Igual
que todas las noches, me despierto y veo al anciano. Lo sigo por un oscuro
pasillo, el interruptor de la luz no funciona, o el foco se ha fundido, ni
siquiera importa. En el pasillo hay un camino de sangre, conforme avanzo veo
los cadáveres de mis amigos y familia, todos masacrados. Al final de este
pasillo está el anciano, me ve con sus negros y vacíos ojos, para finalmente
cortarme la garganta. Todas las noches despierto de mi pesadilla en este punto,
pero hoy no. El Anciano me observa desde la entrada de la habitación, con su
vacía mirada, anunciando el momento de mi muerte.
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jueves, 10 de septiembre de 2015
martes, 8 de septiembre de 2015
Las Mareas del Final. Capítulo II
El ANCIANO
INTERRUMPIÓ SU RELATO POR UN MOMENTO, NOS DIJO QUE IBA A ENTRAR POR UN POCO DE
AGUA, NOS PREGUNTÓ SI NECESITÁBAMOS ALGO, A LO QUE TANTO Amanda como yo
respondimos que no. Entró entonces a su casa, la cual estaba junto al taller.
-¿Crees que podamos
en verdad saber algo útil?- Me preguntó de repente Amanda. Algo parecía
afectarle.
-No lo sé, en
todo caso habrá que escuchar la historia completa- respondí, intentando que mi
tono de voz reflejara optimismo- ¿Estás bien?
-Sí, aunque hay
algo que no me gusta, o quizá sólo es que estoy un poco ansiosa- Me respondió
algo insegura.
-Todo está bien,
posiblemente sea que tienes ansiedad, llegaste muy emocionada- respondí con
seguridad. Sin embargo, había algo que me incomodaba respecto a todo el asunto
de la Bahía de Santiago- ¿Es lo que pasó en la Bahía de Santiago lo que no te
gusta?
-Creo que sí,
pero creo que hay algo más, algo alrededor de esto y…
- Siento la
tardanza jóvenes- apareció de repente Don Joaquín, sin darse cuenta de la
interrupción que causo, pero hasta el día de hoy pienso que tal vez haya sido
lo mejor, no hubiera querido que Amanda siguiera pensando en aquello que la
incomodaba, y no me habría gustado seguir oyendo suposiciones que alterarían
más mis ya obsesivos pensamientos.
-No hay ningún
problema- Respondí, Amanda también lo hizo, de manera similar.
-¿Les parece si
entramos? tardaremos un rato en esto, creo que sería lo mejor- Nos propuso Don
Joaquín mientras sonreía de forma nerviosa. No negaré que me sentí un poco
desconfiado, pero ver la colaboración mostrada por Amanda hacia la decisión del
hombre, me dio cierta seguridad, ese efecto solía generar ella en mí, creo que
todavía.
Entramos a la
casa, y seguimos al hombre hasta una sencilla sala de estar, conformada por una
tercia de sillones de color café claro, y una mesita de centro. Las paredes
estaban cubiertas por varias fotografías en sus respectivos marcos, imágenes de
distintas épocas, en colores sepia, grises y a color. Hijos, Tíos, primos,
padres, hermanos, amigos y nietos, todos ellos daban un aire hogareño al lugar.
Un sitio agradable en resumidas cuentas.
Don Joaquín nos indicó que nos sentáramos en un sillón
doble, justo enfrente de otro individual que parecía ser el sitio donde le
gustaba estar. Amanda se sentó, y yo la seguí, a continuación en anciano hizo
lo mismo, se acomodó bien y dijo:
-Bueno, creo que
podemos continuar con la historia ¿Dónde iba? ¡Ah ya recuerdo! Entonces,
sigamos.
†
“Así fue, del
mar salía una especie de isla de color negro que había surgido desde el fondo
de alguna forma. Después de ese suceso discutí con mi padre para que me
permitiera ir a la Universidad, un poco para poder entender lo que pasó ese
día, quizá las ciencias me brindarían la respuesta que quería. Aunque más bien
lo hice para alejarme de la Bahía de Santiago, puesto que me causaba temor y
pesadillas todas las noches t todos los días desde aquella mañana. En fin, La
gente se acumulaba alrededor de la orilla para poder admirar el extraño objeto
surgido de las profundidades, hombres, mujeres y niños rodeaban el lugar,
aunque los pequeños dejaron rápidamente el lugar puesto que sus padres se
mostraban desconfiados con todo el asunto del montículo ¡Vaya que tenían razón!
