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domingo, 1 de abril de 2018

El tramo de Tumba Grande





Allá en la carretera, en el camino entre San José del norte y Río de los Remedios, entre el kilómetro 87 y el 116, hay un tramo conocido como Tumba Grande, es un espacio del camino repleto de curvas, el pavimento en mal estado, repleto de agujeros tan grandes como si les hubieran tirado bombas encima, ninguna línea o señalización, ni paradas, ni gasolineras, ni mecánicos en los alrededores, ni siquiera una toma de agua, en medio del desierto, repleto de víboras. Es por esto último que nadie ha mandado nada ahí, para construir algo se necesitan máquinas, y para llevar máquinas hace falta una carretera en buen estado, y esta es una a la que nadie se acerca para reparar o para conducir ahí.

Y sin embargo, las muertes en el tramo son muchas, desde los que se accidentan hasta quienes quedan varados. De vez en cuando la policía de caminos y otros servicios públicos recogen los automóviles a la orilla de la carretera, y los cadáveres en las inmediaciones o en la misma carretera, tantos como para llenar un cementerio entero. Y los autos chocados o volcados provocan a su vez más accidentes, y más muertes. A veces, dichos restos, dichos cadáveres y autos, quedan ahí por casi un mes.

Hubo un tiempo en el cual se utilizó el tramo para carreras clandestinas entre miembros de pandillas, lo que duró cerca de un año. También se usaba como novatada para entrar a ciertas pandillas el que las personas atravesaran la ruta caminando, con los pies descalzos. Después se usó para tirar cadáveres, actividad a la que recurrían grupos delictivos, asesinos y una que otra persona con creencias extravagantes.

Pero todo eso terminó, y la ruta se mantiene desolada.

Ciertamente parece una exageración el que nadie se halla hecho cargo de las serpientes, o de crear condiciones para hacer del tramo algo seguro. En lugar de eso, se construyó otro camino. Algunos hablan de corrupción, otros de algo ilegal y peligroso que se manejaba por los alrededores, otros de maldiciones y brujería. Lo cierto de todo ello es que nadie se quería acercar al tramo, los que pasaban por ahí cuentan que, incluso, se sentían incómodos al pasar por ahí, cada vez que lo hacían, como si el camino los fuera a devorar, como si algo habitase el sitio y acechará a quienes se acercaban. Algunos dicen que se detuvieron algunas veces en ese tramo, sobre todo policías, y nunca vieron una sola serpiente, más una angustia, una especie de ansiedad constante mezclada con un temor injustificado los invadía al estar ahí.

El tramo fue cerrado hace casi 3 años, aunque debes en cuando uno que otro incautó logra meterse. La mayoría mueren, como si la bestia se hubiese hecho más huraña.

Lo más curioso del asunto es que, hace unos 28 años, alguien se dio el tiempo de colocar una gran cruz de piedra en el punto medio del tramo, en el punto exacto. Después de eso, el camino se fue poblando de cruces de madera, un camino que partía desde esa enorme cruz de piedra, y se sumaban a las muchas cruces en honor de los fallecidos en la carretera, tumbas olvidadas hace ya tanto tiempo, sin flores, honores ni mensajes, sólo piezas de madera o metal abandonadas a orillas del camino, oxidándose con el paso de los años.

Aún en fechas recientes, alguien con un sentido del humor muy negro colocó una enorme roca con forma de lápida marcada con una cruz en el centro. Una molestia de casi 3 metros de altura y otros 3 de ancho, bastante gruesa y pesada. Quién sabe quién tendría el tiempo de armar algo semejante y llevarlo hasta un sitio tan tétrico, o peor aún, para crear su pieza ahí mismo.
En la entrada, detrás del letrero de “camino cerrado”, de la valla de seguridad, hay en el asfalto el dibujo de un cráneo, cuyo autor tuvo especial énfasis en el tono oscuro de los ojos, en el negro tan oscuro que parecía devorar la noche, y en la mueca vacía, siempre falta de sentimientos, falta de piedad.


