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Movilización a Memorias andantes

Una necesaria movilización Hace ya un año, con la caída de Google +, decidí trasladar el blog a WordPress, a fin de mantener con vida e...

martes, 17 de octubre de 2017

12

Escribir en 12 sin duda es irónico, quizá sea el tamaño, la practicidad con respecto al material, o la conjunción por multiplicidad del 4 y el 3, algunos apuntarían a la herencia de la numerología cristiana, el simbolismo del 12 o la justificación matemática de su hegemonía, lo que tal vez nos remitiría a las supersticiones propias de científicos de fama y renombre con respecto al 3, y por lógica al 6 y al 9. En todo caso, fuera de cualquier aspecto curioso, escribo en 12 por un motivo cotidiano, pues es el tamaño de fuente oficial, en conjunto con el 1.5 o doble espacio. No obstante, casi es aterradora la coincidencia al hablar respecto a una cadena de incidentes que han llevado por años el apodo <<La maldición de la doceava esquina de la calle 12>>.  Ninguno ha sido más que un mero choque de autos, caída de un ladrillo sobre la cabeza de alguien, resbalones con finales fatales o derrumbes que denotan la corrupción detrás de los permisos para realizar obras de construcción; con el pequeño detalle de que en todos y cada uno de ellos hay muertos, y una estrecha relación con el número 12.
            El más reciente de ellos ha sido la explosión de un expendio comercial en la que murieron 12 personas, más tres en la ambulancia y cuatro en el hospital, en la doceava esquina de la calle doce, en posición diagonal con respecto a un edificio departamental en el que la semana anterior murió un joven que había caído del doceavo piso, y tres días antes un pequeño de doce años había sido atropellado al mediodía, justo 4 días después de un robo que acabó con la muerte del ladrón, quién había perdido cuatro dientes aparte de otros 8 que le faltaban desde hacía años, tres de ellos en infructuosos intentos de asalto, en ambos casos a medianoche, a doce metros del incidente anterior; 12 horas antes una mujer de 24 años había muerto de un inexplicable ataque cardiaco, tal vez por un terror que la invadió, 12 minutos del susto a la tumba. Así, desde hace doce meses, en un ciclo ocurrido cada doce años, la cadena de accidentes sigue y sigue.
            Tales características hacen pensar que los hechos son consecuencia de un asesino serial discreto, cuya obsesión numerológica es tal que manipula acontecimientos de forma obsesiva y perfecta, de modo que coincidan una y otra vez con dicho número. Aunque no existe prueba de ello, sólo una cadena sin fin que excede la vida por más de ciento veinte años la vida humana, con un punto álgido hace 144 años, al menos hasta dónde sabemos, pues algunos deducen que se podría remontar a unos 1200 años en el pasado, con base en 12 tumbas de esa época halladas en esa esquina
.
            Lo extraño del caso me hace temer el escribir sobre ello, después de todo, cada uno de los incidentes guarda algún tipo de relación indirecta con el anterior, y el escribir sobre ello me pone en la cadena, de manera probable en una relación con la tan mencionada cifra, pues ese el número de días a partir del último incidente, y en los que termino este escrito ¡Por Dios espero que mi posición en la serie no sea en algún múltiplo del doce! Ya es medianoche, y mi jefe pedirá la investigación con este escrito inaugural en doce horas. Si confirman la recepción de éste 12 minutos después del envío, seguro me doy por muerto. En todo caso procuraré no pasar por aquella maldita calle.


F I N

            Antonio Arjona Huelgas

17 de octubre de 2017 y se empezó a escribir el día doce, postergado 5 días y 7 horas

domingo, 8 de octubre de 2017

Cristal de sangre


Risas en el pasillo anunciaron la llegada de los niños, o mejor dicho del resto de los niños, pues Martí los oía desde el interior del armario donde yacía escondido. No quería que los otros encontraran su tesoro, su cristal de sangre incrustado en el anillo de su abuelo. Temía que pudieran robárselo, era lo más preciado que tenía, además que contenía miles de secretos, miles de reflejos, miles de voces. A veces creía escuchar entre ellas a sus padres, y a su abuelo, aunque sólo una vez, hacía pocos meses, seis noches tras su muerte.