Pero debieron irse ellos también, todos y cada uno, incluyéndome ¡Ahora ya nada
de eso importa! Los adultos nos quedamos a ver el extraño y asombroso
espectáculo, sin tener la más mínima idea de lo que ocurriría en sólo unas
horas. La gente se acercaba al mar en un intento por ver mejor el montículo,
algunos incluso nadaron hacia él. Yo me quedé en la orilla mirando todo con
mucha atención. Las mujeres, aparentemente más prudentes, mantuvieron su
distancia del desconocido objeto. Todos a excepción mía, creo, fueron incapaces
de notar como el cielo cambiaba de coloración, como el agua parecía cambiar su
consistencia, y como algo invisible para nosotros se movía a plena luz del día,
esperando por nosotros. Pensé que todo
esto era una alucinación, una visión de locura o producto de una intoxicación,
o tal vez del embrujo del Maligno, durante décadas traté de convencerme de eso.
Años
después me enteraría de la formación de islas a través de volcanes en el fondo
del mar, aunque en ese entonces no era más que un ignorante, creo que todavía
lo soy. Sin embargo, la Bahía de Santiago no se encuentra en una zona sísmica,
y mucho menos en una zona propensa a esa clase de fenómenos. Pese a que pudiera
equivocarme respecto a esto, yo mismo vi como la roca negra desaparecía al
final del día, como si nunca hubiera estado ahí.
†
sábado, 29 de agosto de 2015
Las Mareas del final. Capítulo 1
G
|
iro tras giro,
la rueda volvió a estar en su lugar correcto, entonces el señor Joaquín Domínguez
colocó las tuercas al neumático. Hacía todo con cuidado y paciencia, poniendo
una especial atención a su labor. Terminó, y en ese momento se comenzó a
levantar, lentamente, apoyándose en las manos, acomodando los pies y poniéndose
de pié.
-Entonces jóvenes
¿Ustedes quieren saber lo que pasó hace treintaisiete años en la bahía de
Santiago?- Preguntó el anciano con un tono de voz que no dejaba mostrar ningún
sentimiento en especial, quizá sólo alcanzaba a mostrarse pensativo, o al menos
es lo único que yo percibí al escucharlo.
-¡Claro que sí
Don Joaquín!- Contesté, tratando de ocultar mi entusiasmo.
-No es una
historia bonita, y aunque creo que de los que estuvieron ahí yo soy el último
vivo, nunca he sido el mejor para contarla.
-No importa,
hemos esperado mucho tiempo para esto- respondió Amanda, mi pareja en aquel
entonces, y una de mis mejores amigas a la fecha.
-Señorita, usted
no debería escuchar esto, una jovencita como usted no debería enterarse de
cosas como estas, de las que nadie debe saber.- respondió Don Joaquín, tal vez
esperando que Amanda se fuera a platicar con doña Ana, esposa de Joaquín, y no
escuchara la historia.
-¡Debo saberlo!-
exclamó Amanda con impaciencia. Puse mi mano en su hombro para tranquilizarla
un poco.
-No se preocupe
Don Joaquín, ella está lista para escuchar- dije, tratando de convencer al
hombre, y, al mismo tiempo, de que Amanda no perdiera la paciencia.
-Tú tampoco
deberías escuchar esto, pero bueno, igual van a insistir ¡Igual no faltaba
demasiado para que volviera a contarla!- contestó, secándose con el brazo el
sudor que le caía de la frente- El tiempo nunca ha sido muy amable conmigo, y
mi memoria no es lo que era antes ¡Pero el Señor me dio un cuerpo fuerte que me
permite seguir trabajando! Incluso a mi edad- dejó de hablar un momento, tragó
saliva- Aunque lo que pasó en La Bahía de Santiago aquel día es algo que jamás
podría olvidar- suspiró- Existen historias que parecen querer ser contadas, que
tratan de mantenerse por alguna causa. Soy la última persona viva que estuvo en
ahí ese día, eso quiere decir que soy el único que les puede contar esto tal
cual sucedió ¡Bien! Lo haré.
LE AGRADECIMOS A
Don Joaquín, y fue el inicio de una noche larga.