Antonio A. Huelgas 
1 de Abril del 2018 

viernes, 30 de marzo de 2018

Paidofagia



Aquitania lavó con cuidado la tela, para que no quedara mancha alguna, ni un pequeño manchón anaranjado o marrón, en cada pliego del vestido. Nadie caminaba alrededor de río a esa hora, no en las inmediaciones del palacio. Todo era calma y silencio, excepto por el extraño vagabundo al que, llegado de madrugada con apenas un destello  en el horizonte, su esposo había hecho recibir con honores, como si se tratase de un gobernante de tierras lejanas. Aquitania sabía el porqué, su esposo y ella eran personas inteligentes, tan letradas como se podía ser en su tiempo, y sobre todo astutas. Se apresuró entonces a terminar con su labor, que casi siempre se destinaba a los criados y esclavos, en especial ese detalle de la limpieza, excepto ese día. No podía ser así, por supuesto, no ante su invitado.
                Pronto los gritos irrumpirían la calma.
                Aquitania regresó al palacio, ahí su esposo, el rey, discutía acaloradamente con el invitado, quién mostraba una sabiduría basta y ejemplar, como ninguno que hubiese conocido antes, cual señor de una tierra poderosa. Tal invitado merecía un espectacular banquete, con las decoraciones más bellas, el mejor alimento, y el vino más elegante.
                El viejo parecía saberlo todo y sus modales eran dignos de un conocedor de las leyes y honores de todos los pueblos; a pesar de su aspecto sucio, sus ropajes rotos, gastados,  casi unidos a su piel por las horas sobre ella, el sudor y  las llagas. De igual forma, su hirsuto cabello, caedizo y piojoso, no reflejaban en lo absoluto el conocimiento que mostraba el anciano.
                El rey no mandaba asear a su invitado, pues temía que se pudiese ofender.  Por lo general cualquier extranjero que llegaba a esas tierras era asesinado, pero ese día el rey había puesto atención a las señales del cielo. Nadie había transitado los caminos cercanos, pues las lluvias habían provocado deslaves e inundaciones, además que la fama del rey era conocida en ciudades aledañas. Se sabía que era duro, y que los extranjeros llegados sin mostrar los debidos honores, o su importancia en otras tierras, eran asesinados o desaparecidos. De igual forma, los hijos del rey, que eran más de 50, tenían la fama de insaciables e impíos, así como crueles. Sus lacayos habían visto la noche anterior, una velada de tormenta, a un águila descender a los montes del sur, lugar desde dónde venía el extraño. Parecía sospechoso, más no definitivo, aún tras el incendio en las cercanías del templo de Zeus. Sin embargo, el rey era precavido, y gustaba de honrar a los dioses, tanto que había sacrificado criados y esclavos en su honor en muchas ocasiones, y pensaba que tal vez los habitantes del Olimpo agradecían sus memorables rituales, o tal vez…
                A la hora del banquete se sirvió una carne especialmente jugosa, una que siempre fascinaba al rey, a su esposa y a sus hijos, y era reservada para ellos y nadie más, excepto como ofrenda en el Templo de Zeus, o para las fiestas en honor a Selene durante las noches de Luna llena. Y en esa ocasión, la carne tenía algo especial, algo que sólo el mismísimo rey y su esposa Aquitania habían probado.
                El momento llegó, y, como era de esperarse, se le sirvió primero al invitado. Este último, anciano y hambriento, tras haber seguido las respectivas cortesías y tener el permiso del rey, llevó el vino y la carne a su boca. En medio del furor de la fiesta, el invitado se levantó de un salto, exaltado. Un sabor metálico se percibía en el vino, un olor ocre en los guisos, la jugosa carne era demasiado suave, casi se deshacía en la boca, pero algo en esa suavidad era sospechoso, terrible. El rey, mientras masticaba con placer la carne, sonreía de oreja a oreja, y en su mueca el vagabundo vio algo perverso.
                El anciano supo bien de que se trataba todo, se percató que los rumores eran ciertos, inclusive eran peores de lo esperado. En la mesa, entre los asistentes e invitados, estaban 50 de los hijos del rey, a pesar de que el rey Lycaón tenía 52 hijos, y sólo 5 de ellos eran de Aquitania, los 3 mayores y los 2 menores, y eran estos últimos, un niño de 7 años y una niña de 4, los que faltaban. Así, la carne reservada para el invitado, el rey Lycaón y su esposa Aquitania, era tan o más pequeña que la de un lechón, pero sus sabor era distinto a cualquier cosa saboreada con anterioridad.
                El anciano gritó enfurecido, y un rayo atravesó el techo para incendiar la mesa en que se hallaban los invitados. Las puertas se cerraron y quedaron bloqueadas, los hijos de Lycaón trataron de huir, pero las llamas se extendieron tan rápido como si fuesen tigres cazando a sus presas. Lycaón y Aquitania se levantaron y trataron de salir, más en la huida Lycaón corrió sobre sus manos y pies, arrastrándose para pasar por algún recoveco, las llamas le cayeron encima, y mientras avanzaba, el fuego, en lugar de quemarlo, parecía darle nueva forma al achicharrado cuerpo. Unas  patas como de canino surgieron dónde antes había pies y manos, la boca de agrandó unos dos palmos frente a la cara mientras los labios se abrían hasta las orejas, mientras éstas se hacían para atrás y el cuello, así como todo el cuerpo, se encorvaba. Las oraciones de piedad se convirtieron en gruñidos, los gritos en aullidos, y en tanto sus ropas, su piel y su reino quedaban atrás, Lycaón trotaba en el cuerpo de un enorme lobo negro.
                Mientras que Aquitania se quedó atrapada en el templo, y fue quemada por las llamas y manchada por las  cenizas, sin embargo su maldición no le dejó perecer, y se levantó de las ruinas de la ciudad de Arcadia, con piel blanca y mortecina, condenada a ser repudiada y temida, llamada por los hombres en siglos posteriores  como La Graya, con el castigo de no sentirse jamás satisfecha en sed y hambre, más que comiendo carne joven.
                Y esa fue la maldición de Lycaón y Aquitania por tratar de alimentar al rey del Olimpo con la carne de las víctimas, compadecidos sólo por Selene, que bendijo a sus posteriores descendientes con la gracia de no mostrar su verdadera forma más que con el influjo de la Luna llena. Pues a partir de ese día los dioses prohibieron el sacrificio de infantes, y maldijeron a los descendientes de los que faltaran al mandato, en especial a quienes tuvieran el atrevimiento de comer niños.




