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martes, 1 de mayo de 2018

Noche de hogueras



“¡Hay hogueras!”, gritaba el niño. “Hay hogueras en el bosque! Allá en lo alto del monte”. El chico era de apenas 9 años, era el hermano de en medio de una numerosa camada, más el mayor de ellos se había ido hacia mucho tiempo,para unirse al ejército apenas cumplida la mayoría de edad. Ahora, el cargo de los demás estaba en las manos de una chica de 13 años, una niña de 13 bajo el cargo de 12  hermanos, pues sus padres los habían abandonado durante la primavera anterior.
“¡Hay hogueras! Miren que grandes son”, gritó uno de ellos, un chico gordo de seis años, cuya habilidad robando y acaparando comida lo había llevado a ser el mejor alimentado de todos ellos.
“Miren cuán espectaculares, seguro yo podría hacer unas más grandes de tener la ayuda adecuada,alguien hábil a quién dirigir, y no a ustedes ¡Inútiles! ¡Perdedores!”, dijo uno de los mayores, un chico de 11, quién le seguía en edad a la mayor, la cual no dijo nada.
“¿De qué estás hablando? ¡Estúpido asno!”, el chico que le seguía en edad al anterior, de 10 años, tomó una vara y le pegó a su hermano. El otro respondió el golpe, y de un momento a otro estaban rodando por el suelo. Los niños gritaban, mientras una pequeña de 6 años apilaba unas monedas que había reunido entre robos y limosnas, estaba absorta en su pequeño tesoro, hasta que sus hermanos llegaron rodando a ella. Entonces se levantó apresurada, recogiendo con cuidado sus monedas, y, antes de poder darle una patada a sus hermanos en el piso, vio como las llamas en lo alto de la montaña crecían y crecían, hasta que una especie de bola de fuego salió despedida hacia lo alto del cielo.
El gemelo de la niña de las monedas vio con gracia lo que le había sucedido, y de no ser por la bola de fuego, que casi lo hace resbalar del susto, se habría tirado a burlarse de su hermana gemela, quién siempre coleccionaba todo y se llevaba todo, y tenía todo cuanto el chico quería tener, pues siempre acaparaba las cosas más interesantes, y le quitaba las monedas que tanto le había costado conseguir.
La mayor entonces, trató de reunir a sus hermanos para llevarlos de regreso a su cabaña en el pueblo. Estaban cerca, pero el camino atravesaba el bosque, y en ese momento se hallaban todavía entre los negros y frondosos árboles. La chica recordaba su encuentro con el hombre de negro hacía ya varias jornadas, aún en invierno, recordaba sus ojos profundos, su cuerpo, tan fuerte y sólido, su voz grave y melodiosa, casi podía revivir el sabor de sus labios, y su toque, justo el momento en que él había bajado la mano por su abdomen, y había bajado más y más, hasta llegar a su interior, y de ahí... prefirió dejar de pensar en ello. Sabía que había incurrido en el pecado, y que nunca, jamás en toda su vida, debía pensar en eso. Ella debía ser fuerte por sus hermanos, y debían mantenerse en el lado del bien a fin de que sus hermanos no cayeran en las tentaciones del demonio.
Apresuró entonces el paso, tanto que, casi al llegar al final del bosque, se percató de la falta de uno de los pequeños, uno de 7 años, cuyos pasos eran lentos, y sus ganas de caminar, o en general de hacer algo, siempre eran muy pocas. Alarmada, la hermana mayor indicó a los chicos que continuaran hacia su hogar mientras ella regresaba por el pequeño.
Así la chica emprendió el regreso en busca de su hermano, mientras los demás seguían el camino a casa. Sin embargo, en el camino, la pequeña de las monedas tiró una de éstas por accidente, y también a causa de que su gemelo le había estado pisando los talones, esperando que así pudiese hacer que se le cayeran sus monedas. La moneda rodó hasta un árbol, fuera del camino, en la entrada a la espesura del bosque.
Ahí, un pequeño animal peludo y de color negro, tomó la moneda de la pequeña, y salió corriendo de regreso a lo profundo de la noche.
Sin más que hacer, la niña se negó a perder su moneda, y emprendió una carrera en busca del animal. Detrás de ella, su gemelo corrió también, de modo que pudiera quitarle la moneda a su hermana.
Así, los mayores discutieron acerca de quién debía ir a buscar a sus hermanos, y sin poder llegar a un acuerdo, ambos emprendieron la búsqueda, y ordenaron a los demás continuar.
Detrás de ellos, ese chico gordo que acaparaba la comida, tuvo la idea de volver por el camino, en busca de ricas bayas entre los arbustos. De modo que a la casa llegaron sólo 6 de los niños, los otros 7 seguían en lo profundo del bosque, mientras las llamas de las hogueras ardían con mucha mayor fuerza.
El chico gordo se internó demasiado en la espesura, buscando sus preciosas bayas y comiendo y comiendo sin parar. Entonces creyó ver algo rojo en el suelo, su color era muy intenso y brillante, parecía una baya, y debía ser deliciosa. Entonces se agachó para tomarla, pero, de repente, una mano negra pareció surgir del suelo, de dónde salía la baya. El niño perdió el conocimiento.
Los gemelos corrieron sin parar, una detrás de su moneda, y el otro detrás del objeto de su hermana, persiguiendo al pequeño animal. Sin embargo, en medio de la carrera, cuando los niños estaban cerca de alcanzar al animal, una sombra los envolvió.
Los otros dos hermanos corrieron hasta encontrarse con una cueva, ahí creyeron que podían haberse caído los gemelos. Vieron a la entrada de la cueva un tronco, el cual bloqueaba el paso. Así, los chicos creyeron que sus hermanos habían quedado atrapados al interior de la cueva. Ambos se apresuraron a mover el tronco, pero sus conflictos causados por la falta de humildad de uno, y de paciencia del otro, al intentar cada uno de arrastrar el tronco por su lado, provocó que les cayera encima.
Ambos chicos trataron de liberarse, pero fue inútil. El pesado trozo de madera les impidió ver la figura femenina encorvada que se movía al interior de la cueva.
La mayor de los hermanos, perdida en el bosque, buscaba sin éxito al pequeño, del cual no había rastro alguno. Mientras caminaba, creyó escuchar un crujir de hojas al fondo, detrás de muchos árboles, en medio de la profunda oscuridad. Un susurro se oyó en esa distancia, ahí dónde crujían las hojas. La chica se apresuró, pues creyó que tal vez era su hermano, que se había lastimado de alguna forma. Sin embargo, al correr sólo pudo notar como el ruido se alejaba, a lo profundo del bosque, hacia lo alto del monte. Ella corrió y corrió sin parar, siguiendo el ruido, que pensaba que provenía de su hermano, que por alguna razón se adentraba más y más en el bosque, seguramente huyendo de algo, ya que el chico no hubiera corrido de esa manera si fuese una travesura o estando perdido. Seguro algo lo perseguía.
Entonces, después de correr por un largo rato, la chica vio una figura familiar: un hombre encapuchado, vestido por completo de negro, de voz grave pero suave, grave y melodiosa, casi podía ver esa mirada profunda de ojos negros, y un halo blanco y rojizo a su alrededor. Escuchó entonces que la voz decía:
“Ya viene, pronto despertará. Todos entregaron lo que podían entregar, sólo faltas tú”.
La chica se aproximó poco a poco, entonces distinguió un brillo al fondo. Estaba por llegar a lo alto del monte, a la hoguera.
La voz sonó una vez más:
“Ya viene, dentro de poco regresará”
Algo se aproximaba, la chica volteó, esperando ser atacada, más lo que vio fue mucho peor. El hermano perdido, ese sin ganas de caminar o de esforzarse en algo, se arrastraba con la fuerza de sus brazos, de la cintura para abajo no había nada.
La chica gritó, y se apresuró para ayudar a su hermano, el cual también tenía un aspecto gelatinoso en sus músculos, como si en ellos no hubiera huesos. Entonces, detrás de la maleza, aparecieron los gemelos. La niña lloraba, pues decía que no podía tomar sus monedas. La pequeña lloraba en el suelo, tratando de tomar sus monedas, pero sus manos era apenas dos muñones. Su hermano también lloraba, ya que no podía ver, su cara había perdido el brillo, y sobre su nariz sólo había 2 huecos muy negros. El chico quería llorar, pero tampoco tenía lágrimas. Los gemelos lucían muy pálidos, a pesar de tener heridas en los brazos y las piernas, éstas no sangraban.
Apareció el niño gordo, ahora delgado como un palo, su esqueleto se veía bajo su piel, que ahora lucía tan delgada como el papel. El chico vomitaba, pero no había nada en su estómago, ya ni siquiera tenía estómago, quién sabe que vomitaba.
Por último, aparecieron los dos mayores, quiénes caminaban perdidos. La chica vio con horror como el mayor de ellos caminaba cayéndose por todas partes, pues algo le faltaba para pensar y para ver, una cabeza que faltaba, y de alguna forma el cuerpo seguía caminando.
El otro corría y lloraba, no tenía voz, ni palabras, como si lo hubiesen silenciado. Tampoco tenía brazos.
La mayor de los hermanos chillaba aterrorizada, veía a sus hermanos incompletos, casi descuartizados, y se preguntaba si todo ello era una pesadilla. Cuánto quería que lo fuera.
Apareció el hombre de negro, y ella lo siguió al interior del círculo de fuego. Al llegar vio a una anciana estirando algo con una piedra, algo suave, de poco tamaño, una forma que se plegaba a la mitad y terminaba en una línea horizontal, algo que todavía decorado por unos zapatos rotos.
“Eran muy pequeñas ¡Ji ji ji! Las tengo que alargar”, decía la anciana, casi atragantándose con algo
Del otro lado, una mujer más joven, de unos 18 años, reía y bailaba alrededor del fuego, desnuda, al igual que la anciana. Ésta joven cantaba en una lengua extraña, tal vez muy antigua. Alrededor, un grupo de mujeres trabajaba con diversas cosas, unas cosían trozos de cuero, otras calentaban algo rojo en estufas, y otras más acomodaban huesos de modo que formaran una estructura parecida a la de un esqueleto.
A los alrededores, figuras de hombres enormes cuidaban la hoguera, y unas cosas, figuras humanas a las que les faltaba algo, bailoteaban con torpeza. A su vez, llegaban a la reunión cabras de cuernos enormes que se paraban como si fuesen personas, también enormes ranas y sapos, unos del tamaño de perros, y otros tan grandes como leones. También parecía vagar en los alrededores un gato negro tan grande como un oso, o incluso más.
También algo negro sobrevolaba el área, algo tan grande como un caballo, y de alas tan anchas como las de una carroza.
La mayor de los hermanos lloraba, y aterrorizada preguntaba una y otra vez: “¡¿Porqué sigo aquí?! ¡Porqué sigo aquí!?”.
El hombre de negro, después de dejarla llorar por un rato, le respondió:
“Tu me diste lo que tenías durante el último invierno, diste lo que debías darnos, ahora tu y tus hermanos forman parte de nosotros. Y tu eres la más privilegiada”.
De un momento a otro, las mujeres jóvenes y ancianas arrojaron todo aquello en lo que habían trabajado al fuego. Entonces la hoguera ardió con mucha mayor fuerza. Algo pareció brotar de la tierra, y algo más pareció caer del cielo, uno parecía como hecho de humo, y el otro como de niebla.
Un  brillo intenso salió de la hoguera, y una figura humana, sin cabello, con piel del color de la ceniza,  cuyo rostro parecía muy familiar, salió de entre las llamas. A su alrededor parecía formarse un halo.
Entonces se oyó la voz del hombre de negro:
“Ha llegado”.