†
“No es necesario
que les diga cuándo comenzó todo esto, e inició el mismo día en que terminó. La
Bahía de Santiago era un lugar frecuentado por la gente del pueblo, sus playas
eran frecuentadas por la gente. Un sitio normal, eso y nada más, por lo menos
antes de ese día. Las personas dejaron de ir ahí de repente, como si ya
supieran lo que ocurriría, o tal vez presentían que ese sitio era peligroso. Yo
en ese entonces era joven, No había pasado mucho tiempo de haberme casado, trabajaba
en el negocio de mi padre, el cual yo heredaría cuando llegase su muerte, cosa
que ocurrió pocos años después de esto.
En aquel
entonces, el lugar donde vivía (el municipio de Lagos colorados), poseía una
fuerte industria pesquera, además de tener abundantes recursos madereros. Este
sitio nunca tuvo mucho turismo, pero era poco habitado, y los medios nos
bastaban para la supervivencia de todos.
La mayoría éramos humildes, puesto que la vida nos lo permitía, y era buena
con cada uno de nosotros. Creíamos que ni Dios ni el Diablo nos quitarían
nuestra forma de vivir, pero nos equivocamos, esto acabaría rápidamente, sin
previo aviso.
Yo manejaba la
vieja camioneta de mi padre, llevando y trayendo las piezas que el necesitaba
para el taller. Por lo general iba de dos a cuatro veces por semana, a veces mi
esposa me acompañaba, todavía no teníamos hijos, por lo que nadie se tenía que
quedar en la casa. Así eran las cosas entonces, los hombres trabajábamos y las
mujeres cuidaban a los niños, todos, o casi todos lo hacíamos así, estábamos acostumbrados
a eso. Por suerte, mi esposa no iba conmigo ese día. Me movilizaba desde el pueblo
de Lagos Colorados hasta el Rancho de La Rosita. El municipio estaba conformado
por el pueblo, dos barrios bastante grandes, considerando el tamaño del lugar:
La Rosita y San Simón; además de pequeñas comunidades que pertenecen al pueblo,
pero que están demasiado alejadas como para formar parte de él. Esto se conectaba a través de un camino, que
en ese entonces era de terracería, excepto por la parte que conectaba al barrio
de San Simón, puesto que por ahí estaba la salida a la carretera. Desde ahí se
puede ver claramente la Bahía de Santiago, y existe un pequeño camino que
conduce a ella.
Eran casi las
nueve de la mañana, y yo pasaba por dicho camino, y entonces pudo observar una
de las cosas más extrañas que he visto en mi vida. Sobre el agua, flotando en
el mar, estaba lo que parecía ser una isla. Un enorme montículo negro que se
hallaba frente a nosotros.
martes, 18 de agosto de 2015
El Árbol del Principio y el Fin
Al
oeste de la Gran Tierra, existen tribus que creen en la existencia de un cosmos
con forma de árbol, de hecho consideran que todo lo que hay, lo que hubo o
habrá es parte de un árbol. Los nómadas de Irín han mantenido la existencia de
este mito, y narran la historia durante las noches de fogata cada cierto
tiempo, esto debido a que varios de ellos provienen del sitio donde se mete el
sol. Se dice que el mundo es sólo una parte del ramal que conforma el Todo, y
que la rama que éste representa es incluso pequeña en comparación de las otras,
siendo una extensión de otra.
También se ha
contado que las hojas son los dioses que han existido en todas las épocas, y que cada uno de ellos muere cada vez que se
pierde la fe en su fuerza, en su haber y sus acciones. En su lugar nacen otras
deidades que pasaran por un ciclo de vida parecido, este es el destino de todas
las criaturas. Sin embargo, los humanos, las plantas, los animales y los seres
divinos, incluso los mundos existentes, al ser parte del Árbol del Principio y
el Fin, eran parte de una misma cosa, y que al morir pasarían a formar parte de
la tierra que alimentaba a sus raíces, para luego volver a él. Esto ocurriría
incluso con los mismísimos mundos.
Al terminar de contar la historia, los nómadas pasan
a lanzar un puñado de tierra al fuego, de uno en uno, iniciando por el que
contó la historia, hasta el último de
ellos, para que al final, el primero dijera una oración en un idioma extraño.
Por lo general, el que cuenta la historia es alguien nacido entre las tribus
del oeste, pero los demás continúan con el ritual, debido al respeto que los
nómadas guardan por las historias de todos los pueblos.
Otras historias se narran acerca del Árbol, pero se
cuentan únicamente en noches especiales, pocos las conocen, y los nómadas de
Irín dejan que sean contadas cuando no hay algún extraño entre ellos, sin excepción.