Los otros pequeños no eran más que los hijos de su madre adoptiva, a quienes todavía no tenía mucho aprecio, en especial por lo imbéciles que le parecían ¿Qué hubiera dicho su abuelo al ver semejantes trogloditas? ¿O sus padres? No lo sabía, ya no los recordaba, habían muerto cuando él apenas tenía 3 años, el resto de su vida el abuelo había estado a su lado, y le había enseñado cosas, como que los niños demasiado tontos y maleducados acabarían sufriendo las consecuencias de su imprudencia, también que debía proteger su cristal de sangre de las manos de curiosos e imbéciles. De los primeros por ser insaciables, y de los segundos por ser lo que eran.

¡Cómo hubiera querido que su abuelo estuviera aún con él! Le hacía tanta falta. En la calle, en la escuela, en su nueva casa, hasta en su habitación, con la foto en la que sus padres lo cargaban de bebé y su abuelo acompañaba, en todas partes estaba solo, muy solo. Ni siquiera frente al anillo del abuelo se sentía reconfortado, lo había hecho años antes, cuando pensaba en sus padres y lograba escuchar sus voces en el cristal de sangre. Pero en ese entonces tenía al abuelo, quién le había enseñado a escuchar las voces tras el espejo, siempre advirtiéndole que no se esforzara demasiado en atender, pues podía ser peligroso. Sin embargo, ese día necesitaba oír la voz de su abuelo, de sus padres, que le dijeran que debía, que podía hacer. Cuando vivían le habían dicho que debía ser feliz, que la vida era tan bonita y había que disfrutarla. Su abuelo le aconsejaba de vez en cuando que al momento en que él ya no estuviera, Martín debiera encontrar a otras personas, otros amigos, otra familia que le dieran alegría, y que debía proteger el anillo. De hecho, le hizo prometer que cumpliría con ello. Sin embargo no era feliz, no disfrutaba, la vida era muy triste, ya no tenía a nadie, y las demás personas eran malas, o crueles, o tontas, nadie lo hacía sentir mejor. Estaba por completo solo, no había logrado nada, más que proteger el anillo.

Tras un largo rato, con el oído pegado al cristal creyó escuchar una voz familiar, al principio creyó que era su abuelo o sus padres jugando, ya que sonaba como un niño. Por un momento pensó que alguien jugaba con él, que se trataba de alguien de su familia, pero no tardó en percatarse de que la voz era más bien semejante a la suya. No supo que pensar, ni que debía sentir, aunque sin duda estaba confundido.

Recordó entonces las enseñanzas del abuelo, el consejo de no escuchar a detalle o mirar demasiado la piedra, y las reglas del anillo: 1) Dar una gota de sangre al cristal para ser su portador, no más, ni una sola. 2) No usarlo frente a un espejo, ni en lugares en los que se había hecho esto, en especial en la que había sido la casa de sus padres. 3) No dejar que el anillo fuera usado, ni mucho menos hurtado, por cualquiera que no fuera él, mucho menos si la persona no había ofrecido una gota de sangre. 4) Usarlo en soledad, más nunca en soledad absoluta. 5) Nunca separar el anillo de la piedra. 6) Jamás indagar el signo grabado en la piedra, ni el nombre tras este, y nunca escribirlo, pronunciarlo o pensarlo frente al cristal de sangre. E inconcebible hacer las tres cosas a la vez. 7) El signo es la puerta, y el nombre es la llave. 8) Encontrar un heredero que protegiera la piedra cuando fuera el momento indicado. 9) El anillo fue arrancado hace siglos de la mano de su dueño original, y no debe volver ahí, no importa que pase.

En esos tiempos Martín escuchaba con atención lo que su abuelo decía, parecía siempre tan sabio y experimentado en la vida, era un hombre que había aprendido y viajado por el mundo, y tenía una enorme biblioteca, dividida en secciones, de las cuales la más interesante era la última, que siempre estaba cerrado bajo distintas llaves, en un complicado mecanismo. El cuarto prohibido. Recordaba la primera vez que había visto un libro de la esta sección, a pesar de nunca haber entrado, un volumen de gran tamaño, pesado, y forrado en un cuero de color semejante al de la piel humana. Ahí el abuelo le había dicho que no debía hacer caso a los extraños ni sus voces, más cuando estos aparecían en sitios dónde, se supone, no debían estar.