F I N

Antonio A. Huelgas
30 de Abril del 2018

domingo, 1 de abril de 2018

El tramo de Tumba Grande





Allá en la carretera, en el camino entre San José del norte y Río de los Remedios, entre el kilómetro 87 y el 116, hay un tramo conocido como Tumba Grande, es un espacio del camino repleto de curvas, el pavimento en mal estado, repleto de agujeros tan grandes como si les hubieran tirado bombas encima, ninguna línea o señalización, ni paradas, ni gasolineras, ni mecánicos en los alrededores, ni siquiera una toma de agua, en medio del desierto, repleto de víboras. Es por esto último que nadie ha mandado nada ahí, para construir algo se necesitan máquinas, y para llevar máquinas hace falta una carretera en buen estado, y esta es una a la que nadie se acerca para reparar o para conducir ahí.

Y sin embargo, las muertes en el tramo son muchas, desde los que se accidentan hasta quienes quedan varados. De vez en cuando la policía de caminos y otros servicios públicos recogen los automóviles a la orilla de la carretera, y los cadáveres en las inmediaciones o en la misma carretera, tantos como para llenar un cementerio entero. Y los autos chocados o volcados provocan a su vez más accidentes, y más muertes. A veces, dichos restos, dichos cadáveres y autos, quedan ahí por casi un mes.

Hubo un tiempo en el cual se utilizó el tramo para carreras clandestinas entre miembros de pandillas, lo que duró cerca de un año. También se usaba como novatada para entrar a ciertas pandillas el que las personas atravesaran la ruta caminando, con los pies descalzos. Después se usó para tirar cadáveres, actividad a la que recurrían grupos delictivos, asesinos y una que otra persona con creencias extravagantes.

Pero todo eso terminó, y la ruta se mantiene desolada.