Entonces se escucha la leyenda de la creación del árbol, nacido por la mano de
la mismísima Vida. Se menciona en esos momentos que las ramas caen ante la
acción de Muerte, en un intento por acabar con lo hecho por su hermana Vida.
Por tanto, la tierra sobre la que se levanta el árbol es producto de
Equilibrio, el hermano mayor de Vida y Muerte, en un intento por cesar los conflictos
entre estos.
Los relatos secretos acerca del árbol suelen
concluirse con una profecía:
“Cuando
llegue el final de los días, y el Equilibrio haya sido debilitado, el Árbol del Principio y el Fin se
precipitará sobre las Aguas del Vacío, donde las fuerzas sobrantes de la
amorosa, pero a su vez conflictiva, relación entre el Caos y el Orden, devorarán
todo lo que existe, y así acabará todo.”
Al final de esta historia, los escuchantes bajan la
cabeza y apagan la fogata, para quedarse en pie ante la envolvente oscuridad.
Esto lo hacen en memoria de un adagio un tanto más optimista:
“Tras
la destrucción del Árbol del Principio y el Fin, Vida y Muerte se reconciliarán
para restaurar la labor de sus padres, Caos y Orden, tomarán los restos del
Árbol, y con el crearan un nuevo cosmos. Pero antes de eso, las hojas y las
ramas de la difunta totalidad de las cosas flotarán en el Mar del Vació, en la
espera de ser restauradas. Mientras tanto, los que queden deberán mantener los
restos a flote, y tal cómo un árbol, quedarse de pie en la oscuridad”.
Antonio Arjona Huelgas
Ciudad de México
18 de Agosto del 2015
jueves, 30 de julio de 2015
California 75
Desperté
hace tan sólo un rato, por encima de mi cama y sin haberme cambiado de ropa. No
recuerdo haber llegado aquí anoche, supongo que alguien me trajo, Por mi aspecto y la forma en que llegué aquí,
nadie que conociera el lugar dudaría que hubiera estado en el California 75. El
viejo California 75, nadie que pase por él es capaz de olvidarlo fácilmente, y
si lo frecuentan será difícil que no se lleven una sorpresa de vez en cuando.
El
California 75 es, o fue, un bar que, como resulta lógico, se encuentra en el
número 75 de una calle que, de forma curiosa, no es la calle California, sino
que cruza con esta. El lugar tiene un estilo que simula el usado en
algunos sitios de diversión para ricos construidos durante el porfiriato en la Ciudad
de México, algunos sospechan que el propio bar se remonta a esos tiempos y que
en ese entonces tenía un nombre distinto, incluso antes de eso. Estos rumores
llegan a un extremo tal en se afirma que el propio Porfirio Díaz era cliente
habitual. Aunque es conocido por quienes frecuentamos el sitio que los
dueños siempre han sido los mismos y que, pese a ser ancianos, definitivamente
no parecen personas con más de cien años de edad. Otro aspecto por el cual se
anula esta teoría es a causa de que la mayor parte de las casas de esa colonia
fueron construidas entre la década de los cincuentas y los setentas. Sin
embargo, se ha mencionado que en aquella época era más bien un sitio de paso.
En
todo caso, la importancia del California 75 no reside en su antigüedad, sino en
la importancia misma del lugar. Desde ser un lugar al que acuden de forma
constante artistas, escritores, músicos y actores, además de miembros de
órdenes masónicas, herméticas y de hechicería, es un sitio
donde se planean estafas, robos, asesinatos, estrategias de manipulación
política, sumado a otras tantas fechorías. Y esto no es todo, la magia del
California 75 reside en otra cosa, quizá se podría llegar a creer que está en
la música en vivo, en el místico ambiente que en él se da, en el servicio, a la
convivencia absolutamente pacífica entre el más pobre y el más rico, o la
posibilidad que da para enterarte de secretos de Estado si pones suficiente
atención, pero no es nada de eso. Lo que hace mágico al California 75 es el
lugar en sí. Con esto no me refiero a su posición geográfica, sino al mismísimo
bar.