Antonio A. Huelgas

30 de marzo de 2018  

martes, 13 de marzo de 2018

Un castillo en la niebla




La joven corría a toda velocidad, entre pasillos desolados, en las tinieblas, detrás de ella también corría su hermano, y ambos reían mientras el eco de sus pasos y de sus voces saltaba de un lado a otro en medio de los estrechos muros del castillo. Inventaban apodos y palabras, tanto impronunciables como sin sentido, mientras jugaban: Mialma, Lisalada, Eleaporto, Domenericominus Asur, Nazalar, Marguerileanimula, Serratinusinuel, Elohimiasuryahvefet, Nilamaluda Malina, Astronivocus arremé, y otras tantas igual o más complicadas. Ambos se divertían como niños, pero ya hace mucho tiempo habían dejado de serlo, envejecieron jugando entre laberintos, riendo en las sombras, perdidos en sonrisas y correteos. Ambos olvidaron sus nombres hace tanto que ni podrían siquiera recordar su primera letra, o la vocal en la sílaba tónica, apenas el arrullo de una palabra desconocida, perdido entre ecos y laberintos. La chica apenas podía pensar en el tiempo, en su edad, en el pasar de la historia fuera de los muros del castillo coronado por rayos, del monumento que, perdido en la noche, perdido en la niebla, entre valles y bosques y tierras desoladas, circundadas por la podredumbre de la esfera muerta, era tan sólo la última hoja verde sobre la última hoja seca de un árbol que todo había perdido tiempo atrás. Ella abrazó a su hermano mayor y recostó su cabeza en el hombro de éste, mientras el hermano acariciaba su largo cabello, y, sin hablar, se miraron durante un largo rato hasta quedarse dormidos, ambos recargados sobre la pared de piedra negra y ladrillos antiguos, sumidos en el silencio de los túneles, entretanto corrían los ecos a lo lejos, dejando tras de sí una estela redonda. A sus espaldas los grabados que databan desde el origen del hombre, olvidados en el más allá, entre resplandores de color arcoiris y gotas de agua que no cesaban de caer sobre un charco siempre seco, ríos de ceniza bajo la fría tumba en abandono. El mundo apenas era un cascarón, una vasija que se llenaría ante el encuentro de dos voces, y lo demás era terreno yermo. La joven durmió, y de sus sueños brotó el infinito caudal, en el amor de su hermano, y para su hermano, en verdes praderas y árboles de frutos sin fin, ante el brillo de un sol siempre radiante, sin ansiar despertar más que para correr y reír entre pasillos inmensos. Y así durmieron, soñaron, sin despertar, y en sus sueños corrían y retozaban entre pasillos sin fin.
Al exterior el cadáver observaba el castillo entre la niebla, perdido en las memorias tenues, en reposo y sin sentido por el cual mantenerse, escuchando fantasmas en el velo blanco, siempre a la espera, siempre condenado, por la incertidumbre de un nombre, y nada más, una palabra secreta y olvidada, el nombre de la última estrella, el nombre perdido, el nombre distante de su amada hermana.