Sin embargo, la soledad y la curiosidad lo superaron, y no tuvo más que pegar oído con más atención para entender que decía aquella voz infantil, y poder hablar con ella.
            “¡Oye! ¿Me oyes? ¿Qué pasa, no quieres jugar? Pareces triste y te ves muy solo”. Martín no pudo explicar cómo el dueño de la voz sabía que estaba tiste y solo, ni por qué tenía interés en él.

Martín” Martín se desconcertó ¿Cómo esa voz conocía su nombre? “¿Qué pasa? ¿Se trata de tu abuelo? ¿O de tus padres? No te preocupes, están bien por aquí, los veo todo el tiempo” Martín miró con sorpresa la piedra, oír nombrar a su abuelo y sus padres le hizo poner atención al otro, más después de oír que estaban bien.

“¿En serio?” preguntó Martín, con la esperanza de que el otro le contestara, lo que no ocurrió tras varios segundos, hasta el momento en que Martín creyó que no le contestaría. “Por supuesto ¿Dudas de mí? Soy tu amigo ¿No me recuerdas?” Martín no sabía quién era, no podía recordarlo ni en la lejanía, aunque era cierto que recordaba la voz era familiar, tanto que había pensado que se trataba de su propia voz con un tono más infantil, como si fuera su propia voz cuando había sido niño.

Creo que no te acuerdas ¿verdad? Es triste. Es verdad que eras muy pequeño, sólo que esperaba que te acordaras. No importa, lo mismo le pasó a tu abuelo de niño”.

“¿En serio?” La voz había captado el interés de Martín.

“¡Claro que sí! Él y yo somos muy amigos, los mejores. Me causa tristeza que su nieto esté tan mal ¿No los quisieras volver a tener junto a ti? ¿A tus padres y a tu abuelo? ¿Dejar de estar solo?” Era lo que más quería, lo necesitaba. Martín no sólo sintió esto, también lo pensó.
“¿Puedes hacerlo?”
Es seguro que sí, sólo necesito que me traigas uno o dos niños para jugar, a veces yo también estoy muy solo. Llevo tanto tiempo que no escucho que alguien diga mi nombre, y yo no lo puedo decir, es un secreto que se me obligó guardar”. En cuanto escuchó esto, Martín supo que algo iba mal con respecto a esa voz. No le contestó.

“Vamos, por favor, sólo debes decir que sí y todo estará arreglado, necesito compañía para jugar. O si prefieres escribirlo, como tú quieras. A cambio verás de nuevo a tu abuelo y a tus padres, y nunca más estarás solo”. Martín pensó que si quería, desconfiaba de la voz, pero no importaba, eran sólo dos chicos o chicas, podían ser un par entre los tantos idiotas que conocía. Quería decir que sí.

“Me voy” respondió Martín sin saber por qué, por miedo quizá, al recordar las reglas del anillo. Dejó el legado de su abuelo ahí, sin guardarlo ni llevarlo. Salió, no sólo del armario o su habitación, sino de la casa. Necesitaba tranquilizarse y escuchar al viento mover las hojas, o leer un poco al aire libre. No quería pensar en lo que acababa de ocurrir.

Recordó un par de libros que su abuelo guardaba en el cuarto prohibido, uno llamado Rojo, a secas, y otro que yacía en una caja fuerte y del que alguna vez su abuelo le había hablado; el nombre original provenía de una lengua antigua, pero la traducción era Los graznidos de Silbán. El abuelo le dijo que este último era el libro más peligroso del que alguna vez hubiera tenido conocimiento, mientras que Rojo hablaba del cristal de sangre que coronaba el anillo. De hecho ambos tenían un vínculo muy cercano a éste. Eso le causó un escalofrío.  

Se encontró a su madre adoptiva en el exterior, y ella le dijo que deseaba pasar un rato a solas con él para que se sintiera bienvenido. Mientras tanto los niños se quedarían con su padre. Ambos salieron al parque a caminar, vieron una película, y tomaron chocolate. Por un rato Martín no se sintió solo.