Ciertamente parece una exageración el que nadie se halla hecho cargo de las serpientes, o de crear condiciones para hacer del tramo algo seguro. En lugar de eso, se construyó otro camino. Algunos hablan de corrupción, otros de algo ilegal y peligroso que se manejaba por los alrededores, otros de maldiciones y brujería. Lo cierto de todo ello es que nadie se quería acercar al tramo, los que pasaban por ahí cuentan que, incluso, se sentían incómodos al pasar por ahí, cada vez que lo hacían, como si el camino los fuera a devorar, como si algo habitase el sitio y acechará a quienes se acercaban. Algunos dicen que se detuvieron algunas veces en ese tramo, sobre todo policías, y nunca vieron una sola serpiente, más una angustia, una especie de ansiedad constante mezclada con un temor injustificado los invadía al estar ahí.

El tramo fue cerrado hace casi 3 años, aunque debes en cuando uno que otro incautó logra meterse. La mayoría mueren, como si la bestia se hubiese hecho más huraña.

Lo más curioso del asunto es que, hace unos 28 años, alguien se dio el tiempo de colocar una gran cruz de piedra en el punto medio del tramo, en el punto exacto. Después de eso, el camino se fue poblando de cruces de madera, un camino que partía desde esa enorme cruz de piedra, y se sumaban a las muchas cruces en honor de los fallecidos en la carretera, tumbas olvidadas hace ya tanto tiempo, sin flores, honores ni mensajes, sólo piezas de madera o metal abandonadas a orillas del camino, oxidándose con el paso de los años.

Aún en fechas recientes, alguien con un sentido del humor muy negro colocó una enorme roca con forma de lápida marcada con una cruz en el centro. Una molestia de casi 3 metros de altura y otros 3 de ancho, bastante gruesa y pesada. Quién sabe quién tendría el tiempo de armar algo semejante y llevarlo hasta un sitio tan tétrico, o peor aún, para crear su pieza ahí mismo.
En la entrada, detrás del letrero de “camino cerrado”, de la valla de seguridad, hay en el asfalto el dibujo de un cráneo, cuyo autor tuvo especial énfasis en el tono oscuro de los ojos, en el negro tan oscuro que parecía devorar la noche, y en la mueca vacía, siempre falta de sentimientos, falta de piedad.


Antonio A. Huelgas 
1 de Abril del 2018 

viernes, 23 de febrero de 2018

Nubes que se acercan

El cielo coronado por un castillo de nubes se disolvía conforme avanzaba la tarde, mientras ardía al atardecer y se reducía a su vez que se disolvía; el cielo se escurría sobre nuestras cabezas, de modo que pensamos que las gotas nos caerían encima ¿Cuál sería el efecto de ello? Me pregunté, pues las gotas de cielo debían ser distintas a las gotas de lluvia; y si ocurría ¿El cielo dejaría de ser cielo en dónde su lienzo se hubiese disuelto? ¿Habría una mancha negra o blanca tras el tinte? ¿Acaso un vacío sin materia? Mientras tanto las alturas se disolvían, y la distancia entre cielo y tierra se hacía casa vez menor. El horizonte se comía la tierra y mi espacio, al ritmo de un melancólico piano, era cada vez menor, nuestro espacio en el mundo se hacía menor y las cosas desaparecían tras el cielo líquido: águilas y gorriones, halcones y ruiseñores, al tiempo en que las nubes descendían, como escapando de lo inevitable. Así ocurriría que mi castillo de nubes llegaría frente a mí, y abriría sus puertas brillantes de sol y a sus torres de fuego y lluvia y relámpagos, que cernían sus fuerzas sobre los indiferentes mortales. Y mientras más oscurecía, el mundo se desvanecía en un manto de sueños, cada vez menos distancia había entre horizontes, y por la irregularidad de la caída tanto árboles como edificios ya habían sido tragados en el rojo, el dorado y el azul de diversas tonalidades. De igual forma la gente avanzaba con indiferencia hacia el vacío, como si no fuesen capaces de observar el cielo, y desaparecían, para jamás volver. Y conforme el mundo pasaba al olvido, yo me resguardaba en mi castillo de nubes, solo, construyendo torres y jardines, pintando en los reflejos, entre las curvaturas y el vapor, imágenes de sueños y fantasías, paisajes y escenas de juegos y puertos con barcos que zarpaban a ningún lugar. Y tras los muros de la fortaleza no había lugar a dónde ir, los navíos que pintaba en las paredes navegaban entre nubes hacia la nada, para desvanecerse al igual que todo lo demás. Poco a poco mi castillo se redujo, más y más, hasta que solo el horizonte y el brillo cada vez más tenue rodeaban mi trono de nubes. Así, poco a poco, mientras el cielo me envolvía, me sumí en un sueño infinito, en el despertar, durmiendo en la eternidad de la nada.


