras, tanto impronunciables como sin sentido, mientras jugaban: Mialma, Lisalada, Eleaporto, Domenericominus Asur, Nazalar, Marguerileanimula, Serratinusinuel, Elohimiasuryahvefet, Nilamaluda Malina, Astronivocus arremé, y otras tantas igual o más complicadas. Ambos se divertían como niños, pero ya hace mucho tiempo habían dejado de serlo, envejecieron jugando entre laberintos, riendo en las sombras, perdidos en sonrisas y correteos. Ambos olvidaron sus nombres hace tanto que ni podrían siquiera recordar su primera letra, o la vocal en la sílaba tónica, apenas el arrullo de una palabra desconocida, perdido entre ecos y laberintos. La chica apenas podía pensar en el tiempo, en su edad, en el pasar de la historia fuera de los muros del castillo coronado por rayos, del monumento que, perdido en la noche, perdido en la niebla, entre valles y bosques y tierras desoladas, circundadas por la podredumbre de la esfera muerta, era tan sólo la última hoja verde sobre la última hoja seca de un árbol que todo había perdido tiempo atrás. Ella abrazó a su hermano mayor y recostó su cabeza en el hombro de éste, mientras el hermano acariciaba su largo cabello, y, sin hablar, se miraron durante un largo rato hasta quedarse dormidos, ambos recargados sobre la pared de piedra negra y ladrillos antiguos, sumidos en el silencio de los túneles, entretanto corrían los ecos a lo lejos, dejando tras de sí una estela redonda. A sus espaldas los grabados que databan desde el origen del hombre, olvidados en el más allá, entre resplandores de color arcoiris y gotas de agua que no cesaban de caer sobre un charco siempre seco, ríos de ceniza bajo la fría tumba en abandono. El mundo apenas era un cascarón, una vasija que se llenaría ante el encuentro de dos voces, y lo demás era terreno yermo. La joven durmió, y de sus sueños brotó el infinito caudal, en el amor de su hermano, y para su hermano, en verdes praderas y árboles de frutos sin fin, ante el brillo de un sol siempre radiante, sin ansiar despertar más que para correr y reír entre pasillos inmensos. Y así durmieron, soñaron, sin despertar, y en sus sueños corrían y retozaban entre pasillos sin fin.
Al exterior el cadáver observaba el castillo entre la niebla, perdido en las memorias tenues, en reposo y sin sentido por el cual mantenerse, escuchando fantasmas en el velo blanco, siempre a la espera, siempre condenado, por la incertidumbre de un nombre, y nada más, una palabra secreta y olvidada, el nombre de la última estrella, el nombre perdido, el nombre distante de su amada hermana.