Horas más tarde, después de haberse relajado, Martín y quién la mujer adoptó descubrirían a su padre adoptivo llorando en un rincón, así como la casa en penumbras y una patrulla en la entrada. En la habitación del chico, al pie del armario, habían encontrado la ropa de los chiquillos a los que horas antes Martín había repudiado, vacía, arrugada, y dos gotas de sangre, una de cada uno, al pie del sitio donde yacía el anillo, que no había sido recogido por la policía.

Martín no dudo en tomar el objeto y guardarlo en la caja de ónix en la que su abuelo solía esconderlo.

Pasó un mes y los niños no aparecieron, jamás lo hicieron. Martín fue devuelto al orfanato, dónde no pasó mucho tiempo para que una tía lejana lo encontrara y tomara su custodia. Ahí recibieron las cenizas de los padres y del abuelo de Martín, que se mantuvieron en jarrones colocados en un pequeño altar improvisado, con motivos religiosos, en honor a su memoria. Martín no volvió a estar solo.

Por otro lado, la madre adoptiva se suicidó ahorcándose, un par de noches tras la muerte de su marido en un sospechoso incidente causado por los problemas estructurales en una construcción que se derrumbó tras un evento en el cual el número de personas superó la capacidad del malhecho edificio. Todos ahí murieron.

Al enterarse Martín, años más tarde, del destino de la mujer, se sintió consternado y muy triste, después de todo se habían llegado a querer en ese tiempo en que los niños habían desaparecido y Martín y su madre adoptiva se acercaron como nunca antes, y no lo volvería a hacer.

Martín recordaba haber encontrado el anillo manchado por la sangre de los niños aquel día tan extraño, que a pesar de ser una evidencia importante, la policía jamás lo vio, ya que, quizá, el anillo no quiso ser visto. Martín no volvió a usarlo para comunicarse con los muertos, ni siquiera lo sacó de su caja. Incluso tal artefacto acabó en el mismo sitio que el extraño libro Los graznidos de Silbán, en la caja fuerte del cuarto prohibido en la biblioteca del abuelo, heredada a Martín por medio de un testamento, y abierta tras varios años cuando el chico se volvió mayor de edad. Estuvo así un día y no más, al salir del cuarto prohibido Martín tenía una expresión de horror y desconcierto como nunca antes se le vio en su vida. Nunca habló del por qué, ni volvió a mencionar el tema del anillo. Sin embargo, a veces pensaba en él y soñaba con las voces del cristal de sangre, con cámaras oscuras, plumas de cuervo y lugares vacíos en los que alguien con voz de niño reía. Creía entonces que algo no había concluido con la desaparición de los pequeños, y recordaba con pavor la última regla del anillo, y rezaba porque no se cumpliera el terrible presagio que dejaba implícito.

Lo curioso de todo era que el deseo de Martín se cumplió, así como el trato que de forma involuntaria hizo con la voz. Pero ¿Hubiera sido peor si también aceptaba con su voz o su mano en el papel? ¿Cuál sería la consecuencia del deseo tomando forma en la realidad? ¿A qué costo?

Es probable que nunca se pueda satisfacer esta duda. Mientras tanto las estructuras se dañan, los postigos y cerraduras se oxidan con el paso del tiempo, y por equivocación, una cierta biblioteca abandonada es invadida antes de ser sepultada.



Antonio Arjona Huelgas

8 de Octubre del 2017

sábado, 30 de septiembre de 2017

Días en el fin del mundo

Rojo era un amanecer cualquiera al final del mundo. Las nubes a los pies de Mar estaban quietas, petrificadas, con las formas infinitas paralizadas en una sola imagen. La casita de madera y piedra reposaba a las orillas del acantilado, las tejas caían de vez en cuando en dirección al sin final. La puerta decorada por un espejo roto hacía tantos y tantos años que ni la propia Mar lo recordaba, y por supuesto nadie más, aunque ya nadie poblaba el mundo. Los cristales se fraccionaban en otros muy pequeños, y esos en otros tantos, y estos, a su vez, en muchos más, y así de manera sucesiva; cada imagen proyectada en ellos era distinta a la otra, aunque todas eran reflejos, más ninguno lo era de una misma cosa.