F I N



Antonio A. Huelgas
13 de Marzo del 2018

martes, 27 de febrero de 2018

El viejo que cargaba una montaña



Un día, caminando por un bosque repleto de sombras, telarañas y luces brillantes, encontré a un viejo cargando una montaña. Me acerqué a él con curiosidad y caminé a su lado por un rato, hasta que me atreví a preguntarle quién era, y me respondió:
Soy un viejo, y nada más”. Entonces el viejo siguió su camino sin hacerme caso.
Yo no me rendiría , por lo que, desde atrás y mirando al frente, le pregunté de nuevo y le ofrecí mi ayuda. Me respondió:
Soy un viejo, y nada más”. Calló y siguió caminando.
Entonces corrí, lo alcance, y me puse frente a él, de modo que no pudiera evadirme, y le pregunté de nuevo quién era y porqué cargaba una montaña. Así me respondió:
Soy un viejo, y nada más, un viejo caminante en el tiempo, y mi camino no parece tener fin. Cargo con demasiadas maletas y mis huesos están ya muy gastados por el paso de los años, al igual que mi voluntad, mi valor de actuar. Camino bajo las notas de una melodía perdida en algún rincón de mi desván, dónde reposan los amigos y la infancia, como juguetes rotos, tirados, descuidados y llenos de polvo, y tan lejanos como las estrellas. El ático está demasiado lejos, y yo muy cansado para subir hacia él y ordenar un poco; aún así me pesa, cargo la montaña del ayer, dónde eregí mi hogar, esperando algún día poderla tirar hacia adelante, hacia el mañana o a la esperanza, a los sueños o a la muerte. Más no sé si puedo continuar, es difícil, tan difícil seguir avanzando; estoy muy cansado, y parece que la distancia aumenta a cada instante. No sé en que momento de mi juventud la vida empezó a correr demasiado rápido y sin detenerse, cada hora, todos los días, pasaban más y más rápido, y siguieron así, más y más, aumentando a cada instante, hasta que mis piernas se quebraron y nunca más pude correr. Sin embargo el tiempo me arrastra,como el viento al polvo, como si fuera una araña llevando a una mosca recién cazada, y es cierto que soy mosca, soy polvo y soy cadáver; y de alguna forma sigo en pie, respirando y avanzando hacia ninguna parte. Antes tenía metas, ilusiones, aspiraciones que alcanzar, y, por extraño que parezca, por irónico, dada mi situación, aún los persigo. Más no como antes, obtuve muchas cosas a lo largo de los años; dejo en mi camino hogares y manuscritos, pequeños artefactos y grandes castillos, oro y excremento según la paga en cada parada, y mucha sudor y sangre, también suspiros y letras, tantos de ellos y cada uno con una parte de mi alma. Ya sólo soy un viejo, y nada más, un viejo desalmado de huesos débiles y músculos frágiles, mi piel se ha quebrado poco a poco, en hilos brillantes u opacos que se enredan con cuanto me encuentro en el camino, y se mantienen atados a todo cuanto dejé atrás; los jalaría para traer algunas cosas, pero la distancia es mucha, mis brazos inservibles, y los objetos tan pesados, tanto que puedo arrastrarlos en mi caminar, más no puedo jalarlos a mi lugar; así son las cosas del tiempo, siempre las quita, más nunca por completo, se apropia de ellas y nos muestra un espejismo de ellas a la distancia, y se burla ¡Vaya que se burla! El tiempo ríe y ríe sin parar cada vez que nos ve a la distancia, ya sea por delante o por atrás, a veces nos halla mirando al frente, hacia arriba con esperanza, hacia abajo con pesar, y hacia el frente con determinación, y cuando miramos atrás espera ansioso que nos caigamos, mostrándonos lo que fue y ya nunca más volverá a ser. Quisiera hablar como los jóvenes, altaneros y confiados, risueños por lo simple, molestos por lo tonto, y saltando en lo ridículo; más ya soy un hombre mayor, y no puedo retroceder mis pasos. Me gustaría hablar con un lenguaje más bello, más culto, como dirían algunos, pero soy un ignorante, como todos, uno que ha callado muchas cosas por no tener con quién hablar, o porque nadie me quiso escuchar. Me sorprende cuántas veces escuché y lo poco que fui escuchado, aunque gritara; llegó el punto en que dejé de hablar, o lo hice muy poco, ya que no valía la pena hacerlo. Esto pasó cuando era más joven de lo que hubiera querido. Para ese entonces todavía no había amado... creo que nunca lo hice en realidad, pues nadie seguía mis pasos y yo no seguía los de nadie, y nadie podía caminar como yo, al ritmo en que lo hago, de la forma en que lo hago, y por el camino que debo recorrer. Creo que todos recorremos diferentes caminos, y estos nunca se cruzan aunque parezcan hacerlo, tal vez lo pensamos parar no sentirnos solos. Sin embargo no necesito hacerlo, no más, no desde hace tanto; miro el río, siento la brisa en mi cara, la tierra bajo mis pies, y mi montaña en la espalda, ésta la única que me pesa llevar, y sobre ella hay cientos de caminos que creí alguna vez que se cruzaban con el mío, pero todo era mentira, ahora lo sé, y no le guardo resentimiento a nadie, ni a mi mentira, después de todo era mi mentira, mía y de nadie más, fue muy triste dejarla morir, más sólo entonces me dejó de doler la cabeza. Ahora sólo espero llegar y poder tirar mi montaña al frente”.
“¿A dónde la piensa tirar? ¿Porqué? ¿Porqué tanto cargarla para ir a tirarla”. Le pregunté.
¿No te lo dije ya, muchacho? Esa montaña la tiraré en el mañana, en los sueños y en la muerte. Mi casa está encima, y siempre quise tener una casa en esos lugares... Mmmm... quizá no en el mañana ¿Pero qué se le va hará? Y es mi montaña, y sólo yo la puedo llevar, nadie más. Seré libre de ella, y de todo cuanto hay encima, en cuanto logre tirarla en el sitio correcto. No puedo hacerlo antes ¿Qué clase de persona sería si lo hago? Después de todo es mi montaña, se podría romper, o caerse mi casa, o quizá me aplaste, y no quisiera que me aplastara, es mi montaña, después de todo”.
No lo entiendo ¿A qué se refiere? Si carga esos caminos y a sus viejos amigos y a sus viejos recuerdos ¿No está llevando algo que no le corresponde? No le parece demasiado para una sola persona”, insistí.
El viejo contestó:
No, niño, yo elegí cargar mi montaña, elegí ser líder y ser compañero, ser amigo y confidente, y más importante aún, ser un viajero. Nadie más puede cargar mi montaña, y ¿Sabes? A veces se hace más ligera, a veces entiendo ciertas cosas, veo ciertas cosas, siento lo que sienten otros, siento el viento y el mundo y mi montaña deja de pesar. Al sentir lo que otros suelo creer que las cosas pesan tanto, inclusive mis propios pies, pero después entiendo que ese peso no es mío, sólo es parte de la balanza, y sigo caminando. No tengo más que hacer, si me detengo el tiempo me tragará, el agua no tocará ya mis labios, el fuego se apagará, el viento dejará de sentir mi aliento a cada suspiro, la tierra se comerá mi cuerpo y al final mi montaña, junto con todo lo que fui. Ya no falta mucho, de hecho, a pesar de mi cansancio y de lo eterno en cada paso, sé que estoy cerca, ya muy cerca, tal vez siempre he estado cerca de mi objetivo, pero al ir ciego caminé en círculos o acabé en caminos inhóspitos. Ahora veo, se a dónde ir y a dónde he de llegar, y no tengo nada más”.
“¿Cómo? ¿Porqué lo hace?”. Pregunté, queriendo hallar el sentido en sus actos.
Porque es mi montaña y sólo yo la puedo llevar ¿Cuál es el sentido? Eso no te lo puedo contar, nadie puede, mi sentido es mío y de nadie más, y cada quién tiene su sentido que sólo cada uno puede hallar, al igual que un camino, como yo con mi montaña. Ahora sigue tu camino, muchacho, no sigas caminos de nadie, mucho menos los caminos de un viejo, ni los de un niño, los de uno son complicados y enormes, los otros confusos, y ninguno te llevará a dónde debes ir, sólo podrás llegar ahí por tu propio camino, a pesar de que transitemos el mismo bosque, pisemos la misma arena o nademos en el mismo mar. Anda, vete de aquí y no vuelvas, si debes cargar una piedra, una cruz o una montaña, te aconsejo que lo hagas, siempre y cuando sea tuya; y si en tu camino no debes cargar, mejor para ti, busca entonces tu camino y encuentra tus propios pasos”.
En ese momento el viejo desapareció, al igual que su montaña, se desvanecieron como si jamás hubiesen estado ahí, y para mí el tiempo fue como una ola que va y regresa. Estaba solo otra vez, y no quedaba más que seguir, continuar mi camino.