F I N



Antonio A. Huelgas
13 de Marzo del 2018

domingo, 7 de enero de 2018

Roe y se arrastra



Arrastrándose en la oscuridad la blasfemia acecha y gruñe, babea y murmura secretos en lenguajes olvidados. El hombre camina solo y cansado, cerca de las sombras, sentado en un escritorio vacío, en una habitación sin ventanas, con las puertas tapadas por tablas y muebles, la única luz parpadea desde una lámpara. Al exterior los gritos de pavor, los gruñidos y las voces acompañan el sonar de fauces que se abren y cierran CHAC CHAC CHAC... CHAC CHAC CHAC. Y algo más, algo que corre entre muros, reptando en espacios dónde no debería lograr moverse, pero lo hace, conoce todos los nombres y le producen apetito. Siempre tiene hambre.
El hombre se levanta y camina, algo rasguña las paredes, uñas enterrándose en las paredes, garras arañando metal TIC TIC TIC. Los chirridos torturan los oídos del tipo, más porque sabe que vienen por él, pues ya no tienen nadie más a quién cazar, y desde el principio le tuvieron especial apetito.
CHAC CHAC CHAC... TIC TIC TIC
Los alimentó con su sangre, por algo se hallaban ahí. El ritual había sido un fracaso, no habían tomado en cuenta los accidentes pues ni siquiera pensaron que tendrían éxito, las probabilidades eran tan escasas que ni siquiera se podría haber considerado posible el éxito, más lo fue, y de la peor manera posible. La prudencia parecía sobrar, pero hizo tanta falta. Los demás colaboradores del rito yacían en la oscuridad, los afortunados bajo la tumba, otros formaban parte del carnaval de rostros, y uno en particular susurraba desde el interior de las paredes. Fueron 9 al comienzo, tres muertos tan solo al concluir la ceremonia, 3 fueron jalados y nunca más volvieron, dos coronan la efigie del caos, en medio de sonrisas sin forma y caras vacías de voces silbantes, cuyas palabras silencian; y uno con vida, encerrado.
TIC TIC TIC TIC TIC TIC CHAC CHAC CHAC
3, pensaba el hombre, siempre el 3, número maldito, 6, 9 y de nuevo tres, uno u otro, una y otra vez. A cada instante las cifras se mezclaban con los símbolos y los mitos, todo en torno al ritual. Tres libros, 6 objetos, 9 símbolos, uno por cada persona en el transcurso de 9 días. Siempre con la tensión de los dos minutos para la finalización, durante todas las noches de la ceremonia. La única regla era no dejar de escribir ni orar, por más que las pesadillas vagaran a los alrededores. Que estupidez había sido tomar la conjura como una broma, cuán imbéciles habían sido, y más al no cerrar el ciclo. Su cobardía de no continuar, de no cerrar el proceso, fue la causa de la catástrofe. Sin embargo habría sido peor de haber concluido.
ÑLAC CHLAC ÑLAC
El conocimiento de fórmulas, oraciones, palabras y conjuros determinados había sido un conocimiento inútil hasta el inicio de la pesadilla. Era divertido hasta cierto punto, muy irónico, casi tenía ganas de darse un tiro ahí mismo, o de abrir las puertas.
TIC TIC TIC
La soledad del cuarto habría resultado reconfortante en otro caso, aunque algo relajaba estar ahí sentado, con las notas, en las sombras de la habitación, frente al escritorio.
Siempre se había apegado al escepticismo, no con dogmatismo ni fanatismo, no más que una postura conveniente y adecuada con la realidad, más ahora, la oscuridad parecía mofarse en su cara de todo ello. Sentiose como un Fausto, confiado en sus conocimientos y llevado por el hastío, su proceder en el ritual había sido ingenuo, y Mefistófeles resultó ser mucho más astuto de lo esperado, siempre lo era, y más peligroso. A diferencia de Fausto y sus jugarretas, basadas en años de conocimientos profundos, el hombre sabía que no tenía el conocimiento ni los medios para escapar de su destino, de ninguna manera.
CHAC CHAC CHAC
En el mejor de los casos le esperaba una muerte horrible, que no daría término a sus sufrimientos, más evitaría lo peor. Ya estaba harto de los ruidos, de las voces, en especial del sonido de las mandíbulas, y el goteo.
Creyó escuchar risas por doquier, débiles, en susurro, como conteniéndose, cuales niños planeando una travesura, con malicia. También de fondo, como a una gran distancia, risas enloquecidas, vacías pero había algo en ellas, lunáticas más, en cierto modo, tranquilas, demasiado.
TIC TIC TIC
Ese sonido, entre el goteo constante del agua que cae una y otra vez, y pequeños golpeteos de un objeto contra otro, duro, como hueso, contra el metal, como uñas o garras ¡y el sonar de los dientes masticar y chocar sus mandíbulas! CHAC CHAC CHAC una y otra vez.
El ritual se había salido de control, no se limitó a matar a sus practicantes, sino que arrasó millas y millas, y se extendió. El hombre no sabía el número de muertos ni el lugar dónde las atrocidades se habían detenido, tenía la certeza de que nadie ningún otro sobreviviente lo esperaba en algún rincón, en alguna casa o sótano, pues las voces ya le decían, y el sabía que eran sinceras, crueles y sin embargo más honestas que cualquier ser humano, y más crudas.
Mientras el hombre meditaba, su mente vagaba en imágenes de niebla, humo y sombras, de superficies y ángulos imposibles en los que la tierra y las cosas se tornaban al tiempo que marañas de extremidades, colmillos, tentáculos y rostros gimiendo brotaban de los rincones. Ninguno de los tres libros usados en el rito le habían ayudado en lo más mínimo, pues uno se había perdido en la oscuridad, el otro fue quemado a fin de evitar que fuera encontrado quienes poblaban la noche, y el último no tenía información alguna sobre el problema, no para solucionarlo, apenas 9 líneas en verso, de 6 sílabas cada una, que constituían una especie de conjuro protector. De nuevo ahí estaban esos números, 9, 6 y 3, y de forma extraña el 1. Una persona restante, un libro, una habitación, y el resto en la nada. Una relación binaria a  final de cuentas, 1 y 0 como en las bases de la informática, era casi gracioso, y como todo lo demás tan irónico para ser cierto. Parecía un chiste, una broma triste y espantosa. Parecía que las risas no eran una coincidencia...
CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC
Las risas aumentaron, aún se contenían, y, de repente, el hombre oyó otro ruido, ya no sólo detrás las paredes, sino al otro lado de la puerta.
CHAC CHAC CHAC TIC TIC TIC TIC TIC TIC
Entonces volteó a ver la entrada. Las tablas habían desaparecido.
El hombre pronunció con nerviosismo los versos protectores mientras intentaba dibujar con manos temblorosas, sabía que la pistola no serviría de nada, aún siendo del calibre .45, ningún arma humana era capaz de contrarrestar las fuerzas que se aproximaban arrastrándose.
ÑLAC CHLAC ÑLAC
Entonces la perilla comenzó a girar con lentitud. El hombre sintió un dolor en el pecho, creía, y esperaba, estar sufriendo un infarto. Respiraba con dificultad, un mareo lo invadía y un sudor gélido le corría por el cuerpo mientras pronunciaba el conjuro. Iba a morir.
CHIC CHIC CHIC... CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC
Ya venía, la cosa ya venía.
Una corriente de aire, como una voz, entró en el lugar. Las risas ya no se contenían, se oían como un rugido, como una explosión, como una tempestad.
La puerta se comenzó a mover; el hombre siguió apresuró el conjuro lo más que pudo. Tomó al arma y disparó a ciegas...
Entonces la puerta quedó entreabierta...


F I N




Antonio Arjona Huelgas
7 de Enero del 2018

   