Tanto en el fin cómo en el principio el mundo estaba desierto, y Mar lo recordaba, pues siempre vio hacia lo bajo desde su casa en el cielo. Recordaba el tiempo en que los vivos plagaron la inmensidad, y otro en que lo hicieron los muertos… y en otro más el hombre. Ya fuera el mismo entre los vivos, o sus obras entre los muertos. No sólo estos, sino otros semejantes tuvieron lugar hasta en el rincón más insignificante del infinito que a diario se mostraba ante los ojos de la pequeña Mar. 

Sus estrellas habían ardido hacía mucho tiempo, y la luz del principio consumiría pronto las nubes. Sin embargo, la vieja choza de Mar se mantendría en pie; esas piedras y tablas  a lo alto del risco en el cielo y se caían poco a poco sin parar, con sus tejas derrumbándose sin final, con un caminito de trozos de esponja y coral que descendían en espiral a la tierra. Debajo las tumbas regían un reino silencioso, inertes, arrastradas por las olas y al viento hacia el atardecer. La playa se inundaba, los granos de arena eran devorados, cavernas que contenían otras tantas de mayores y menores tamaños se inundaban, y así el barro se ahogaba y desaparecía, perdido en la bruma de las profundidades.

Así, entre el brillo de la tarde y las nubes sin fin, Mar vislumbró una estrella, la última de todas, descendiendo con lentitud, sin detenerse, hacia la última luz del último atardecer. La pequeña Mar se maravilló y sonrió como no lo había hecho en tantos evos. Decidió entonces quedarse a observar la Estrella de la Tarde, que navegaba como un barco en ruta directa al fin de todas las cosas, entre la espuma del océano y las brillantes nubes, ondeando el único estandarte que todavía significaba algo. 

Mar observó morir su estrella, y una lágrima corrió por sus ojos. Y todo terminó.

La pequeña regresó a su casa para dormir un poco, al levantarse todavía tendría oportunidad de ver el resto del atardecer, antes de la noche, ya después descansaría para siempre, con una sonrisa en los labios, pensando en su última estrella.




Antonio Arjona Huelgas
30 de septiembre del 2017


sábado, 23 de septiembre de 2017

Sueño y delirio entre la vida y la muerte

Hielo, oscuridad, voces que suspiraban nombres vacíos, la lista era grande y ni uno solo de ellos real. Losas sin color ni forma, sólo pesos que ni la tierra puede cargar, rosas negras entre las sombras que gimen y sonríen, observan y ríen. Manos negras y blancas me jalan, no les temo ni me tranquilizan, de todos modos no puedo verlas. Estamos perdidos como siempre, dónde nunca lo habíamos estado ¿Quiénes somos? ¿Por qué y para qué recorremos un camino a ciegas? Somos parte de un rompecabezas, de un gran enigma que nos alcanza y supera a todos, y que todos ahí acabamos, en un extraño vértice en el cero de todas las cosas, en su origen y final. Nos movemos y nos arrastramos, nos hundimos en el olvido. Yo muero, todos mueren, y vivo. No sé cuándo dejé de respirar, me rodean muros muy estrechos, el espacio se cierra cada vez más. Creo ver luz, más no hay nada, aparece y desaparece, y ya no sé cuál sea su origen, si la vida o la muerte. Creo que nadie ahora está con vida, no creo que puedan estarlo. Me balanceo de un lado a otro, oscilo en otra dirección, tiemblo, me invade el frío. Quiero toser, o murmurar algo, más no puedo. Ya estoy muerto. Una ola me aplasta, envuelve mi cuerpo, pesa en mi espalda; mis ojos se abren a la nada, al interior del agua dulce y salada, es la primera sensación cálida que me recorre. Tengo la sensación de escribir algo que se ha escrito, por mi propia pluma y por otras, en incontables ocasiones, yo mismo lo hice antes y es probable que lo vuelva hacer, distintos yos y distintos y mismos otros narramos esta historia una y otra vez, o tal vez la historia se ha contado sólo una vez, pero el tiempo la ha distorsionado o reflejado en puntos infinitos. No sé con exactitud que estoy narrando, nunca lo he hecho, a pesar de sentarme a escribir y descubrirme tecleando lo que tantas veces antes, con una pluma, una máquina de escribir o el teclado de una computadora. La tinta escurre en una forma conocida, y se seca, la luz del monitor proyecta símbolos según sean necesarios, y este símil de la luz y la forma es lo más cercano a la esencia de lo que hago. La pantalla se apaga, la tinta suave se hace áspera y el nombre queda grabado. Así concluye un fragmento de lo inacabado, el término de la arista de lo que podría ser un diamante o apenas un trozo de cristal.