Antonio A. Huelgas
23 de Febrero del 2018

domingo, 7 de enero de 2018

Roe y se arrastra



Arrastrándose en la oscuridad la blasfemia acecha y gruñe, babea y murmura secretos en lenguajes olvidados. El hombre camina solo y cansado, cerca de las sombras, sentado en un escritorio vacío, en una habitación sin ventanas, con las puertas tapadas por tablas y muebles, la única luz parpadea desde una lámpara. Al exterior los gritos de pavor, los gruñidos y las voces acompañan el sonar de fauces que se abren y cierran CHAC CHAC CHAC... CHAC CHAC CHAC. Y algo más, algo que corre entre muros, reptando en espacios dónde no debería lograr moverse, pero lo hace, conoce todos los nombres y le producen apetito. Siempre tiene hambre.
El hombre se levanta y camina, algo rasguña las paredes, uñas enterrándose en las paredes, garras arañando metal TIC TIC TIC. Los chirridos torturan los oídos del tipo, más porque sabe que vienen por él, pues ya no tienen nadie más a quién cazar, y desde el principio le tuvieron especial apetito.
CHAC CHAC CHAC... TIC TIC TIC
Los alimentó con su sangre, por algo se hallaban ahí. El ritual había sido un fracaso, no habían tomado en cuenta los accidentes pues ni siquiera pensaron que tendrían éxito, las probabilidades eran tan escasas que ni siquiera se podría haber considerado posible el éxito, más lo fue, y de la peor manera posible. La prudencia parecía sobrar, pero hizo tanta falta. Los demás colaboradores del rito yacían en la oscuridad, los afortunados bajo la tumba, otros formaban parte del carnaval de rostros, y uno en particular susurraba desde el interior de las paredes. Fueron 9 al comienzo, tres muertos tan solo al concluir la ceremonia, 3 fueron jalados y nunca más volvieron, dos coronan la efigie del caos, en medio de sonrisas sin forma y caras vacías de voces silbantes, cuyas palabras silencian; y uno con vida, encerrado.
TIC TIC TIC TIC TIC TIC CHAC CHAC CHAC
3, pensaba el hombre, siempre el 3, número maldito, 6, 9 y de nuevo tres, uno u otro, una y otra vez. A cada instante las cifras se mezclaban con los símbolos y los mitos, todo en torno al ritual. Tres libros, 6 objetos, 9 símbolos, uno por cada persona en el transcurso de 9 días. Siempre con la tensión de los dos minutos para la finalización, durante todas las noches de la ceremonia. La única regla era no dejar de escribir ni orar, por más que las pesadillas vagaran a los alrededores. Que estupidez había sido tomar la conjura como una broma, cuán imbéciles habían sido, y más al no cerrar el ciclo. Su cobardía de no continuar, de no cerrar el proceso, fue la causa de la catástrofe. Sin embargo habría sido peor de haber concluido.
ÑLAC CHLAC ÑLAC
El conocimiento de fórmulas, oraciones, palabras y conjuros determinados había sido un conocimiento inútil hasta el inicio de la pesadilla. Era divertido hasta cierto punto, muy irónico, casi tenía ganas de darse un tiro ahí mismo, o de abrir las puertas.
TIC TIC TIC
La soledad del cuarto habría resultado reconfortante en otro caso, aunque algo relajaba estar ahí sentado, con las notas, en las sombras de la habitación, frente al escritorio.
Siempre se había apegado al escepticismo, no con dogmatismo ni fanatismo, no más que una postura conveniente y adecuada con la realidad, más ahora, la oscuridad parecía mofarse en su cara de todo ello. Sentiose como un Fausto, confiado en sus conocimientos y llevado por el hastío, su proceder en el ritual había sido ingenuo, y Mefistófeles resultó ser mucho más astuto de lo esperado, siempre lo era, y más peligroso. A diferencia de Fausto y sus jugarretas, basadas en años de conocimientos profundos, el hombre sabía que no tenía el conocimiento ni los medios para escapar de su destino, de ninguna manera.
CHAC CHAC CHAC
En el mejor de los casos le esperaba una muerte horrible, que no daría término a sus sufrimientos, más evitaría lo peor. Ya estaba harto de los ruidos, de las voces, en especial del sonido de las mandíbulas, y el goteo.
Creyó escuchar risas por doquier, débiles, en susurro, como conteniéndose, cuales niños planeando una travesura, con malicia. También de fondo, como a una gran distancia, risas enloquecidas, vacías pero había algo en ellas, lunáticas más, en cierto modo, tranquilas, demasiado.
TIC TIC TIC
Ese sonido, entre el goteo constante del agua que cae una y otra vez, y pequeños golpeteos de un objeto contra otro, duro, como hueso, contra el metal, como uñas o garras ¡y el sonar de los dientes masticar y chocar sus mandíbulas! CHAC CHAC CHAC una y otra vez.
El ritual se había salido de control, no se limitó a matar a sus practicantes, sino que arrasó millas y millas, y se extendió. El hombre no sabía el número de muertos ni el lugar dónde las atrocidades se habían detenido, tenía la certeza de que nadie ningún otro sobreviviente lo esperaba en algún rincón, en alguna casa o sótano, pues las voces ya le decían, y el sabía que eran sinceras, crueles y sin embargo más honestas que cualquier ser humano, y más crudas.
Mientras el hombre meditaba, su mente vagaba en imágenes de niebla, humo y sombras, de superficies y ángulos imposibles en los que la tierra y las cosas se tornaban al tiempo que marañas de extremidades, colmillos, tentáculos y rostros gimiendo brotaban de los rincones. Ninguno de los tres libros usados en el rito le habían ayudado en lo más mínimo, pues uno se había perdido en la oscuridad, el otro fue quemado a fin de evitar que fuera encontrado quienes poblaban la noche, y el último no tenía información alguna sobre el problema, no para solucionarlo, apenas 9 líneas en verso, de 6 sílabas cada una, que constituían una especie de conjuro protector. De nuevo ahí estaban esos números, 9, 6 y 3, y de forma extraña el 1. Una persona restante, un libro, una habitación, y el resto en la nada. Una relación binaria a  final de cuentas, 1 y 0 como en las bases de la informática, era casi gracioso, y como todo lo demás tan irónico para ser cierto. Parecía un chiste, una broma triste y espantosa. Parecía que las risas no eran una coincidencia...
CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC
Las risas aumentaron, aún se contenían, y, de repente, el hombre oyó otro ruido, ya no sólo detrás las paredes, sino al otro lado de la puerta.
CHAC CHAC CHAC TIC TIC TIC TIC TIC TIC
Entonces volteó a ver la entrada. Las tablas habían desaparecido.
El hombre pronunció con nerviosismo los versos protectores mientras intentaba dibujar con manos temblorosas, sabía que la pistola no serviría de nada, aún siendo del calibre .45, ningún arma humana era capaz de contrarrestar las fuerzas que se aproximaban arrastrándose.
ÑLAC CHLAC ÑLAC
Entonces la perilla comenzó a girar con lentitud. El hombre sintió un dolor en el pecho, creía, y esperaba, estar sufriendo un infarto. Respiraba con dificultad, un mareo lo invadía y un sudor gélido le corría por el cuerpo mientras pronunciaba el conjuro. Iba a morir.
CHIC CHIC CHIC... CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC
Ya venía, la cosa ya venía.
Una corriente de aire, como una voz, entró en el lugar. Las risas ya no se contenían, se oían como un rugido, como una explosión, como una tempestad.
La puerta se comenzó a mover; el hombre siguió apresuró el conjuro lo más que pudo. Tomó al arma y disparó a ciegas...
Entonces la puerta quedó entreabierta...


F I N




Antonio Arjona Huelgas
7 de Enero del 2018

   