lunes, 23 de octubre de 2017

Lo que no es



La guerra no es el peor mal de la humanidad, más bien una consecuencia de éste, o tal vez sólo una consecuencia lógica ante la naturaleza mezquina de las personas, en todo caso resulta en algo contraproducente en la vida de las personas, la naturaleza y la estabilidad social. Se volvió una moda tras las Guerras mundiales, del periodo llamado por algunos como Guerra civil europea, hablar de ella como un cáncer que detiene el progreso, a la fecha. Por otro lado, la crítica por parte de los representantes de la Escuela de Frankfort evidencia que la propia guerra es resultado del progreso y la modernidad, también lo son la burocratización de la vida, la pérdida del valor del hombre en favor del desarrollo tecnológico, la instrumentalización de la vida humana y una decadencia que parece conducir a escenarios distópicos de diferentes índoles; aunque si hablamos de un caso literario cercano a la realidad, cabría mencionar el de Un mundo feliz de Aldous Huxley. Lo anterior parece reforzarse ante la palpable evidencia de que el progreso tecnológico se ha visto favorecido por las guerras, incluso en inventos provechosos para la humanidad que van desde la informática hasta la medicina, inclusive las ciencias sociales que son forzadas a enfrentar realidades contradictorias. Dadas estas características, la guerra podría resultar benéfica para algunos, o un mal menor. A fin de cuentas, a pesar de las opiniones actuales y la ingenuidad de genios como Einstein con respecto a éste problema, parece que ciertas consideraciones de Hegel han sido más acertadas pese a ser a su intención de justificar el Estado prusiano. Así, bajo ésta lógica, pero más en contra de la barbarie bélica, la filosofía benjaminiana ha tenido aciertos significativos.
            A mi parecer, el conflicto parece algo propio del ser humano, la injusticia, la necesidad de someter de forma física, retórica o simbólica, son sólo un elemento más de los humanos. Es posible que lo mejor sea desapegarnos de cualquier identificación con nuestra especie, a menos que tengamos un alto grado de optimismo, ingenuidad o rebeldía que nos permita sobrellevar nuestra condición. Claro, también está la opción de abrazar la realidad, lo que parece una locura, aunque, después de todo ¿Qué no todos cargamos con un poco de ella? Somos humanos ¿no? 
                 Al menos eso creo.
            Di muchas vueltas para ir hacia el punto de lo que pretendo contar, tanto que apenas recuerdo a qué iba, más no lo hice, y no ha sido en balde lo dicho hasta ahora. Los humanos viven en constante contradicción, tanto que la hipocresía y la incongruencia son en extremo comunes, al punto de que todos caemos en ellas, unos más, otros menos, se vuelve algo casi indispensable al socializar. Bien lo dijo alguna vez Freud durante un intercambio de correspondencia con Einstein, tal vez la guerra sea algo natural en el hombre. No lo sé, la propia naturaleza manifiesta caos y conflicto hasta en sus aspectos más elementales. 
             Lo que nos trae aquí, la historia en cuestión, de hecho, nos lleva a la observación de lo natural, o de lo profundo de la naturaleza.
            Todo empezó durante mi infancia tardía, cuándo mis ojos y mente adquirieron la capacidad de ver luces y sombras que yacían en el fondo de las cosas, por así decirlo, como si viera otro lugar con distinta lógica y leyes. Difería notablemente de los efectos de la luz en nuestros ojos, que produce curiosos colores o rastros de luz cuando cerramos nuestros párpados, lo que ofrece un personal espectáculo de luces violáceas o verdosas,  amarillas o rojizas. El sitio al que osé llamar “El Mar de luces” estaba poblado por destellos tan intensos como el sol, con formas semejantes a las fotografías de galaxias o nebulosas tomadas por satélites o telescopios potentes. Cada uno brillaba tal y como si se estuviera parado en el sol, con su brillo envolvente. Todas esas formas refulgían, vibraban, se juntaban y dispersaban, se transformaban y fluían, y… no sé cómo expresarlo con precisión, pero realizaban todos estos movimientos a la vez a través de una forma de movimiento que las intercalaba o les daba… ¿Dirección? O tal vez sólo los unía. Esto ocurría fuera de tiempo, es cómo si cada una de las luces conllevara todas sus posibilidades en un mismo sitio o instante, atemporales en realidad. Cada una tiene su propio “movimiento”, su figura o manera de refulgir, ninguna se repite. De hecho, aunque hablé de las luces como “formas”, tal concepto no haría justicia a lo que eran, a lo que son, y no creo que exista concepto alguna que lo haga.
            En fin, las luces están vinculadas de forma profunda al mundo y todos sus componentes, incluyendo los seres vivos, y por lógica a los humanos. Cada luz se puede vincular a una persona, a un conjunto de ellas, a cosas nanométricas o inconmensurables como el planeta entero, o más allá. No hay un patrón, al menos ninguno que haya podido detectar. Y a pesar de todo “El Otro lado” siempre parece exceder el mundo, a la realidad material. No es que se trate del mundo platónico de las ideas o algo semejante, “El Otro lado” tiene cierta cualidad material, y excede, a su vez, cualquier idea. No sé con exactitud qué sea, ni su razón de ser, aunque es muy probable que nuestro mundo sea en función del “Otro lado”, al igual que las ideas y percepciones. Podría ser una metafísica en tanto que excede todo lo material, pero de igual forma lo abarca, contiene todo lo físico, y esto, todo el universo en el sentido más amplio imaginable de la palabra, es apenas lo  más ínfimo en el Flujo, es menor a la fracción más corta del segundo, de la partícula subatómica, y con ello estoy seguro que sobreestimo al universo.   Lo más cercano al “Otro lado” son, tal vez, los sueños.
            A los humanos les ocurre algo muy curioso, ya no sólo forman parte sin saber del “Otro lado”, los vivos son luces inmóviles que son arrastrados ante el flujo de todas las cosas, en el que el tiempo mismo es una piedra más, mientras los muertos se mueven entre aguas, más nunca contra la corriente. No es posible ir contra el Flujo, todo y todos somos en él. En todo caso, todo ser vivo emana, en ocasiones, una especie de oscuridad móvil. Ésta si puede sortear los rápidos, al igual que los muertos, más a diferencia de estos, las oscuridades devoran la luz, como un agujero negro.
            Los símiles astronómicos han sido sobreexplotados en la literatura, el cine, la música y todo aspecto de la cultura actual, ilusionada por los avances científicos, así como autores aficionados, que, dadas las condiciones, suelen rayar en la vulgaridad y el sin sentido, en exageraciones vanas. No obstante, el uso que he dado de ellas, tratando de no caer en un error común, ha sido necesario, y muy a mi pesar insuficiente.
            Retomando la frase del inicio “la guerra no es el peor mal de la humanidad”, es una afirmación que tiene sentido tras conocer lo que los humanos emanan en “El Otro lado”: oscuridad infinita. Su efecto en el mundo real se manifiesta en el interior de las personas, y siempre ha estado ahí, pues la oscuridad, en este caso, es atemporal. Me atrevería a decir que todas las desgracias tienen una causa material, debido a que en “El Otro lado” no son más que una variación de tono y brillo, pero la oscuridad es la nada, la muerte absoluta.
            Las oscuridades se mueven, extienden y devoran, no viven pero perciben, algunas conocen cosas y susurran y se arrastran entre los hilos del mundo. Los únicos que las perciben y logran mantener distancia son los muertos, pues los vivos estamos inmóviles, inertes en un sueño que nos impide escapar. En lo que llamamos sueños, Hipnos y Tánatos guardan la llave para evadir la oscuridad, no hay otro escape. Aun así el éxito en tal objetivo es poco probable. Tras años de sentir “El Otro lado” conseguí moverme a través de él, y me introduje en una luz errante y gigantesca, de color rojo brillante, atractiva, rastros de miles de colores giraban en su interior y otros dibujaban líneas infinitas, era bella sin lugar a duda, tan bella, tan grandiosa, tan impresionante.
            Sin embargo, su interior, lo más profundo, era el abismo. Millones de muertos habían sido engañados y atrapados, como un objeto en el espacio atrapado por la fuerza gravitacional de un agujero negro masivo, y los vivos habían sido atrapados sin saber en su órbita. El núcleo de la cosa era la oscuridad infinita y eterna, de la que ni siquiera la muerte podía liberar.
            La cosa devoraba la luz, y también se alimentaba de las oscuridades más pequeñas de vivos y muertos. No sé si crecía, ya que no tenía un tamaño tal cual, era infinita por sí misma.
Huí de alguna forma, valiéndome de los muertos, a quienes sacrifiqué en mi ascenso, para no ser atrapado por las sombras. Encontré la forma de valerme de las luces móviles e inmóviles para escapar, por medio de las sombras que yo generaba. La corriente era poderosa, no tuve otra opción. Sacrifiqué más de lo que jamás hubiera deseado.
            Me arrepiento en particular de una, a lo que identifiqué en mi vida, un viejo amigo, una luz conocida, que jamás existió, no tras haber sido arrastrada a la oscuridad. Todo rastro de él desapareció, en su vida, en su hogar, en los recuerdos de la gente, excepto en los míos. Quiero pensar que asimilé parte de su luz, y que esta fracción no desapareció.
            No fue la única persona conocida, pero si la única cercana, contra la que cometí la peor de las traiciones. No quiero hablar de quién era o de quién pudo haber sido, el mundo ha dejado ese lugar desde antes de que hubiera tiempo, y la certeza intemporal se impuso a lo antes sabido. Y nada valió la pena.
            La oscuridad infinita, a la que llamé Silbán por un relato breve que hallé en internet, y que se ajusta a lo que es la cosa, tiene el dominio y la victoria. Poco después de mi exploración funesta, me enteré que la luz de nuestro mundo, en la que todos habitamos, está dominada por una terrible trayectoria, no es más que un títere ciego que se arrastra con lentitud hacia la eterna oscuridad. Me gustaría que el sentido de mis palabras fuese figurado, más todos nosotros nos arrastramos hacia la nada que nació de nosotros y se alimenta aún de nuestro vacío, y al final lo hará de todo lo que somos.
            Ya la guerra o la muerte, o el sufrimiento o las penas del mundo, inclusive destinos tan trágicos como el de la entropía, parecen nimiedades, tan poca cosa en comparación del inevitable vacío, del que sólo el Flujo, un ritmo ciego e inconsciente que no ofrece garantías, nos puede salvar.
            Mi fe en el Flujo es lo único que me queda, haga lo haga aquí o en “El Otro lado”, yo o cualquiera, dejará de sentido si descendemos a la oscuridad, ya que si eso ocurre nos esfumaremos como un suspiro, nuestra existencia fenecerá impíamente, no habremos nunca sido nada, nunca jamás. Entre el ojo y las garras de Silbán la humanidad no fue, el ser no es, y todos somos nada.