Antonio Arjona Huelgas

23 de septiembre de 2017

sábado, 9 de septiembre de 2017

Lamento de Horus



Las olas rugen y golpean a mí alrededor con fuerza, mecen la isla sobre la que me hallo haciendo temblar sus cimientos. Los rayos pulverizan mis fragmentos  gritando y saltando. Me derrumbo en mi propia avalancha ante los estrepitosos pasos de la Tierra; su velocidad me abruma y su fuerza me aterra, su poder me ciega e invade. Siento sobre mí su mirada penetrante y la veo difuminada entre las arenas del desierto, la figura del mundo, la de una mujer y un ave, encimadas y en sincronía, tocando una melodía cuya armonía es tan perfecta que se manifiesta en su imagen. Es mi madre Isis que llora ante la muerte de mi padre; y yo aúllo ante la impotencia. Su ba le abandona con cada suspiro, y el ka no se alimenta, hasta su sombra la ha dejado ¿Cuándo fue que Maat se derrumbó? ¿En qué momento nos abandonó Ra, padre de todos nosotros, que dio forma a las partes seccionadas de Atum, el Todo? ¿Por qué se habría molestado en formar el mundo si nos abandonaría entre la crueldad del desierto y la tempestad del océano, con ríos que dan vida pero quedan secos, con la debilidad de la vida y las fauces de la muerte a las que nos acercamos girando? Ni nosotros los dioses, llamados inmortales por los hombres, estamos libres de los colmillos de Apep, que es la noche, la oscuridad y la nada. Ra navega el firmamento llevando el sol a todas partes, pero no entiendo su cometido pues nos tiene abandonados en un mundo sin sentido ¿Debo acaso vengar a Osiris, mi padre? Quién ahora reina entre vivos y muertos en un tiempo sin final, más sólo como un cadáver incompleto cuya influencia reside no más que en su recuerdo ¿Por qué disputar ante la corte de los divinos por el mundo que debía regir mi difunto progenitor? Él está muerto y yo podría terminar igual, para aumentar las lágrimas de Isis que entonces podrían inundar el mundo y arrasar con la humanidad por su pesar ¿Dónde estás Amón, padre de todo lo creado? ¿Qué acaso tu nombre no significa <<el Oculto>>? ¿Qué no guardas refugio entre el céfiro y la ventisca? ¿En el norte y en el sur, en poniente y occidente? ¿Por qué no escuchas los llantos de mi madre? ¿Por qué no ves sus lágrimas? ¿No oyes los suspiros? ¿No ves cómo se arrodilla y grita por la traición de Set? ¿No escuchas mis plegarias? ¿Ni mis penas? ¿Ni siquiera mis reclamos? ¿Acaso tú también estás muerto? ¡Dime Ra por qué me has abandonado! O deberé ahogarme en la nada y arrancarme los ojos que son la falsa bendición con la que me has hecho ver todo, mucho más de lo que cualquiera debería ¡Responde padre o deberé darte por muerto! Dime si debo creer en ti por fe a las palabras dichas por Isis durante mi niñez. Estoy perdido y mi madre muere lento por el dolor. Al final quedaré yo solo en esta eterna confusión, aún si derroto a Set, en una tierra llena de cadáveres andantes. Señor ¡¿Por qué me has abandonado?!