Antonio A. Huelgas
27 de Febrero de 2018

viernes, 23 de febrero de 2018

Nubes que se acercan

El cielo coronado por un castillo de nubes se disolvía conforme avanzaba la tarde, mientras ardía al atardecer y se reducía a su vez que se disolvía; el cielo se escurría sobre nuestras cabezas, de modo que pensamos que las gotas nos caerían encima ¿Cuál sería el efecto de ello? Me pregunté, pues las gotas de cielo debían ser distintas a las gotas de lluvia; y si ocurría ¿El cielo dejaría de ser cielo en dónde su lienzo se hubiese disuelto? ¿Habría una mancha negra o blanca tras el tinte? ¿Acaso un vacío sin materia? Mientras tanto las alturas se disolvían, y la distancia entre cielo y tierra se hacía casa vez menor. El horizonte se comía la tierra y mi espacio, al ritmo de un melancólico piano, era cada vez menor, nuestro espacio en el mundo se hacía menor y las cosas desaparecían tras el cielo líquido: águilas y gorriones, halcones y ruiseñores, al tiempo en que las nubes descendían, como escapando de lo inevitable. Así ocurriría que mi castillo de nubes llegaría frente a mí, y abriría sus puertas brillantes de sol y a sus torres de fuego y lluvia y relámpagos, que cernían sus fuerzas sobre los indiferentes mortales. Y mientras más oscurecía, el mundo se desvanecía en un manto de sueños, cada vez menos distancia había entre horizontes, y por la irregularidad de la caída tanto árboles como edificios ya habían sido tragados en el rojo, el dorado y el azul de diversas tonalidades. De igual forma la gente avanzaba con indiferencia hacia el vacío, como si no fuesen capaces de observar el cielo, y desaparecían, para jamás volver. Y conforme el mundo pasaba al olvido, yo me resguardaba en mi castillo de nubes, solo, construyendo torres y jardines, pintando en los reflejos, entre las curvaturas y el vapor, imágenes de sueños y fantasías, paisajes y escenas de juegos y puertos con barcos que zarpaban a ningún lugar. Y tras los muros de la fortaleza no había lugar a dónde ir, los navíos que pintaba en las paredes navegaban entre nubes hacia la nada, para desvanecerse al igual que todo lo demás. Poco a poco mi castillo se redujo, más y más, hasta que solo el horizonte y el brillo cada vez más tenue rodeaban mi trono de nubes. Así, poco a poco, mientras el cielo me envolvía, me sumí en un sueño infinito, en el despertar, durmiendo en la eternidad de la nada.