F I N


Antonio Arjona Huelgas

23 de octubre de 2017

domingo, 8 de octubre de 2017

Cristal de sangre


Risas en el pasillo anunciaron la llegada de los niños, o mejor dicho del resto de los niños, pues Martí los oía desde el interior del armario donde yacía escondido. No quería que los otros encontraran su tesoro, su cristal de sangre incrustado en el anillo de su abuelo. Temía que pudieran robárselo, era lo más preciado que tenía, además que contenía miles de secretos, miles de reflejos, miles de voces. A veces creía escuchar entre ellas a sus padres, y a su abuelo, aunque sólo una vez, hacía pocos meses, seis noches tras su muerte.

Los otros pequeños no eran más que los hijos de su madre adoptiva, a quienes todavía no tenía mucho aprecio, en especial por lo imbéciles que le parecían ¿Qué hubiera dicho su abuelo al ver semejantes trogloditas? ¿O sus padres? No lo sabía, ya no los recordaba, habían muerto cuando él apenas tenía 3 años, el resto de su vida el abuelo había estado a su lado, y le había enseñado cosas, como que los niños demasiado tontos y maleducados acabarían sufriendo las consecuencias de su imprudencia, también que debía proteger su cristal de sangre de las manos de curiosos e imbéciles. De los primeros por ser insaciables, y de los segundos por ser lo que eran.

¡Cómo hubiera querido que su abuelo estuviera aún con él! Le hacía tanta falta. En la calle, en la escuela, en su nueva casa, hasta en su habitación, con la foto en la que sus padres lo cargaban de bebé y su abuelo acompañaba, en todas partes estaba solo, muy solo. Ni siquiera frente al anillo del abuelo se sentía reconfortado, lo había hecho años antes, cuando pensaba en sus padres y lograba escuchar sus voces en el cristal de sangre. Pero en ese entonces tenía al abuelo, quién le había enseñado a escuchar las voces tras el espejo, siempre advirtiéndole que no se esforzara demasiado en atender, pues podía ser peligroso. Sin embargo, ese día necesitaba oír la voz de su abuelo, de sus padres, que le dijeran que debía, que podía hacer. Cuando vivían le habían dicho que debía ser feliz, que la vida era tan bonita y había que disfrutarla. Su abuelo le aconsejaba de vez en cuando que al momento en que él ya no estuviera, Martín debiera encontrar a otras personas, otros amigos, otra familia que le dieran alegría, y que debía proteger el anillo. De hecho, le hizo prometer que cumpliría con ello. Sin embargo no era feliz, no disfrutaba, la vida era muy triste, ya no tenía a nadie, y las demás personas eran malas, o crueles, o tontas, nadie lo hacía sentir mejor. Estaba por completo solo, no había logrado nada, más que proteger el anillo.