viernes, 29 de diciembre de 2017

Los colores del horizonte

Conforme avanzaba el horizonte cambiaba, transmutaba sus formas, su principio, sus colores. En un lugar el azul profundo casi negro se cernía sobre mi cabeza, más abajo el morado, después violeta, azul cielo, otro más claro y un turquesa, después una leve franja de verde muy claro, blanquecino, a continuación amarillo y al final blanco entre el descenso del sol y los suspiros de la tierra. Sólo la voz del sol yacía a la vista, no su fuerza, no su forma, nada más que el color de su aliento y su mirada tapada por edificios, árboles y montañas. Esos tonos eran especiales, únicos, parecían contener todo color que pudiese haber, cada escena que pudiera darse sobre la tierra, cada historia, y al tiempo guardaba la presencia de las más grandes maravillas del cosmos, visiones infinitas de lo perenne y lo vago, lo eterno y el instante cambiaban y permanecía, morían y nacían al tiempo  que se reducían y crecían. El viento calmo apenas y arrullaba las hojas más viejas, con suavidad, un cierto cariño dado por la brisa, una caricia que nadie más otorga. El sonido pareció enmudecer, el ruido de los autos y la ciudad pareció detenerse, el murmullo de las ramas, de las hojas de lo alto, lo demás fue silencio. Mis pasos inaudibles, sutiles, evitaron interrumpir tal escena, ni profanar la tranquilidad. Mi respiración se detuvo, el viento y mis pulmones acordaron no asfixiarme, con el fin de contemplar los colores del horizonte. El suelo mismo estaba confabulado.
El tiempo quiso detener su caminar, y apenas logró hacerlo un instante.
Después retomé la marcha, y tuve que arrepentirme, pues los colores ocultos del cielo habían desaparecido.
Los sueños del sol y las ensoñaciones del cielo eran de nuevo lo escondido para el mundo, cuyas visiones son ciegas frente a lo recóndito del más allá. Así la hora dorada, la hora mágica encierra un secreto que para mí sólo se ha revelado una vez.
Busqué desesperado para ver de nuevo esos colores, pero el descenso del sol impidió que tales colores se vieran por segunda vez. Nunca más los colores del horizonte serían tan sublimes, tan brillantes y sutiles, ni tan frágiles. Ahora entiendo porqué los egipcios solían pensar que Atum, dios primero creador de todas las cosas y parte esencial de ellas, era simbolizado por el atardecer. Sin embargo ningún atardecer, ni el más bello de todos, semejaría los colores del todo, mostrados ante mí en y por un instante, un paso entre pasos, en el silencio absoluto cuando el sol muere.

Antonio Arjona Huelgas
29 de diciembre del 2017

sábado, 2 de diciembre de 2017

Memorias entre Paso Ancho y Camino del Viento



En mi vida he viajado y estado en múltiples lugares, desde lo alto hasta lo ancho del globo, y es curioso pues, de hecho, nací y pasé la infancia en un pueblo llamado Paso Ancho, nunca entendí su nombre de niño, no por completo, más nunca importó, no demasiado, me fui de ahí al concluir mi adolescencia y jamás volví. Después fui a dónde el viento me llevó, por todas partes y por ninguna, ya que nunca residí mucho tiempo en un solo sitio, no sentí en momento alguno que perteneciera a un determinado lugar, sólo seguí los dispersos granos de arena. Ahora, al final de mis días, tras miles de viajes y miles de millas recorridas, por segunda ocasión y más sorprendente que la primera, resido en un antiguo paraje conocido cómo Camino del Viento.
No llevo mucho tiempo aquí, no obstante creo sentirme como en casa, tal vez porque en realidad no estoy en ninguna parte, estoy solo, como siempre me resultó natural estar. No exagero, hace poco murió el último habitante de este pequeño rincón constituido por tres casas y una vieja posada entre montañas, sin actividad económica estable, pequeños cultivos y algunos, más bien pocos, animales que cazar. Antes de venir aquí supe siempre el tipo de sitio que tenía que buscar, lo que debí haber hecho hace tanto, y cómo debía terminar todo.
Debí hacer esto hace tanto, más nunca es tarde, además, los viajes valieron la pena, conocí tantas cosas, vi el mundo y más allá, creo que fue necesario para descubrir tantas cosas. Aparte, no creo que Camino del Viento se hubiese vuelto mi hogar en otras circunstancias, aún con sus características actuales, hace una década no era un sitio tan olvidado, eso no implica que yo estuviera viejo en ese entonces, tengo la creencia, tal vez infundada, tal vez no tanto, de que soy así desde que nací. Si creyera en la reencarnación diría que llevo demasiado tiempo y demasiadas vidas en este mundo. Bien, todo acabará pronto, espero, a lo mucho en uno o dos años, es probable que antes, las enfermedades son impredecibles. El caso es que tarde o temprano moriré ¡Que novedad!
Lo importante es que me encuentro bien.
A veces, cuando veo a Isis volar, recuerdo mis días de juventud, cuando salí de mi pueblo natal, empecé a conocer el mundo en la gran ciudad. Por cierto, Isis es un águila que domestiqué hace unos años, aprendí cetrería con el difunto dueño de la posada, era un anciano agradable que al morir no dejó nada más que la posada, que heredé al ser el único que podía hacerlo. Aunque no creo que alguien más hubiese querido. Ya pasaron varios años de eso, más no tanto, después de todo Camino del Viento es un lugar perdido, de paso, repleto de viejos y muertos vivientes, también es donde todas las cosas terminan. ¡Ah! La gran ciudad, lugar de paisajes grises y coloridos, de riqueza y pobreza, de costumbres y creencias ajenas a lo conocido, de mentiras y verdades, y de una verdad en particular, una certeza: que no pertenecía a ninguna parte.
Al igual que en mi Paso Ancho confirmé varias cosas, algunas esperadas, otras no, reglas extrañas en un mundo siempre relativo, siempre fugaz:
1. Todo es fugaz.
2. Soy viejo.
3. Todo termina, todo se desvanece.
4. La muerte siempre está por delante.
5. La amistad no es eterna.  
6. La vida es frágil en todo sentido, en distintos aspectos, y se juega con cada suspiro, a cada instante.
7. Estamos solos, al menos yo lo estoy.
8. No hay hogar. Yo no tengo uno.
9. Todas las cosas llevan una lápida encima, y a veces conviene escribir con antelación un buen epitafio.