Antonio A. Huelgas
23 de Febrero del 2018

martes, 20 de febrero de 2018

La entrevista de Anselmo


Juan Anselmo veía con ansiedad su reloj, aquel de pulso y broncíneas manecillas y correa café que su abuelo le había regalado cuando apenas era un niño. Ahora, como el adulto responsable en que se había convertido, esperaba sobre un sillón viejo y de colchones rotos, una entrevista en un trabajo un tanto más o menos mediocre que dónde se había presentado la semana anterior ¿De verdad tanto estudio y tanto esfuerzo para eso? Casi era una suerte que su abuelo estuviese muerto, así no tendría que regresar a su casa para fingir una sonrisa y mentir diciendo que le había ido bien en el trabajo, que le emocionaban los retos del día a día, el fascinante mundo de la competencia y los negocios, en el que buscaba a diario un empleo en el que no se le explotara más que sus subordinados, dónde la “superación” no fuera un interminable ciclo de lamer bolas aquí y allá, ciego y sordo en una espiral de supuesta autosatisfacción, mantenido por la conveniencia y las llamadas “amistades”; una suerte de tratos con distintos diablos.  Su madre era quién escuchaba sus mentiras, pues su difunto padre ya no estaba para avergonzarse del inepto de su hijo, aunque no era más de lo que éste último se avergonzaba y se decepcionaba del mundo; y, aún con lo que Anselmo sabía y la frustración que lo embargaba, se mentía a sí mismo todos y cada uno de los días, y cada vez peor: su situación era peor de lo que siquiera concebía. El muchacho era apenas un pobre remedo de lo que había sido años atrás: un joven ingenuo y estudioso que creía en cuanta mentira generalizada escuchara aquí o allá; en resumidas cuentas un imbécil. Ahora, para acabarla, como una muy graciosa e irónica cereza en un pastel de porquería, Anselmo era el pobre y reducido remedo de un imbécil.
En caso de obtener trabajo hablaría con su madre, fingiría orgullo de sí mismo y, por supuesto, alegría. Después de todo la felicidad es la meta de toda persona ¿O no? Aún del pobre y reducido remedo de imbécil que era Anselmo. Después llamaría a su novia, una chica ingenua, en ocasiones ignorante, en ocasiones mordaz, vinculada por la conveniencia del renombre y las palancas, cuyo mayor talento, el de ser más inteligente que Anselmo, no representaba una cualidad auténtica, pero ¿Qué más se podría esperar del pobre y reducido remedo de imbécil?
En retrospectiva Anselmo creía que debió haber estado con esa chica con sueños de ser cantante y voz angelical, cuyos grises ojos brillaban de forma única, y su mirada parecía contener todos los sueños e ilusiones pensados por el hombre. Por supuesto que Anselmo, a pesar del hipnótico gusto que le causaba, no era capaz de pensar tales adjetivos, ni mucho menos de decirlo, lo que le faltaba de cerebro y delicadeza le sobraba de cobardía ¿Cómo entonces Anselmo no había superado sus limitaciones aún con una chica tan bella y especial? Bien, además de que ella sí era inteligente y tenía algo de valor que aportar al mundo, aún con aspiraciones que para el común resultarían en extremo ingenuas, las cuales, por supuesto, estaban bien pensadas y centradas en una observación profunda de la realidad, Anselmo tenía el curioso defecto de creer y actuar en consecuencia de lo comúnmente aceptado, al punto de tener menos aspiraciones que un comatoso ¿Qué esperaban del pobre y reducido remedo de imbécil de Anselmo?
En fin, el pobre y r..., perdón, Anselmo, esperaba a que le abrieran; dos minutos más. Mientras tanto pensó en su abuelo, un señor bonachón cuyo único defecto fue morir demasiado pronto como para dar convicción a la mente de Anselmo. Tal vez si tan sólo el viejo hubiera vivido un poco más, Anselmo no sería un pobre y reducido remedo de imbécil. Anselmo suspiró, perdido en sus recuerdos, desgarrado, ardiendo por la ansiedad de su entrevista, arrastrado por el peso del futuro y las difuntas ilusiones, quebrado, roto, desollado y revestido de cuero por sus mentiras, esas que tanto se decía a sí mismo; y hundido por la incertidumbre.
Al fin sonó un timbre, que anunciaba que podía pasar. Anselmo se levantó y se aproximó hacia la puerta. Nuca esperaría lo que iba a encontrar del otro lado.
El impacto fue inmediato, la voz que lo recibió le indicó que se sentase, más Anselmo no era capaz de salir de la estupefacción. El sujeto le indicó de nuevo que se sentase, y le habló con un tono familiar, uno digno de una persona buena, realmente buena, de un amigo, de un padre. “Veo que has perdido mucho tiempo en tonterías, campeón”, dijo el sujeto con una sonrisa amplia y un tono simpático, no de burla, ni de ironía ni de sarcasmo; en lugar de eso era un tono amable, comprensivo, amistoso y repleto de cariño. “Perdóname mucho, Anselmo, creo que te hice esperar demasiado. Debió ser un eterno girar ante tus ojos ¿no?”. Anselmo seguía sin contestar, no podía creer quién lo recibía; habló, en definitiva lo hizo, pero nada de lo que dijo tenía sentido alguno, como casi todo lo que Anselmo decía. Más en Anselmo había un leve murmullo de paz, una vida que no había tenido desde años atrás.