Tras un largo rato, con el oído pegado al cristal creyó escuchar una voz familiar, al principio creyó que era su abuelo o sus padres jugando, ya que sonaba como un niño. Por un momento pensó que alguien jugaba con él, que se trataba de alguien de su familia, pero no tardó en percatarse de que la voz era más bien semejante a la suya. No supo que pensar, ni que debía sentir, aunque sin duda estaba confundido.

Recordó entonces las enseñanzas del abuelo, el consejo de no escuchar a detalle o mirar demasiado la piedra, y las reglas del anillo: 1) Dar una gota de sangre al cristal para ser su portador, no más, ni una sola. 2) No usarlo frente a un espejo, ni en lugares en los que se había hecho esto, en especial en la que había sido la casa de sus padres. 3) No dejar que el anillo fuera usado, ni mucho menos hurtado, por cualquiera que no fuera él, mucho menos si la persona no había ofrecido una gota de sangre. 4) Usarlo en soledad, más nunca en soledad absoluta. 5) Nunca separar el anillo de la piedra. 6) Jamás indagar el signo grabado en la piedra, ni el nombre tras este, y nunca escribirlo, pronunciarlo o pensarlo frente al cristal de sangre. E inconcebible hacer las tres cosas a la vez. 7) El signo es la puerta, y el nombre es la llave. 8) Encontrar un heredero que protegiera la piedra cuando fuera el momento indicado. 9) El anillo fue arrancado hace siglos de la mano de su dueño original, y no debe volver ahí, no importa que pase.

En esos tiempos Martín escuchaba con atención lo que su abuelo decía, parecía siempre tan sabio y experimentado en la vida, era un hombre que había aprendido y viajado por el mundo, y tenía una enorme biblioteca, dividida en secciones, de las cuales la más interesante era la última, que siempre estaba cerrado bajo distintas llaves, en un complicado mecanismo. El cuarto prohibido. Recordaba la primera vez que había visto un libro de la esta sección, a pesar de nunca haber entrado, un volumen de gran tamaño, pesado, y forrado en un cuero de color semejante al de la piel humana. Ahí el abuelo le había dicho que no debía hacer caso a los extraños ni sus voces, más cuando estos aparecían en sitios dónde, se supone, no debían estar.

Sin embargo, la soledad y la curiosidad lo superaron, y no tuvo más que pegar oído con más atención para entender que decía aquella voz infantil, y poder hablar con ella.
            “¡Oye! ¿Me oyes? ¿Qué pasa, no quieres jugar? Pareces triste y te ves muy solo”. Martín no pudo explicar cómo el dueño de la voz sabía que estaba tiste y solo, ni por qué tenía interés en él.

Martín” Martín se desconcertó ¿Cómo esa voz conocía su nombre? “¿Qué pasa? ¿Se trata de tu abuelo? ¿O de tus padres? No te preocupes, están bien por aquí, los veo todo el tiempo” Martín miró con sorpresa la piedra, oír nombrar a su abuelo y sus padres le hizo poner atención al otro, más después de oír que estaban bien.

“¿En serio?” preguntó Martín, con la esperanza de que el otro le contestara, lo que no ocurrió tras varios segundos, hasta el momento en que Martín creyó que no le contestaría. “Por supuesto ¿Dudas de mí? Soy tu amigo ¿No me recuerdas?” Martín no sabía quién era, no podía recordarlo ni en la lejanía, aunque era cierto que recordaba la voz era familiar, tanto que había pensado que se trataba de su propia voz con un tono más infantil, como si fuera su propia voz cuando había sido niño.

Creo que no te acuerdas ¿verdad? Es triste. Es verdad que eras muy pequeño, sólo que esperaba que te acordaras. No importa, lo mismo le pasó a tu abuelo de niño”.

“¿En serio?” La voz había captado el interés de Martín.

“¡Claro que sí! Él y yo somos muy amigos, los mejores. Me causa tristeza que su nieto esté tan mal ¿No los quisieras volver a tener junto a ti? ¿A tus padres y a tu abuelo? ¿Dejar de estar solo?” Era lo que más quería, lo necesitaba. Martín no sólo sintió esto, también lo pensó.
“¿Puedes hacerlo?”
Es seguro que sí, sólo necesito que me traigas uno o dos niños para jugar, a veces yo también estoy muy solo. Llevo tanto tiempo que no escucho que alguien diga mi nombre, y yo no lo puedo decir, es un secreto que se me obligó guardar”. En cuanto escuchó esto, Martín supo que algo iba mal con respecto a esa voz. No le contestó.

“Vamos, por favor, sólo debes decir que sí y todo estará arreglado, necesito compañía para jugar. O si prefieres escribirlo, como tú quieras. A cambio verás de nuevo a tu abuelo y a tus padres, y nunca más estarás solo”. Martín pensó que si quería, desconfiaba de la voz, pero no importaba, eran sólo dos chicos o chicas, podían ser un par entre los tantos idiotas que conocía. Quería decir que sí.

“Me voy” respondió Martín sin saber por qué, por miedo quizá, al recordar las reglas del anillo. Dejó el legado de su abuelo ahí, sin guardarlo ni llevarlo. Salió, no sólo del armario o su habitación, sino de la casa. Necesitaba tranquilizarse y escuchar al viento mover las hojas, o leer un poco al aire libre. No quería pensar en lo que acababa de ocurrir.