Paso Ancho era un título bastante irónico, la geografía del pueblo era más bien la de un pequeño cuadrado, y el origen del nombre se debía a que durante la fundación del pueblo, Paso Ancho era un camino muy transitado, un paos obligatorio en el camino, en cuya entrada se hallaba una casona que servía de posada, taberna, administración de recursos y comercio local y punto de reunión entre los habitantes de las escasas chozas que constituían la comunidad. Tal sitio era dirigido por un hombre llamado José Sancho “El Ancho”, de ahí el nombre del sitio. Otros decían que se debía a que el camino que atravesaba el lugar era el más ancho de la región. Nunca me gustó ese lugar, vivir ahí era asfixiante, el tiempo parecía morir ahí, y todo carecía de sentido. Otra curiosa ironía está en el origen de Paso Ancho, el pueblo donde nací se relaciona mucho con mi vida ¿Quién lo hubiera dicho?
El paso a la gran ciudad era inevitable, necesario. No era raro este anhelo entre los habitantes de Paso Ancho, de ir a la aventura que eran las grandes ciudades, fueras a la que fueras, incluso aunque se tratase de una ciudad pequeña. La mayoría regresaban espantados de la vida citadina, de la cantidad de personas y, en un caso particular, de la inmoralidad de los capitalinos. Yo aspiré a la capital, de hecho, el único lugar lo suficientemente grande para mi, la única opción real para mi ambición. Sin embargo, la ambición es solitaria, y muere al final, siempre lo hace.
No me decepcioné por completo de la capital, ni repudié sus valores, en cambio noté la clara diferencia entre mi y los demás, aún en un lugar tan grande y con tan amplia gama de carácteres, de formas de ser y pensar. De hecho enfatizaba mis diferencias. El golpe inicial se dio a causa de mi talento para recrear las emociones de los otros en mí, en mi cabeza y corazón, incluso lo hacía sin percatarme. La gran ciudad me enseñó a controlar mi capacidad. No obstante, hay habilidades que son... inútiles, en resumidas cuentas. Lo son en tanto que los otros no las poseen, la ventaja se vuelve insuficiente, se convierte en desequilibrio. Claro que no todo lo puedo achacar a otros, el incesante muro entre yo y los demás generó una falta de confianza en mi y en los otros, mi cualidad se transformó en mi punto débil, el no tener un uso práctico ni a otra persona que la compartiera provocaron en mí una falta de fe en mi y en el mundo.
Los errores que tantas veces cometí por tal condición, las personas que lastimé, agravados por la desconsideración y el abandono por parte de los otros, aspecto mismo que empeoró ante lo primero. La desvaloración de una persona hacia otra en relación a la falta de fe y confianza conllevan ciclos de venganzas pasivas que acaban destruyendo cualquier vínculo si tan solo uno de los involucrados reacciona de forma incorrecta, y si las distintas partes lo hacen... el resultado es obvio. No importa quién comience ni quien termine, sepultar a la gente en vida es labor en la que hasta el sepultado es responsable.
A pesar de ello, siendo honesto, ser una isla en un mundo continental siempre es inconveniente, el rechazo entre ambos es parte de la vida, lo normal. Esto lo aprendería al dejar la gran ciudad, todavía con cierta esperanza de lograr encontrar mi lugar en el mundo, negando aún mi ser, mi realidad.
Entonces me embarqué a otros continentes, en busca de algo que nunca supe definir con exactitud, tal vez era el hogar, quizá la compañía, o más bien, sin saberlo, ansiaba el equilibrio, el silencio, en la soledad. No niego que en aquel entonces conociera conceptos como el del ma, propio de los orientales, más nunca lo había entendido a profundidad. La comprensión real de las cosas no yace sólo en la sapiencia, sino en la emoción, en la experiencia, y aún así requiere algo más, que muy pocas veces ocurre. 
Vagué de un sitio a otro durante varias décadas, en ningún sitio logré quedarme mucho tiempo, lo que no implicó evitar el regreso a tierras ya caminadas, no impidió ver amaneceres conocidos, y otros nuevos en sitios conocidos. Inclusive regresé a la gran ciudad algunas veces. Al ver a viejos camaradas llegué a convencerme en distintas ocasiones que no necesitaba a nadie, la incomprensión por parte de otras personas y el eterno espacio entre ambos nos apartaba, la pared era el vacío bajo el cual había quedado sepultado. Más el viento todavía llegaba a dónde estaba, y hablaba conmigo, el viento solitario fue siempre el amigo más fiel, el más leal, en cierta medida era como yo.
Creo que soy un eterno Ulises, sin hogar por llegar, sin Ítaca al frente ni por venir, he ido por el mundo y por el mar rodeado por acompañantes pasajeros, todos y cada uno, aún quienes en su momento pensé que estarían conmigo hasta el final de la travesía. Pero aún en un final idílico, rodeado por los semejantes, por los camaradas más cercanos, familia su mayor sentido, los últimos instantes para cualquiera serían solitarios.
La sociedad, la propia naturaleza humana, han hecho creer en una conclusión distinta, los vínculos del día a día, todos dieron forma a la más bella ilusión, a la perfecta utopía vivida a cada momento, al estar frente a nuestros semejantes. Sin embargo no es brillo sino velo, una cubierta, una máscara, produce la ceguera y el quitarla crea un vacío. Quizá por ello las personas creen en un Dios, o en dioses, la idea reconforta, da esperanza, un ideal nacido entre la imaginación, el pensamiento y el colectivo, entre la luz, la muerte y el olvido, cuyo objetivo es ir contra lo natural, lo propio de la conciencia, del ser.
Resulta en una imposición de la naturaleza humana sobre la naturaleza del ser, tal vez el único auténtico atisbo del espíritu humano.
A veces sentí dolor ¡Tantas veces! Más encontré en la soledad, en exiliarme de la compañía de las personas, la verdad, el alivio y la paz. Algunos somos solitarios, tenemos mayor relación con el ser que con el humano, desde el momento en que nacemos ya somos exiliados en tierra extranjera, tierra perdida, tierra extraña, la tierra de los hombres.
En la que nunca seremos bienvenidos.

En ciudades extranjeras aprendí varias cosas, herramientas útiles, algunas en la práctica y otras más bien como reserva. El pilotaje y la navegación me dieron minutos adicionales, horas en las cuales pensar sobre todo, respirar, y dejar callar mi mente, desvanecer las voces del pasado y el tormento. Entonces, en mi vejez, dejando tras de mi éxitos y fracasos, encontré Camino del Viento.
La mayúscula en la palabra viento era curiosa, no rara entre los pueblos, simbólica, era como escuchar una nota conocida pero que nunca me había percatado de ella. Entre apenas una veintena de personas en medio de cerros y montañas, en alguna parte de una isla en un vasto océano, con las águilas a mi alrededor y el sol y las estrellas sobre mi frente. Ahí descubrí la soledad auténtica.