Cuando
visitas el California 75 te encuentras con hombres que visten trajes como los usados hace más de cien años, la música puede variar desde los estilos
más modernos hasta algunos surgidos en plena época colonial, y quienes la interpretan siempre lo hacen con suma habilidad. El bar posee también una
pequeña sala de juegos, donde se dan rondas completas de ajedrez, damas y
juegos de casino, como partidas de póker en las que se hacen apuestas
millonarias, además de recreaciones tan extrañas, que sólo he visto
en este lugar. Las bebidas son deliciosas, preparadas con una maestría mayor a
la del mejor barman del club nocturno más caro y de mayor fama de la ciudad,
además de tener una variedad tal que pareciera que ahí se conocieran todas las
recetas alguna vez creadas por el ser humano. Frases como la anterior sonarían
exageradas si no habláramos del California 75.
Lo
más especial del California 75 es que sólo puedes entrar con una invitación
hecha directamente por alguno de los dueños del lugar, los cuales las mandan de modo amable y formal, a través de una
carta con un curioso sello al que se le atribuye la supuesta heráldica del apellido de
los dueños, aunque a decir verdad dudo que lo sea, puesto que se me haría muy
raro un escudo de armas que consistiera en el dibujo de un águila bicéfala que
tiene en el pecho un escudo con la imagen de un león verde, y que a su vez está
rodeada por el signo del uroboros (una serpiente o pez que devora su propia
cola, formando un círculo).
Lo
más curioso del California 75, al que un amigo y yo fuimos invitados por
primera vez hace ya tres años, es que, después de conocerlo, decidimos invitar
a unos amigos para que pudieran verlo por sí mismos, y lo seguimos haciendo a
la fecha, pero nunca asisten. Nos aseguran entonces que cada vez que van, se
encuentran con un lote vacío.
Antonio Arjona Huelgas
30 de Julio del 2015
domingo, 21 de junio de 2015
La ilusión
"Tras
las puertas de la realidad se encuentran sólo los sueños, en ellos existe la
libertad absoluta y el infinito mismo. Tras la vida hay sueños, y esta es
gracias a ellos. Y, a veces, cuesta diferenciarlos"
Al menos es lo que ella me dijo alguna vez, en alguna
ilusión breve pero sublime. No estuve con ella mucho tiempo, y ni siquiera
podría asegurar que fue real, puesto que su ser era demasiado bello para serlo.
Una idea, un espejismo que manifestaba lo que anhelaba en el fondo de mí, tal
vez era lo que ella fue para mí, pero decir algo como eso sería probablemente
una exageración, o quizá no.
No recuerdo cómo la conocí, debido a que lo hice antes
de conversar con ella, a través de un juego de miradas, aunque tampoco podría
asegurar cuándo y de qué manera pasó. Lo que sé es que su voz era como el
viento de la primavera, en sus ojos podía ver el brillo de las estrellas, en
rostro veía solo una forma perfecta, rodeada por el brillo del sol. Todos los
días la veía, le hablaba y ella a mí, pero siempre tenía que llegar a dormir,
pensando solo en ella antes de cerrar los ojos, con la ilusión de verla al día
siguiente.
Llegué a sentir su cuerpo, a ver detrás de lo que no me
dejaba verla entera. No alcanzarían las palabras para describir todo lo que
hicimos, aunque sobrarían todas para hacerlo, sólo
una palabra podría describir de forma adecuada lo que ocurrió entre nosotros, y
no sería capaz de usarla si no estoy en su presencia.
No he hablado demasiado, pero elijo no hacerlo a causa
del dolor de recordarla si no estoy junto a ella. Ya han pasado unos cuantos
años, y lo único que he logrado es seguir soñando. Todos los días voy al
trabajo, cumplo una rutina, veo a mis familiares y amigos, pero me siento solo.
Al final del día me voy a mi habitación, recargo la cabeza sobre la almohada,
cierro los ojos, y espero algún día poder despertar.
La puerta del cuervo
Al abrir la puerta me hallé frente a un extraño escenario, una tierra desolada y en ella un suelo negro como ceniza, acompañado de un fuerte olor a putrefacción. En el cielo no había sol ni luna, era como si el movimiento de rotación terrestre se hubiera detenido, aparentando el momento del día en que la tarde terminaba, y la oscuridad espera a que el astro rey termine de ocultarse. No había estrellas en todo el firmamento, ni nubes que evitasen su vista, solo un espacio gris que se extendía más allá de lo que mis ojos serían alguna vez capaces de ver. A lo lejos se veían diversos cerros y un par de enormes montañas, estas últimas estaban coronadas por lo que parecían ser grandes construcciones de piedra. Comencé a caminar, y me percate no tenía idea alguna de lo que hacía en ese lugar.