Recordó un par de libros que su abuelo guardaba en el cuarto prohibido, uno llamado Rojo, a secas, y otro que yacía en una caja fuerte y del que alguna vez su abuelo le había hablado; el nombre original provenía de una lengua antigua, pero la traducción era Los graznidos de Silbán. El abuelo le dijo que este último era el libro más peligroso del que alguna vez hubiera tenido conocimiento, mientras que Rojo hablaba del cristal de sangre que coronaba el anillo. De hecho ambos tenían un vínculo muy cercano a éste. Eso le causó un escalofrío.  

Se encontró a su madre adoptiva en el exterior, y ella le dijo que deseaba pasar un rato a solas con él para que se sintiera bienvenido. Mientras tanto los niños se quedarían con su padre. Ambos salieron al parque a caminar, vieron una película, y tomaron chocolate. Por un rato Martín no se sintió solo.

Horas más tarde, después de haberse relajado, Martín y quién la mujer adoptó descubrirían a su padre adoptivo llorando en un rincón, así como la casa en penumbras y una patrulla en la entrada. En la habitación del chico, al pie del armario, habían encontrado la ropa de los chiquillos a los que horas antes Martín había repudiado, vacía, arrugada, y dos gotas de sangre, una de cada uno, al pie del sitio donde yacía el anillo, que no había sido recogido por la policía.

Martín no dudo en tomar el objeto y guardarlo en la caja de ónix en la que su abuelo solía esconderlo.

Pasó un mes y los niños no aparecieron, jamás lo hicieron. Martín fue devuelto al orfanato, dónde no pasó mucho tiempo para que una tía lejana lo encontrara y tomara su custodia. Ahí recibieron las cenizas de los padres y del abuelo de Martín, que se mantuvieron en jarrones colocados en un pequeño altar improvisado, con motivos religiosos, en honor a su memoria. Martín no volvió a estar solo.

Por otro lado, la madre adoptiva se suicidó ahorcándose, un par de noches tras la muerte de su marido en un sospechoso incidente causado por los problemas estructurales en una construcción que se derrumbó tras un evento en el cual el número de personas superó la capacidad del malhecho edificio. Todos ahí murieron.

Al enterarse Martín, años más tarde, del destino de la mujer, se sintió consternado y muy triste, después de todo se habían llegado a querer en ese tiempo en que los niños habían desaparecido y Martín y su madre adoptiva se acercaron como nunca antes, y no lo volvería a hacer.

Martín recordaba haber encontrado el anillo manchado por la sangre de los niños aquel día tan extraño, que a pesar de ser una evidencia importante, la policía jamás lo vio, ya que, quizá, el anillo no quiso ser visto. Martín no volvió a usarlo para comunicarse con los muertos, ni siquiera lo sacó de su caja. Incluso tal artefacto acabó en el mismo sitio que el extraño libro Los graznidos de Silbán, en la caja fuerte del cuarto prohibido en la biblioteca del abuelo, heredada a Martín por medio de un testamento, y abierta tras varios años cuando el chico se volvió mayor de edad. Estuvo así un día y no más, al salir del cuarto prohibido Martín tenía una expresión de horror y desconcierto como nunca antes se le vio en su vida. Nunca habló del por qué, ni volvió a mencionar el tema del anillo. Sin embargo, a veces pensaba en él y soñaba con las voces del cristal de sangre, con cámaras oscuras, plumas de cuervo y lugares vacíos en los que alguien con voz de niño reía. Creía entonces que algo no había concluido con la desaparición de los pequeños, y recordaba con pavor la última regla del anillo, y rezaba porque no se cumpliera el terrible presagio que dejaba implícito.

Lo curioso de todo era que el deseo de Martín se cumplió, así como el trato que de forma involuntaria hizo con la voz. Pero ¿Hubiera sido peor si también aceptaba con su voz o su mano en el papel? ¿Cuál sería la consecuencia del deseo tomando forma en la realidad? ¿A qué costo?

Es probable que nunca se pueda satisfacer esta duda. Mientras tanto las estructuras se dañan, los postigos y cerraduras se oxidan con el paso del tiempo, y por equivocación, una cierta biblioteca abandonada es invadida antes de ser sepultada.



Antonio Arjona Huelgas

8 de Octubre del 2017

jueves, 30 de julio de 2015

California 75


Desperté hace tan sólo un rato, por encima de mi cama y sin haberme cambiado de ropa. No recuerdo haber llegado aquí anoche, supongo que alguien me trajo,  Por mi aspecto y la forma en que llegué aquí, nadie que conociera el lugar dudaría que hubiera estado en el California 75. El viejo California 75, nadie que pase por él es capaz de olvidarlo fácilmente, y si lo frecuentan será difícil que no se lleven una sorpresa de vez en cuando.

El California 75 es, o fue, un bar que, como resulta lógico, se encuentra en el número 75 de una calle que, de forma curiosa, no es la calle California, sino que cruza con esta. El lugar tiene un estilo que simula el usado en algunos sitios de diversión para ricos construidos durante el porfiriato en la Ciudad de México, algunos sospechan que el propio bar se remonta a esos tiempos y que en ese entonces tenía un nombre distinto, incluso antes de eso. Estos rumores llegan a un extremo tal en se afirma que el propio Porfirio Díaz era cliente habitual. Aunque es conocido por quienes frecuentamos el sitio que los dueños siempre han sido los mismos y que, pese a ser ancianos, definitivamente no parecen personas con más de cien años de edad. Otro aspecto por el cual se anula esta teoría es a causa de que la mayor parte de las casas de esa colonia fueron construidas entre la década de los cincuentas y los setentas. Sin embargo, se ha mencionado que en aquella época era más bien un sitio de paso.

En todo caso, la importancia del California 75 no reside en su antigüedad, sino en la importancia misma del lugar. Desde ser un lugar al que acuden de forma constante artistas, escritores, músicos y actores, además de miembros de órdenes masónicas, herméticas y de hechicería, es un sitio donde se planean estafas, robos, asesinatos, estrategias de manipulación política, sumado a otras tantas fechorías. Y esto no es todo, la magia del California 75 reside en otra cosa, quizá se podría llegar a creer que está en la música en vivo, en el místico ambiente que en él se da, en el servicio, a la convivencia absolutamente pacífica entre el más pobre y el más rico, o la posibilidad que da para enterarte de secretos de Estado si pones suficiente atención, pero no es nada de eso. Lo que hace mágico al California 75 es el lugar en sí. Con esto no me refiero a su posición geográfica, sino al mismísimo bar.