Antonio Arjona Huelgas

9 de septiembre de 2017

martes, 25 de julio de 2017

La evolución de la mosca y el gusano



Toda forma de vida superior con respecto a otra se ve obligada a destruir a la especie inferior, pues esta le inspira asco, así como un odio y un temor que no entiende. La causa fundamental es el recuerdo del estado pretérito en su evolución, habitante de su inconsciente, formado desde que su cerebro pudo percatarse de su papel o compararse con otros. El otro siempre nos lleva al conocimiento del mismo, y el otro en este caso es el caos de una existencia demasiado vulnerable. Eso no le quita vulnerabilidad al ser de la especie más avanzada, pero le brinda una seguridad falaz que mantiene alejadas las ideas consecuentes que podrían dañar su psique.
            Suena cobarde, incluso patético, por parte de un género que se podría considerar a sí mismo superior, aunque es lo que ocurre, y no sin motivo. Las especies inteligentes llegan al punto en que perciben su posición en el mundo, su estado, su nivel sobre o con los otros; estructura su vida, su pensamiento y sociedad a fin de sobrevivir, generar y satisfacer deseos. Esta última característica es propia de la complejización evolutiva, una consecuencia natural de los sistemas que conforman la realidad en ciclos de orden-desorden-reorganización que se reinician una y otra vez, y se vuelven más complejos conforme avanza el tiempo. Su origen y culminación está en la relación entre la entropía y neguentropía, con la explosión que dio origen al universo, su futuro enfriamiento y el proceso entre ambos.
            Casi parece una necesidad para quienes gustan de aplastar moscas y bichos satisfacer su deseo. Ven con atención la miniatura de las hormigas, que con esmero cargan piedras hacia su hormiguero, a las moscas aletear sobre la basura, a la cucaracha correr por las paredes, o al gusano comiendo la tierra, y saben que deben, que quieren acabar con ellos. Un pisotón, un golpe con la palma de la mano, inclusive insecticida. Reducirse a su nivel para matarlos retrasa, tal vez, el desmedido avance hacia su propia destrucción, y les evita pensar en el pie sobre sus cabezas.  


Antonio Arjona Huelgas
25 de julio de 2017
Michoacán, México.

jueves, 18 de mayo de 2017

Soy el final




Soy el final.

La fuerza corre mis puños como si se tratasen de agua, pasé del sólido al líquido a causa del fuego de mi propia sangre, encendido ante el combustible de mi último aliento.  Mis movimientos tienen lugar en todas partes, en el suave céfiro y en la potente ventisca, en los mares y en el ardiente núcleo del mundo. Lucho contra mí mismo, contra un vano reflejo de lo que soy, pero que habita en todo mí ser. La ilusión de un sueño al que enfrento todas las noches, a pesar de que todas ellas son una misma, un profundo y perenne letargo.

Al terminar mi refulgir, me adentro en el vacío, donde la vida original, la primera existencia del ser. Al cerrar mis ojos veo la luz de lo que fue y lo que pudo haber sido, y de lo que será. Mi sitio está siempre al término de las cosas, de la expansión del espacio en el tiempo, y en el fin de todo. A veces las cosas vuelven a salir de mí, nacen de mi muerte, de mi cuerpo inerte, aunque este sea formado por la inercia de todas las cosas. No obstante, tras de mí no hay nada, ciertos algos nacen de mí en ocasiones y dan lugar al Ser, pero no siempre es así, o mejor dicho, siempre es y a su vez nunca lo es. En momentos, formas y lugares las cosas terminan y nunca vuelven a ser. Lo que de verdad está roto no se puede reparar, ciertos caminos son irreversibles.

Yo no soy vivo, yo no soy muerto. No soy vida ni  muerte, aunque me asemejo a la segunda. Soy el fin de todo. Mis progenitores fueron la Permanencia y el Cambio, Lo que está o es y Lo que no está o no es, la Eternidad y la Transformación, o bien la Vida y la Muerte. Yo soy quién o qué está entre ambos, soy el hecho en sí entre los procesos, y no el suceso o hecho particular antes y después del cambio, ni siquiera el proceso como tal. Nací tras un conflicto entre mis padres, Permanencia y Transformación, de sus voces y suspiros, entre sus fuerzas que de forma continua se anulaban entre sí, de agresiones y resistencias. Soy lo surgido entre las fuerzas primarias del Todo, que es sólo en la nada. Soy el Final.





Áureo Boix

Alguna parte

18 de mayo de 2017