Segundos antes sabía exactamente el motivo por el cual me encontraba en aquel lugar, pero el recuerdo se había ido más rápido que un parpadeo, nada quedaba, ni la más mínima pista que me pudiera revelar mis motivos. Mientras más lo pensaba, aumentaba la extrañeza del asunto, y parecía que sólo me alejaba segundo a segundo de lo que momentos antes había sido una verdad, o quizá únicamente la justificación de mis actos y el sentido de los mismos. Pensé que tal vez era todo un sueño, pero en mis sueños suelo no poder sentir la textura de los objetos, en cambio en ese lugar yo era capaz de percibir el suave movimiento de las negras arenas al caer entre mis dedos, así como la lenta y calmada brisa. No era como un sueño, puesto que la puerta por la que entré conducía a una perdida cabaña, y en mis sueños es una costumbre que una entrada como esa condujera a un sitio aleatorio. Pese a lo poco común que era ese terreno, parecían coincidir sus elementos entre sí, resultaba concordante cada cosa con la otra. Tenía el presentimiento de que ese extraño lugar me era conocido, aunque no tenía idea de cómo, y mis emociones no me eran de ayuda. Pese a mi confusión, estaba consiente de extraños sentimientos a los cuales no les hallaba origen ni sentido: melancolía; ira, mucha de ella; confusión, la cual resultaba evidente debido a la situación; ansiedad; miedo, pero… ¿miedo a qué? Y finalmente soledad.
La única solución posible para mí en aquel momento, era recorrer el negro desierto que me rodeaba, con dirección a las edificaciones que se hallaban en la punta de las grandes montañas que predominaban por sobre los cerros y laderas. Atravesando el extraño sitio, ante el cansancio y el tufo a cadáver. Como resulta evidente, no tenía demasiados ánimos por hacerlo. Sin embargo, el caos emocional que sentía me evitaba pensar demasiado en la posiblemente agotadora tarea.
Con cada paso que daba notaba que mi sentido del tacto en mis pies estaba reducido de forma notable, con la distancia me daría cuenta que la inestabilidad del terreno apenas y generaba una dificultad para atravesarlo, además, el esfuerzo físico y lo que en condiciones normales debería causarme un intolerable agotamiento, no eran para mi más que ideas de algo que parecía ajeno a mí. Tal vez algunos pensarían que dicha situación sería una dicha, imaginando que sus pies atravesarían el terreno casi flotando, con alivio y ligereza en los pies; pero esto era más bien como transportar un cuerpo mecánico que se movía por una forma inercia, como si arrastrase un cuerpo sin vida. También me di cuenta entonces, que mi respiración se daba a un ritmo muy lento, y que no era capaz de escuchar los latidos de mi corazón. Para entonces comencé a suponer lo peor.
Pensé por un momento, o al menos intenté hacerlo, que todo era sólo un sueño tanto por la rareza de aquel sitio como de la sensación en mis piernas, pero al agacharme, nuevamente, era capaz de sentir la suavidad y el cosquilleo que ejercía en mis manos la negra arena del lugar al tocarla, lo que nunca en mis sueños había ocurrido, jamás lo haría. Dicho material carecía por completo de adherencia, y, aún con su aspecto y cualidades arenosas, al golpearlo parecía bastante firme, como un compuesto no newtoniano.
Lo más sorprendente e inquietante de ese lugar, lo vi al rodear las montañas para poder ascender evitando un terreno casi vertical, y era un río de mercurio. Un afluente de metal líquido que bajaba por aquellas laderas, como si hubiera sido generado por lluvia, pero ¿En qué clase de sitio podía llover mercurio? Al instante se me metió la loca idea de que estaba en otro planeta, a causa de los programas de astronomía que llegaba a ver en ocasiones y contaban existían planetas en los cuales literalmente llovía metal. Tal idea me llenó de ilusión por un momento, pero también de más dudas ¿Por qué estaría yo en otro planeta? ¿Si ese era el caso, como podía estar vivo ante una atmósfera extraña? ¿Algo de esto era real?