Cuando visitas el California 75 te encuentras con hombres que visten trajes como los usados hace más de cien años, la música puede variar desde los estilos más modernos hasta algunos surgidos en plena época colonial, y quienes la interpretan siempre lo hacen con suma habilidad. El bar posee también una pequeña sala de juegos, donde se dan rondas completas de ajedrez, damas y juegos de casino, como partidas de póker en las que se hacen apuestas millonarias, además de recreaciones tan extrañas, que sólo he visto en este lugar. Las bebidas son deliciosas, preparadas con una maestría mayor a la del mejor barman del club nocturno más caro y de mayor fama de la ciudad, además de tener una variedad tal que pareciera que ahí se conocieran todas las recetas alguna vez creadas por el ser humano. Frases como la anterior sonarían exageradas si no habláramos del California 75.

Lo más especial del California 75 es que sólo puedes entrar con una invitación hecha directamente por alguno de los dueños del lugar, los cuales las mandan de modo amable y formal,  a través de una carta con un curioso sello al que se le atribuye la supuesta heráldica del apellido de los dueños, aunque a decir verdad dudo que lo sea, puesto que se me haría muy raro un escudo de armas que consistiera en el dibujo de un águila bicéfala que tiene en el pecho un escudo con la imagen de un león verde, y que a su vez está rodeada por el signo del uroboros (una serpiente o pez que devora su propia cola, formando un círculo).


Lo más curioso del California 75, al que un amigo y yo fuimos invitados por primera vez hace ya tres años, es que, después de conocerlo, decidimos invitar a unos amigos para que pudieran verlo por sí mismos, y lo seguimos haciendo a la fecha, pero nunca asisten. Nos aseguran entonces que cada vez que van, se encuentran con un lote vacío.  


                                                     Antonio Arjona Huelgas
                                                      30 de Julio del 2015

domingo, 21 de junio de 2015

La puerta del cuervo


Al abrir la puerta me hallé frente a un extraño escenario, una tierra desolada y en ella un suelo negro como ceniza, acompañado de un fuerte olor a putrefacción. En el cielo no había sol ni luna, era como si el movimiento de rotación terrestre se hubiera detenido, aparentando el momento del día en que la tarde terminaba, y la oscuridad espera a que el astro rey termine de ocultarse. No había estrellas en todo el firmamento, ni nubes que evitasen su vista, solo un espacio gris que se extendía más allá de lo que mis ojos serían alguna vez capaces de ver. A lo lejos se veían diversos cerros y un par de enormes montañas, estas últimas estaban coronadas por lo que parecían ser grandes construcciones de piedra. Comencé a caminar, y me percate no tenía idea alguna de lo que hacía en ese lugar.

Segundos antes sabía exactamente el motivo por el cual me encontraba en aquel lugar, pero el recuerdo se había ido más rápido que un parpadeo, nada quedaba, ni la más mínima pista que me pudiera revelar mis motivos. Mientras más lo pensaba, aumentaba la extrañeza del asunto, y parecía que sólo me alejaba segundo a segundo de lo que momentos antes había sido una verdad, o quizá únicamente la justificación de mis actos y el sentido de los mismos. Pensé que tal vez era todo un sueño, pero en mis sueños suelo no poder sentir la textura de los objetos, en cambio en ese lugar yo era capaz de percibir el suave movimiento de las negras arenas al caer entre mis dedos, así como la lenta y calmada brisa. No era como un sueño, puesto que la puerta por la que entré conducía a una perdida cabaña, y en mis sueños es una costumbre que una entrada como esa condujera a un sitio aleatorio. Pese a lo poco común que era ese terreno, parecían coincidir sus elementos entre sí, resultaba concordante cada cosa con la otra. Tenía el presentimiento de que ese extraño lugar me era conocido, aunque no tenía idea de cómo, y mis emociones no me eran de ayuda. Pese a mi confusión, estaba consiente de extraños sentimientos a los cuales no les hallaba origen ni sentido: melancolía; ira, mucha de ella; confusión, la cual resultaba evidente debido a la situación; ansiedad; miedo, pero… ¿miedo a qué? Y finalmente soledad. 

La única solución posible para mí en aquel momento, era recorrer el negro desierto que me rodeaba, con dirección a las edificaciones que se hallaban en la punta de las grandes montañas que predominaban por sobre los cerros y laderas. Atravesando el extraño sitio, ante el cansancio y el tufo a cadáver. Como resulta evidente, no tenía demasiados ánimos por hacerlo. Sin embargo, el caos emocional que sentía me evitaba pensar demasiado en la posiblemente agotadora tarea.

Con cada paso que daba notaba que mi sentido del tacto en mis pies estaba reducido de forma notable, con la distancia me daría cuenta que la inestabilidad del terreno apenas y generaba una dificultad para atravesarlo, además, el esfuerzo físico y lo que en condiciones normales debería causarme un intolerable agotamiento, no eran para mi más que ideas de algo que parecía ajeno a mí. Tal vez algunos pensarían que dicha situación sería una dicha, imaginando que sus pies atravesarían el terreno casi flotando, con alivio y ligereza en los pies; pero esto era más bien como transportar un cuerpo mecánico que se movía por una forma inercia, como si arrastrase un cuerpo sin vida. También me di cuenta entonces, que mi respiración se daba a un ritmo muy lento, y que no era capaz de escuchar los latidos de mi corazón. Para entonces comencé a suponer lo peor. 