¿La soledad pesa? ¿Duele? A veces, en momentos es fría, congela, en ocasiones dura y afilada como un sable, te destroza, y en instantes es suave, cálida, silenciosa, pacífica, y más aún, cuando es completa y auténtica, es reveladora.
Mis viajes por el mundo trajeron aprendizajes, inclusive experiencias bellas, no me arrepiento de ninguna de ellas, a pesar del dolor implícito en cada una. No se puede vivir de otra manera, supongo.
Más el saber, ese cual suspiro, cual flama, ese verdadero saber, sólo puede hallarse en uno mismo, en el camino propio. Ahí la soledad no tiene igual, el aislamiento para quienes somos solitarios en lo más profundo de nuestro haber trae siempre una revelación única, tal como nuestro interior.
Cabe diferenciar por tanto, entre la soledad y el abandono. Por segunda vez me remito al principio del ma, el espacio entre dos objetos, la paz, no, el equilibrio reside ahí, sólo en el es posible encontrar la verdad. El silencio es la soledad, mientras que el abandono es el ruido de voces ausentes, el despedazamiento de la persona, cuando somos divididos y dejados entre los otros y uno mismo.
La emoción, la amistad, el amor entre hermanos, entre amigos, son de las cosas más bellas que hay, y no sé si también el amor entre amantes, en pareja, entre un otro y un mismo, pues nunca lo experimenté. No es que nunca estuviese con nadie, más nunca al hacerlo experimenté un auténtico amor. Los espíritus solitarios nunca lo conocemos en verdad, a pesar de los intentos de tantos por engañarse a sí mismos. Por mi parte la soledad en mi marca, mi santo y seña, algo en mí.
Camino del Viento me enseñó, me dio claridad, después de todo era mi propio camino, y la conclusión del mismo. Sus habitantes eran viejos o marginados, más bien personas que se exiliaron a sí mismas del mundo, para vivir fuera de la dicotomía entre el caos y el orden. La mayoría no sabíamos con exactitud porqué estábamos ahí, sólo que debíamos estarlo, y más que un debíamos, estábamos.
Varios murieron antes de siquiera conocer, antes de saber que hacían ahí. Otros más fallecieron al momento de conocer la verdad, y otros más lo hicieron un poco después de ello, preparados para su final. Ya se habían encontrado, y no tenían más que hacer en este mundo.
Ahora estoy por completo solo, nadie más que yo e Isis. Estoy cansado, más en paz, no queda más que esperar el final. Sin embargo en mis últimos instantes recuerdo mi vida y pienso que tal vez haya algo que me faltó por aprender, quizá por ello no muero todavía. Pienso en las personas y el sentido de mi camino, mientras Isis vuela a mi mano, me observa y salta a mi lado, sobre la silla que saqué para sentarme, se coloca en uno de los brazos y me observa, como esperando que la acompañe.
Me siento a su lado, la miro. Sus ojos están fijos en mí, pareciera que sabe lo que siento, podría comprenderme, ella es como yo. Ya tiene sus años encima, aunque todavía le quedan algunos, a diferencia mí. Aunque en estos momentos pareciera que podría morir en cualquier momento, sabe algo, creo que yo igual. Estoy cansado, la visión se me nubla, recuerdos del pasado me invaden, desde mi infancia hasta mi vejez, recuerdos de las personas, memorias solitarias. Moriré antes de lo previsto. La respiración se me dificulta, mi corazón va en descenso, los latidos son cada vez más espaciados, hay enormes silencios entre cada uno. Isis salta sobre mi mano, su peso me tranquiliza, acaricio su lomo, veo lágrimas correr por sus ojos, nunca había visto a un águila llorar.
A pesar de todo me alegra no morir solo. Quizá erré en algunas de mis conclusiones, es posible que los vínculos entre personas nunca mueran en realidad, siempre y cuando existan reminiscencias en la mente, tan siquiera fragmentos de lo que fueron los otros. Es posible que la compañía pueda existir en la memoria, ello contradiría en parte la idea que tengo de la soledad, y de mi ser.
 Mi muerte es extraña, curiosa, creí que moriría solo, pero junto a mi está Isis, quien a cada momento parece decaer, su cuerpo se dobla, los latidos de su corazón también se reducen, no deja de verme. Ya tomó una decisión.
El negro cubre mis ojos, y la mirada de Isis y la muerte se han vuelto todo frente a mi. Al fin podremos descansar, al fin dejamos de estar solos. En mis últimos instantes soy feliz, exhalo el último aliento y muero junto a mi amiga, en Camino del Viento.

Antonio Arjona Huelgas
2 de Diciembre del 2017


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Ícaro, el primer ser

En el inicio, alguien miraba el eterno horizonte, el amanecer de todas las cosas. En ese momento no existían los nombres ni las consecuencias tal cual, sólo el atisbo en alguien que se llamaría a sí mismo Ícaro. El mundo fue imaginado, y tanto el objeto como la imagen resultante dieron lugar a nuevas imaginaciones. La relación entre lo existente era difusa, los vínculos fueron imaginados a partir del cómo se alineaban las cosas, de la interacción en relación al ser, el primer ser, entonces, fue Ícaro. Surgió el deseo, la voluntad, y por encima de todo el sueño. Éste último formó a sus alrededores aspectos consecuentes, la realidad y la irrealidad,  que a su vez alimentaban al sueño, de ahí las ideas y la materia. El mundo fue como tal a partir de Ícaro.
Cómo es natural, el dios, los dioses y los seres vivos emergieron conforme el tiempo, la consecución y los procesos lo hicieron con anterioridad, así, su presencia se dio a partir de qué fueron observados en el horizonte por Ícaro. Éste en su contemplación, quiso tocar el cosmos recién existente y, en tanto se fue acercando, tomó forma en el mundo visible, de viento y de alas, también de un núcleo, después del sol, y otras tantas miles más, entre ellas de un ser humano. El hombre que fue se trataba de Ícaro, hijo del arquitecto Dédalo, el ingenioso y astuto constructor del laberinto de Minos.

Los dioses vieron desde lo alto al joven hijo del genio, y temieron, pues en él habitaba una poderosa voluntad, cuál ninguna que hubieran visto, además, el entonces niño parecía no entender ley alguna del mundo, ningún orden, jerarquía y determinación ajena a la propia. Ícaro no pertenecía al mundo.
Los olímpicos con miedo urdieron un plan para reducir al chico.

Poseidón, consultando con anterioridad al Destino, mandó un bello toro como regalo al rey Minos. Dicho animal iba con la misión de seducir a la esposa del rey, además que Afrodita entre sombras hechizó a la mujer para que se enamorase del toro. Tal cual lo habían planeado, la reina copularía con el toro tras enamorarse, de tal unión nacería una bestia llamada Minotauro.

El rey, a riesgo y a sabiendas que, de alguna forma, el monstruo mitad hombre y mitad toro fuera en verdad si hijo como tantas veces le juró su esposa, decidió encerrar a su hijo en un sitio adecuado para encerrarlo, para no verlo jamás, y que, no obstante, darle sacrificios para que se pudiese alimentar. La obra en cuestión, el hogar de la bestia, sería un laberinto cuyos planos fueron designados a Dédalo.

Al terminar el trabajo, Minos, a fin de resguardar el secreto y ante el rumor de otra infidelidad por parte de su mujer con el arquitecto al punto en que se decía que ésta mujer era la madre de Ícaro, mandó a encerrar a Dédalo y a su hijo en el laberinto, en un calabozo cuya salida daba a un solo camino: un mar tempestuoso adornado con afiladas rocas, sin posibilidad de un descenso seguro.

Así, los dioses concretaron su plan, y el pequeño Ícaro se mantuvo encerrado en las profundidades.
Ícaro creció en el laberinto, mirando el amanecer todos y cada uno de sus días, deseando alcanzar la luz, y alimentando día con día su anhelo, hasta su adolescencia, cuando su padre construyó una herramienta para escapar.