Por fin, tras una larga caminata y ascenso por la montaña, sin saber cuánto tiempo había transcurrido, llegué a la cumbre. Frente a mí se hallaba un templo de roca negra, poco más alto que una casa de dos pisos, y tan ancho como un estadio deportivo. Parecía una gran cueva, incluso me daba la impresión de que el templo había sido tallado sobre una. Enormes y anchos monolitos en forma de cilindro, marcados en la parte superior con una espiral que apuntaba hacia el cielo, adornaban la entrada, y una serie de líneas fluviales de mercurio convergían en el interior de esta gran mole, o mejor dicho salían de ella como si dibujaran un sol de ceniza y metal. Aquí la pestilencia era casi insoportable.
Bajo la boca de la caverna, dibujado en el suelo, estaba la imagen de un cuervo, tan grande que la representación de sus alas se extendía por los casi ocho metros de diámetro del portal, mientras que de la cola al pico lo hacía cuatro, con la cabeza señalando el interior de la cueva, teniendo sus ojos trazados de tal manera que parecían vacíos y muertos. Tuve miedo de entrar ahí, pero sabía de debía hacerlo. Aún no sé por qué lo hice.
Por extraño que parezca, no vacilé al entrar, mi cuerpo se vio movido por la misma inercia que me permitió llegar a lo alto de la montaña. En el interior todo era oscuridad, pero el diseño del piso permitía conocer el camino, a través de lo que una guía marcada en el suelo por un camino de piedras de obsidiana. Recorrí los oscuros pasadizos y laberintos en espiral del Templo del Cuervo, para llegar al sitio de donde nacían los flujos de mercurio, una enorme cámara, alumbrada únicamente por un pequeño brillo que salía del techo. Bajo ésta se observaba una gran cascada por la cual ascendía el mercurio en lugar de descender, desde el interior de la tierra, nacida en un abismo al cual mi vista no podía llegar a su final. El metal parecía ser calentado de alguna forma en este lugar, lo noté puesto que brotaba de él un humo grisáceo, además de parecía estar hirviendo. De este agujero salía un enorme tronco de color negro que terminaba en las raíces del árbol en lugar de hacerlo en las ramas. Posada en estas se encontraba una negra figura con cuencas vacías y oscuras como ojos. El terror que se vendría después sobre mí me haría hacer una de las cosas más arriesgadas que jamás he hecho.
De un momento a otro, la figura negra extendió sus alas, revelándose como un terrible cuervo con orificios en lugar de ojos y un pico que daba un extraño aspecto corroído. Este ser dejaba pequeño al representado en la entrada del templo. Alas gigantes que abarcaban todo mi campo de visión, y que superaban los quince metros, junto con una altura de entre seis y siete, más el tamaño de sus garras, a las que no lograba ver. El negro de sus alas parecía devorar la poca luz de los alrededores; sus ojos me hipnotizaban y atraían hacia él, mientras el sólo agitaba sus muertas plumas en un lento y apagado movimiento.
El horror me invadió al ver que esa cosa se acercaba hacia mí. En el último momento recuperé el absoluto control de mi cuerpo, así como la sensación en mis dormidas piernas; entonces me lancé al mercurio.
Desperté en una bolsa de cadáveres, literalmente. Luché desesperado por librarme del plástico transparente que me rodeaba, rompiéndolo con mis propias manos ante el impulso de adrenalina. Al salir respiré agitado, sintiendo de nuevo mis piernas, y estando aliviado de saber que seguía vivo. No queda mucho que decir sobre esto, solamente que llevaba tres días muerto a causa de un supuesto infarto. Los médicos se horrorizaron, al verme salir de entre una pila de cuerpos que todavía no se colocaban en la morgue; me detuvieron inmediatamente, para que me realizaran estudios en los días subsecuentes. Pero no pudieron descubrir nada.
Transcurrieron un par de semanas en las que fui atendido por un par de enfermeras que fueron muy atentas conmigo, pero que todo el tiempo me miraban con miedo y mostraban ansiedad al estar en mi habitación; una de ellas era joven y guapa, se mostraba curiosa hacia mí, pero no podía durar demasiado en el mismo cuarto en que yo estaba, puesto que en esos momentos estaba siempre con los nervios de punta. Al final me dejaron ir.
Volví a mi hogar, sin la voluntad de pensar en el extraño lugar en el que había estado, sólo queriendo olvidar el asunto. Aunque no podía dejar de estremecerme al pensar que ese suceso había sido real, no lo creía, o no quería hacerlo, pero entonces, si no había ocurrido en serio ¿Por qué había despertado en una bolsa de cadáveres, con un frasco de piedra negra, relleno de mercurio en la mano derecha, y una enorme pluma de cuervo en izquierda?
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