Pensé por un momento, o al menos intenté hacerlo, que todo era sólo un sueño tanto por la rareza de aquel sitio como de la sensación en mis piernas, pero al agacharme, nuevamente, era capaz de sentir la suavidad y el cosquilleo que ejercía en mis manos la negra arena del lugar al tocarla, lo que nunca en mis sueños había ocurrido, jamás lo haría. Dicho material carecía por completo de adherencia, y, aún con su aspecto y cualidades arenosas, al golpearlo parecía bastante firme, como un compuesto no newtoniano. 
Lo más sorprendente e inquietante de ese lugar, lo vi al rodear las montañas para poder ascender evitando un terreno casi vertical, y era un río de mercurio. Un afluente de metal líquido que bajaba por aquellas laderas, como si hubiera sido generado por lluvia, pero ¿En qué clase de sitio podía llover mercurio? Al instante se me metió la loca idea de que estaba en otro planeta, a causa de los programas de astronomía que llegaba a ver en ocasiones y contaban existían planetas en los cuales literalmente llovía metal. Tal idea me llenó de ilusión por un momento, pero también de más dudas ¿Por qué estaría yo en otro planeta? ¿Si ese era el caso, como podía estar vivo ante una atmósfera extraña? ¿Algo de esto era real?
Por fin, tras una larga caminata y ascenso por la montaña, sin saber cuánto tiempo había transcurrido, llegué a la cumbre. Frente a mí se hallaba un templo de roca negra, poco más alto que una casa de dos pisos, y tan ancho como un estadio deportivo. Parecía una gran cueva, incluso me daba la impresión de que el templo había sido tallado sobre una. Enormes y anchos monolitos en forma de cilindro, marcados en la parte superior con una espiral que apuntaba hacia el cielo, adornaban la entrada, y una serie de líneas fluviales de mercurio convergían en el interior de esta gran mole, o mejor dicho salían de ella como si dibujaran un sol de ceniza y metal. Aquí la pestilencia era casi insoportable.
Bajo la boca de la caverna, dibujado en el suelo, estaba la imagen de un cuervo, tan grande que la representación de sus alas se extendía por los casi ocho metros de diámetro del portal, mientras que de la cola al pico lo hacía cuatro, con la cabeza señalando el interior de la cueva, teniendo sus ojos trazados de tal manera que parecían vacíos y muertos. Tuve miedo de entrar ahí, pero sabía de debía hacerlo. Aún no sé por qué lo hice.

Por extraño que parezca, no vacilé al entrar, mi cuerpo se vio movido por la misma inercia que me permitió llegar a lo alto de la montaña. En el interior todo era oscuridad, pero el diseño del piso permitía conocer el camino, a través de lo que una guía marcada en el suelo por un camino de piedras de obsidiana. Recorrí los oscuros pasadizos y laberintos en espiral del Templo del Cuervo, para llegar al sitio de donde nacían los flujos de mercurio, una enorme cámara, alumbrada únicamente por un pequeño brillo que salía del techo. Bajo ésta se observaba una gran cascada por la cual ascendía el mercurio en lugar de descender, desde el interior de la tierra, nacida en un abismo al cual mi vista no podía llegar a su final. El metal parecía ser calentado de alguna forma en este lugar, lo noté puesto que brotaba de él un humo grisáceo, además de parecía estar hirviendo. De este agujero salía un enorme tronco de color negro que terminaba en las raíces del árbol en lugar de hacerlo en las ramas. Posada en estas se encontraba una negra figura con cuencas vacías y oscuras como ojos. El terror que se vendría después sobre mí me haría hacer una de las cosas más arriesgadas que jamás he hecho.

De un momento a otro, la figura negra extendió sus alas, revelándose como un terrible cuervo con orificios en lugar de ojos y un pico que daba un extraño aspecto corroído. Este ser dejaba pequeño al representado en la entrada del templo. Alas gigantes que abarcaban todo mi campo de visión, y que superaban los quince metros, junto con una altura de entre seis y siete, más el tamaño de sus garras, a las que no lograba ver. El negro de sus alas parecía devorar la poca luz de los alrededores; sus ojos me hipnotizaban y atraían hacia él, mientras el sólo agitaba sus muertas plumas en un lento y apagado movimiento.

El horror me invadió al ver que esa cosa se acercaba hacia mí. En el último momento recuperé el absoluto control de mi cuerpo, así como la sensación en mis dormidas piernas; entonces me lancé al mercurio.

Desperté en una bolsa de cadáveres, literalmente. Luché desesperado por librarme del plástico transparente que me rodeaba, rompiéndolo con mis propias manos ante el impulso de adrenalina. Al salir respiré agitado, sintiendo de nuevo mis piernas, y estando aliviado de saber que seguía vivo. No queda mucho que decir sobre esto, solamente que llevaba tres días muerto a causa de un supuesto infarto. Los médicos se horrorizaron, al verme salir de entre una pila de cuerpos que todavía no se colocaban en la morgue; me detuvieron inmediatamente, para que me realizaran estudios en los días subsecuentes. Pero no pudieron descubrir nada. 

Transcurrieron un par de semanas en las que fui atendido por un par de enfermeras que fueron muy atentas conmigo, pero que todo el tiempo me miraban con miedo y mostraban ansiedad al estar en mi habitación; una de ellas era joven y guapa, se mostraba curiosa hacia mí, pero no podía durar demasiado en el mismo cuarto en que yo estaba, puesto que en esos momentos estaba siempre con los nervios de punta. Al final me dejaron ir. 

Volví a mi hogar, sin la voluntad de pensar en el extraño lugar en el que había estado, sólo queriendo olvidar el asunto. Aunque no podía dejar de estremecerme al pensar que ese suceso había sido real, no lo creía, o no quería hacerlo, pero entonces, si no había ocurrido en serio ¿Por qué había despertado en una bolsa de cadáveres, con un frasco de piedra negra, relleno de mercurio en la mano derecha, y una enorme pluma de cuervo en izquierda?



Antonio Arjona Huelgas 



15 de Junio de 2015
Ciudad de México