Todas las mañanas, hijo y padre observaron a las aves, día y noche, gaviotas, palomas, águilas y lechuzas que volaban en los alrededores. Ambos pusieron atención en la forma en que se daba el vuelo, y el hijo tuvo la idea de volar, tal cual la tendría un chico, un niño, un adolescente, influido en especial por el águila, animal con el cual se sentía identificado, pero elevada por algo más. Ícaro conoció la técnica de vuelo de las aves, y se la propuso a su padre. El hombre, como buen inventor, armó unas alas con las plumas de las muchas aves pasaban por la caverna, o cerca de ella, uniéndolas con la cera de las velas. Además, se valió de la minuciosa descripción de su hijo para el diseño y los detalles, y adecuó la idea del joven para deducir las condiciones y el modo para volar.

Así, al amanecer de un día cualquiera Ícaro y Dédalo salieron de su encierro por el hueco que tanto tiempo los había torturado con esperanzas vanas, la inalcanzable luz se volvía una posibilidad. Claro Dédalo sabía que alcanzar la luz era peligroso, el calor del sol derretiría la cera, de igual forma que el mar la disolvería. La advertencia fue dada a su hijo, y el chico la conocía con anterioridad, la deducía por tanto ver el efecto del calor en las velas. Sin embargo, al momento de volar olvidó lo que sabía, su espíritu yacía hipnotizado por el sol.

A pesar de los dioses que se burlaban desde lo alto de la ingenuidad de los prisioneros, y más aún del chico, quién se enamoró tanto del amanecer que se olvidó de sí mismo, y de todo, Ícaro se mantenía en alto, volando.
Los dioses esperaron que la víctima de su maldición cayera, más no pasaba, aún cuando éstos intentaban derribarlo. Ícaro seguía volando.

El fuego del Olimpo no logró quemar las alas ni derretir las velas. En ese momento, el dios único, atemorizado por el fracaso de las deidades decidió intervenir, pues se percató de la presencia de un ser que hasta para él era ajeno, ese era Ícaro. En ese instante todo se acabó.

Las alas ardieron con mayor intensidad que las del propio sol, la cera desapareció al instante, las plumas se desperdigaron por los distintos rincones de la Tierra, y el grito de Ícaro resonó en el alma de todo ser mientras su cuerpo se hacía trizas y el llanto de su padre se perdía en la inmensidad del cielo.

*******

Así fue como Ícaro cayó. Los mismos dioses se apiadaron de su padre, ya que se arrepintieron de su crueldad, aparte tener el alivio de saberse inocentes en la muerte del chico. No por ello se sentían menos aliviados por su muerte. Y pese a todo entristecieron.

El dios único murió por el arrepentimiento, algunos cuentan que se suicidó, otros que desapareció, otros que se encarnó en un humano y fue asesinado, y otros más que el mismo, en cierto modo, también era Ícaro, y al darse cuenta voló en otra dirección.
La única conclusión es que Ícaro murió en el aire, montando los vientos, en pos del horizonte que persiguió desde que el mundo fue tal.

Antonio Arjona Huelgas
15 de Noviembre del 2017

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Caminante

NOTA* Hay un discurso introductorio a la canción Journeyman de Iron Maiden, en la cual Bruce Dickinson menciona que cuando acabe la canción, terminará el viaje. Quiero que tengan ésta idea en cuenta al leer el siguiente escrito.


No hay letra, no hay palabra u oración para el Viajero, siquiera un sonido, un silbido, o tranquilo resonar. Soledad y silencio, plumas cayentes, miradas que se elevan, al eterno cielo.

El infinito es mi relato, la narración guarda la totalidad, y lo que la antecede está más allá. No hablaré al respecto más de lo posible, lo etéreo no se define en las cosas ni el las letras, sólo a través de sí.

Soy el viajero, el caminante, el soñador del Flujo, cuyos pasos nacen en el céfiro y fenecen con el silencio. Mi travesía a lomos de alas plateadas, evitando y moviendo los hilos del destino, ha sido mi sentido desde el amanecer de todas las cosas. Estoy solo, nadie más puede surcar el mismo rayo de sol sobre el que patino, ni siquiera la dama del sol.

No soy nada más que un durmiente, un soñador cuyo ascender y descender hacia la luz da significado a todo, a pesar de no poder significar algo en sí. La oscuridad me precede, y las sombras nacieron de mi andar. No hay recuerdos ni futuro de lo que soy, y mi presenta yace extinto. El tiempo y la muerte son apenas olas de mi océano, y la vida apenas un suspiro en mi huracán. Me aíslo de las dicotomías, me guardo en mis propias contradicciones, soy el viento de la tempestad y el agua profunda del abismo. Poseo el saber, más desconozco las palabras,y, más allá del deseo, sé ello es lo que debe ser. Mis pasos cansados flotan, mi cuerpo reposa en la ventisca, el aire es parte de mi, y obedece mi voluntad, sin resistencia de su parte, ni presión de la mía, siempre hemos fluido al mismo ritmo, de la misma forma, pues naturalezas iguales nos dieron lugar.  

Soy un sueño que ha soñado, apenas un murmullo que supo aspirar. No tengo historia, sólo un viaje, soy viajero y viaje en sí. Lo demás no tiene lugar, no es en realidad, el Todo es en tanto es recorrido, en tanto la nada queda a nuestras espaldas y la muerte al frente. Más la muerte es apenas un paso, una ensoñación, se desvanece como aquellos que la atraviesan.

Detenerme en ocasiones trae la melancolía, y ésta me acompaña a recordar y olvidar, sólo en los momentos de brillo, al hablar con el sol que se desmaya y muere. Todos morimos en las llamas del día y la noche, elevados por las nubes, reposando en un cúmulo, entonces temo a la pluma, al silencio, al vacío, más los deseo, y sé que perviven en mi. Temo no hablar, más trato de no hacerlo, demasiados secretos pueden escapar, y aunque suela abrirles la jaula y darles alas, no hallan reposo ni hogar, vuelan y se pierden en estrellas, se vuelven aves, se tornan mariposas, se desploman al cielo y corren entre el día y la noche. De ello no debo temer, nadie las puede atrapar, y si las sostienen nunca las entenderán, por tanto no las retendrán, solas, vacías, sin libertad. Lo único libre son los secretos y las historias, las personas jamás, no en la vida, no en las cosas ni en los objetos. La libertad sólo existe para el Viajero, más nunca es suya, es el impulso, las alas, pero un soñador siempre es, nunca posee.

La libertad son las alas, la soledad es el vuelo, y cuando arden también arde el soñador, se esfuma el viajero.

Todos los días son el último día, pues no hay más que un solo Flujo, un solo día, que inicia a cada instante. Temo, me aterra, no ser capaz de contar lo que deseo contar, y temo tanto o más hacerlo. Sin embargo, a final de cuentas, puedo elegir en soledad, y decir lo que desee, no hay más verdad ni más ilusión, sólo sueños.




Antonio Arjona Huelgas
1 de Noviembre del 2017