Así habló el abuelo de Anselmo: “Hijo mío, creo que te has perdido. Siento no haberte encontrado antes. Veo que has sufrido bastante, has caído y caído y caído, una y otra vez, y cada vez más, te has vuelto infeliz y lo que más me duele es que te has perdido en el camino, dejando de ser tú”. Al oír esto, Anselmo no pudo más que echarse a llorar. Tanto tiempo sin ver a su abuelo, la vida había sido para él como un juicio del Cielo por ser quién era, por su miserable existencia, y ahora, después de tanto, la única persona que le había hecho sentir que valía, se presentó ante él, en un entrevista de trabajo.
Anselmo habló: “¡Ya no puedo más! Odio tanto todo, me odio tanto ¡¿Porqué no he muerto?! ¿Porqué moriste tú? ¡¿Porqué me abandonaste?!”. Las lágrimas bañaban el rostro de Anselmo como los afluentes de un río, y caían como cascadas en sus brazos. Su abuelo le colocó la mano en su hombro mientras lo tranquilizaba.
“Perdóname por no haber estado ahí. La hora me llegó sin previo aviso, a las 3 y cuarto de la tarde de un viernes. No pude hacer más, siento que hayas estado muerto desde ese entonces. Nunca supe lo que pasaría, de haberlo sabido me habría preparado mejor, te habría preparado mejor”. La voz del abuelo era un bello recuerdo, un sonido tibio, firme y paternal, era calma y era paz, y más importante aún, era perdón.
“Abuelo...” decía Anselmo entre sollozos “Abuelo... ya no quiero estar aquí, no puedo más. Llevo tanto tiempo siendo infeliz; con una mujer con la que no soy feliz, ni tampoco la hago feliz. Con una madre que ya no puede caminar bien, a la que siempre decepciono y que cada vez decepciono más; y no tengo a nadie más. No sé si podré conseguir un trabajo, ni siquiera si podría salir adelante yo solo. Ya no puedo... ya no puedo... Siento haberte decepcionado... perdón, por favor”. Anselmo lloraba y su abuelo le tranquilizaba.   
“No te preocupes, campeón. Todo estará bien, todo acabará pronto”, decía el abuelo.
“Estás muerto ¿En serio estás aquí?”, dijo Anselmo recobrando un poco la voz, más no la compostura.
“Si, tú eres el que no está aquí. Te arrastrado entre los vivos por mucho tiempo. Más pronto lo estarás”. Anselmo entendió lo que pasaba. Se fijó entonces en una puerta azul cielo que estaba detrás del escritorio; tenía una especie de brillo tenue. Aunque, más a detalle, era como si detrás de ella brillara la luz del sol.
“¿Me acompañaras?”, preguntó Anselmo mientras la tristeza y la esperanza bailaban en su voz.
“Te veré del otro lado, más el camino a la puerta lo debes recorrer tu sólo, y nadie más que tú la puede abrir”, su abuelo habló con paciencia y comprensión, y Anselmo entendió lo que debía hacer. Ya no era más un pobre y reducido remedo de imbécil, ahora era quién siempre había sido. Se levantó, y avanzó poco a poco, arrastrando los pies, con pasos lentos y calmados, temerosos, no tanto por lo que habría del otro lado, sino por la posibilidad de que sólo fuera un sueño. Caminó más y más, hasta la puerta azul; tomó el pomo con las manos temblorosas, y lo giró con lentitud y dificultad, como si estuviese atorado y su mano le pesara una tonelada. Atrás creía escuchar una voz parecida a la de la chica de voz angelical y ojos grises con la que nunca había podido estar, más no era ella, no podía ser ella, sin embargo era tan semejante, parecía estar ahí, y si no lo era, al menos se oía igual a ella.
Abrió entonces, y nunca más volvió.
La muerte de Anselmo se dio en la sala de espera. Al inicio la secretaria pensó que dormía, pero al acercarse notó que no se movía, y se apresuró a pedir ayuda.
Anselmo falleció por un derrame cerebral, mientras observaba su reloj, nadie podría haber afirmado el momento exacto en que sucedió, pero si la hora y el minuto. Anselmo dejó este mundo a las 3 y cuarto de la tarde de un viernes cualquiera. La Muerte lo llamó, vestida con la piel de su abuelo, para su última entrevista; cargaban el mismo reloj, y al mismo tiempo 3 campanas sonaron antes de atravesar la puerta azul cielo.
La Muerte le fue amable en sus últimos momentos, lo llevó sin dolor, perdonando dejando que se perdonara, y ,además, le permitió avanzar por sí mismo. Anselmo no le había decepcionado, había cumplido tanto como había sido capaz, durante toda su vida, las cosas no podían ser de otra manera.
 Así, durante el juicio del cielo en la mente de la Muerte, en el eterno avanzar del tiempo, el correr de las arenas de la imaginación de la muerte, aquel reloj de pulso y manecillas broncíneas y correa café marcaba un nuevo día, en el que alguien más había nacido para morir.


F I N



Antonio A. Huelgas
18 de Febrero del 2018

domingo, 7 de enero de 2018

Roe y se arrastra



Arrastrándose en la oscuridad la blasfemia acecha y gruñe, babea y murmura secretos en lenguajes olvidados. El hombre camina solo y cansado, cerca de las sombras, sentado en un escritorio vacío, en una habitación sin ventanas, con las puertas tapadas por tablas y muebles, la única luz parpadea desde una lámpara. Al exterior los gritos de pavor, los gruñidos y las voces acompañan el sonar de fauces que se abren y cierran CHAC CHAC CHAC... CHAC CHAC CHAC. Y algo más, algo que corre entre muros, reptando en espacios dónde no debería lograr moverse, pero lo hace, conoce todos los nombres y le producen apetito. Siempre tiene hambre.
El hombre se levanta y camina, algo rasguña las paredes, uñas enterrándose en las paredes, garras arañando metal TIC TIC TIC. Los chirridos torturan los oídos del tipo, más porque sabe que vienen por él, pues ya no tienen nadie más a quién cazar, y desde el principio le tuvieron especial apetito.
CHAC CHAC CHAC... TIC TIC TIC
Los alimentó con su sangre, por algo se hallaban ahí. El ritual había sido un fracaso, no habían tomado en cuenta los accidentes pues ni siquiera pensaron que tendrían éxito, las probabilidades eran tan escasas que ni siquiera se podría haber considerado posible el éxito, más lo fue, y de la peor manera posible. La prudencia parecía sobrar, pero hizo tanta falta. Los demás colaboradores del rito yacían en la oscuridad, los afortunados bajo la tumba, otros formaban parte del carnaval de rostros, y uno en particular susurraba desde el interior de las paredes. Fueron 9 al comienzo, tres muertos tan solo al concluir la ceremonia, 3 fueron jalados y nunca más volvieron, dos coronan la efigie del caos, en medio de sonrisas sin forma y caras vacías de voces silbantes, cuyas palabras silencian; y uno con vida, encerrado.
TIC TIC TIC TIC TIC TIC CHAC CHAC CHAC
3, pensaba el hombre, siempre el 3, número maldito, 6, 9 y de nuevo tres, uno u otro, una y otra vez. A cada instante las cifras se mezclaban con los símbolos y los mitos, todo en torno al ritual. Tres libros, 6 objetos, 9 símbolos, uno por cada persona en el transcurso de 9 días. Siempre con la tensión de los dos minutos para la finalización, durante todas las noches de la ceremonia. La única regla era no dejar de escribir ni orar, por más que las pesadillas vagaran a los alrededores. Que estupidez había sido tomar la conjura como una broma, cuán imbéciles habían sido, y más al no cerrar el ciclo. Su cobardía de no continuar, de no cerrar el proceso, fue la causa de la catástrofe. Sin embargo habría sido peor de haber concluido.
ÑLAC CHLAC ÑLAC
El conocimiento de fórmulas, oraciones, palabras y conjuros determinados había sido un conocimiento inútil hasta el inicio de la pesadilla. Era divertido hasta cierto punto, muy irónico, casi tenía ganas de darse un tiro ahí mismo, o de abrir las puertas.
TIC TIC TIC
La soledad del cuarto habría resultado reconfortante en otro caso, aunque algo relajaba estar ahí sentado, con las notas, en las sombras de la habitación, frente al escritorio.
Siempre se había apegado al escepticismo, no con dogmatismo ni fanatismo, no más que una postura conveniente y adecuada con la realidad, más ahora, la oscuridad parecía mofarse en su cara de todo ello. Sentiose como un Fausto, confiado en sus conocimientos y llevado por el hastío, su proceder en el ritual había sido ingenuo, y Mefistófeles resultó ser mucho más astuto de lo esperado, siempre lo era, y más peligroso. A diferencia de Fausto y sus jugarretas, basadas en años de conocimientos profundos, el hombre sabía que no tenía el conocimiento ni los medios para escapar de su destino, de ninguna manera.
CHAC CHAC CHAC
En el mejor de los casos le esperaba una muerte horrible, que no daría término a sus sufrimientos, más evitaría lo peor. Ya estaba harto de los ruidos, de las voces, en especial del sonido de las mandíbulas, y el goteo.
Creyó escuchar risas por doquier, débiles, en susurro, como conteniéndose, cuales niños planeando una travesura, con malicia. También de fondo, como a una gran distancia, risas enloquecidas, vacías pero había algo en ellas, lunáticas más, en cierto modo, tranquilas, demasiado.
TIC TIC TIC
Ese sonido, entre el goteo constante del agua que cae una y otra vez, y pequeños golpeteos de un objeto contra otro, duro, como hueso, contra el metal, como uñas o garras ¡y el sonar de los dientes masticar y chocar sus mandíbulas! CHAC CHAC CHAC una y otra vez.
El ritual se había salido de control, no se limitó a matar a sus practicantes, sino que arrasó millas y millas, y se extendió. El hombre no sabía el número de muertos ni el lugar dónde las atrocidades se habían detenido, tenía la certeza de que nadie ningún otro sobreviviente lo esperaba en algún rincón, en alguna casa o sótano, pues las voces ya le decían, y el sabía que eran sinceras, crueles y sin embargo más honestas que cualquier ser humano, y más crudas.
Mientras el hombre meditaba, su mente vagaba en imágenes de niebla, humo y sombras, de superficies y ángulos imposibles en los que la tierra y las cosas se tornaban al tiempo que marañas de extremidades, colmillos, tentáculos y rostros gimiendo brotaban de los rincones. Ninguno de los tres libros usados en el rito le habían ayudado en lo más mínimo, pues uno se había perdido en la oscuridad, el otro fue quemado a fin de evitar que fuera encontrado quienes poblaban la noche, y el último no tenía información alguna sobre el problema, no para solucionarlo, apenas 9 líneas en verso, de 6 sílabas cada una, que constituían una especie de conjuro protector. De nuevo ahí estaban esos números, 9, 6 y 3, y de forma extraña el 1. Una persona restante, un libro, una habitación, y el resto en la nada. Una relación binaria a  final de cuentas, 1 y 0 como en las bases de la informática, era casi gracioso, y como todo lo demás tan irónico para ser cierto. Parecía un chiste, una broma triste y espantosa. Parecía que las risas no eran una coincidencia...
CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC
Las risas aumentaron, aún se contenían, y, de repente, el hombre oyó otro ruido, ya no sólo detrás las paredes, sino al otro lado de la puerta.
CHAC CHAC CHAC TIC TIC TIC TIC TIC TIC
Entonces volteó a ver la entrada. Las tablas habían desaparecido.
El hombre pronunció con nerviosismo los versos protectores mientras intentaba dibujar con manos temblorosas, sabía que la pistola no serviría de nada, aún siendo del calibre .45, ningún arma humana era capaz de contrarrestar las fuerzas que se aproximaban arrastrándose.
ÑLAC CHLAC ÑLAC
Entonces la perilla comenzó a girar con lentitud. El hombre sintió un dolor en el pecho, creía, y esperaba, estar sufriendo un infarto. Respiraba con dificultad, un mareo lo invadía y un sudor gélido le corría por el cuerpo mientras pronunciaba el conjuro. Iba a morir.
CHIC CHIC CHIC... CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC
Ya venía, la cosa ya venía.
Una corriente de aire, como una voz, entró en el lugar. Las risas ya no se contenían, se oían como un rugido, como una explosión, como una tempestad.
La puerta se comenzó a mover; el hombre siguió apresuró el conjuro lo más que pudo. Tomó al arma y disparó a ciegas...
Entonces la puerta quedó entreabierta...


F I N




Antonio Arjona Huelgas
7 de Enero del 2018