La joven corría a toda velocidad, entre pasillos desolados, en las tinieblas, detrás de ella también corría su hermano, y ambos reían mientras el eco de sus pasos y de sus voces saltaba de un lado a otro en medio de los estrechos muros del castillo. Inventaban apodos y palabras, tanto impronunciables como sin sentido, mientras jugaban: Mialma, Lisalada, Eleaporto, Domenericominus Asur, Nazalar, Marguerileanimula, Serratinusinuel, Elohimiasuryahvefet, Nilamaluda Malina, Astronivocus arremé, y otras tantas igual o más complicadas. Ambos se divertían como niños, pero ya hace mucho tiempo habían dejado de serlo, envejecieron jugando entre laberintos, riendo en las sombras, perdidos en sonrisas y correteos. Ambos olvidaron sus nombres hace tanto que ni podrían siquiera recordar su primera letra, o la vocal en la sílaba tónica, apenas el arrullo de una palabra desconocida, perdido entre ecos y laberintos. La chica apenas podía pensar en el tiempo, en su edad, en el pasar de la historia fuera de los muros del castillo coronado por rayos, del monumento que, perdido en la noche, perdido en la niebla, entre valles y bosques y tierras desoladas, circundadas por la podredumbre de la esfera muerta, era tan sólo la última hoja verde sobre la última hoja seca de un árbol que todo había perdido tiempo atrás. Ella abrazó a su hermano mayor y recostó su cabeza en el hombro de éste, mientras el hermano acariciaba su largo cabello, y, sin hablar, se miraron durante un largo rato hasta quedarse dormidos, ambos recargados sobre la pared de piedra negra y ladrillos antiguos, sumidos en el silencio de los túneles, entretanto corrían los ecos a lo lejos, dejando tras de sí una estela redonda. A sus espaldas los grabados que databan desde el origen del hombre, olvidados en el más allá, entre resplandores de color arcoiris y gotas de agua que no cesaban de caer sobre un charco siempre seco, ríos de ceniza bajo la fría tumba en abandono. El mundo apenas era un cascarón, una vasija que se llenaría ante el encuentro de dos voces, y lo demás era terreno yermo. La joven durmió, y de sus sueños brotó el infinito caudal, en el amor de su hermano, y para su hermano, en verdes praderas y árboles de frutos sin fin, ante el brillo de un sol siempre radiante, sin ansiar despertar más que para correr y reír entre pasillos inmensos. Y así durmieron, soñaron, sin despertar, y en sus sueños corrían y retozaban entre pasillos sin fin.
Al exterior el cadáver observaba el castillo entre la niebla, perdido en las memorias tenues, en reposo y sin sentido por el cual mantenerse, escuchando fantasmas en el velo blanco, siempre a la espera, siempre condenado, por la incertidumbre de un nombre, y nada más, una palabra secreta y olvidada, el nombre de la última estrella, el nombre perdido, el nombre distante de su amada hermana.
Un día, caminando por un bosque repleto de sombras, telarañas y luces brillantes, encontré a un viejo cargando una montaña. Me acerqué a él con curiosidad y caminé a su lado por un rato, hasta que me atreví a preguntarle quién era, y me respondió:
“Soy un viejo, y nada más”. Entonces el viejo siguió su camino sin hacerme caso.
Yo no me rendiría , por lo que, desde atrás y mirando al frente, le pregunté de nuevo y le ofrecí mi ayuda. Me respondió:
“Soy un viejo, y nada más”. Calló y siguió caminando.
Entonces corrí, lo alcance, y me puse frente a él, de modo que no pudiera evadirme, y le pregunté de nuevo quién era y porqué cargaba una montaña. Así me respondió:
“Soy un viejo, y nada más, un viejo caminante en el tiempo, y mi camino no parece tener fin. Cargo con demasiadas maletas y mis huesos están ya muy gastados por el paso de los años, al igual que mi voluntad, mi valor de actuar. Camino bajo las notas de una melodía perdida en algún rincón de mi desván, dónde reposan los amigos y la infancia, como juguetes rotos, tirados, descuidados y llenos de polvo, y tan lejanos como las estrellas. El ático está demasiado lejos, y yo muy cansado para subir hacia él y ordenar un poco; aún así me pesa, cargo la montaña del ayer, dónde eregí mi hogar, esperando algún día poderla tirar hacia adelante, hacia el mañana o a la esperanza, a los sueños o a la muerte. Más no sé si puedo continuar, es difícil, tan difícil seguir avanzando; estoy muy cansado, y parece que la distancia aumenta a cada instante. No sé en que momento de mi juventud la vida empezó a correr demasiado rápido y sin detenerse, cada hora, todos los días, pasaban más y más rápido, y siguieron así, más y más, aumentando a cada instante, hasta que mis piernas se quebraron y nunca más pude correr. Sin embargo el tiempo me arrastra,como el viento al polvo, como si fuera una araña llevando a una mosca recién cazada, y es cierto que soy mosca, soy polvo y soy cadáver; y de alguna forma sigo en pie, respirando y avanzando hacia ninguna parte. Antes tenía metas, ilusiones, aspiraciones que alcanzar, y, por extraño que parezca, por irónico, dada mi situación, aún los persigo. Más no como antes, obtuve muchas cosas a lo largo de los años; dejo en mi camino hogares y manuscritos, pequeños artefactos y grandes castillos, oro y excremento según la paga en cada parada, y mucha sudor y sangre, también suspiros y letras, tantos de ellos y cada uno con una parte de mi alma. Ya sólo soy un viejo, y nada más, un viejo desalmado de huesos débiles y músculos frágiles, mi piel se ha quebrado poco a poco, en hilos brillantes u opacos que se enredan con cuanto me encuentro en el camino, y se mantienen atados a todo cuanto dejé atrás; los jalaría para traer algunas cosas, pero la distancia es mucha, mis brazos inservibles, y los objetos tan pesados, tanto que puedo arrastrarlos en mi caminar, más no puedo jalarlos a mi lugar; así son las cosas del tiempo, siempre las quita, más nunca por completo, se apropia de ellas y nos muestra un espejismo de ellas a la distancia, y se burla ¡Vaya que se burla! El tiempo ríe y ríe sin parar cada vez que nos ve a la distancia, ya sea por delante o por atrás, a veces nos halla mirando al frente, hacia arriba con esperanza, hacia abajo con pesar, y hacia el frente con determinación, y cuando miramos atrás espera ansioso que nos caigamos, mostrándonos lo que fue y ya nunca más volverá a ser. Quisiera hablar como los jóvenes, altaneros y confiados, risueños por lo simple, molestos por lo tonto, y saltando en lo ridículo; más ya soy un hombre mayor, y no puedo retroceder mis pasos. Me gustaría hablar con un lenguaje más bello, más culto, como dirían algunos, pero soy un ignorante, como todos, uno que ha callado muchas cosas por no tener con quién hablar, o porque nadie me quiso escuchar. Me sorprende cuántas veces escuché y lo poco que fui escuchado, aunque gritara; llegó el punto en que dejé de hablar, o lo hice muy poco, ya que no valía la pena hacerlo. Esto pasó cuando era más joven de lo que hubiera querido. Para ese entonces todavía no había amado... creo que nunca lo hice en realidad, pues nadie seguía mis pasos y yo no seguía los de nadie, y nadie podía caminar como yo, al ritmo en que lo hago, de la forma en que lo hago, y por el camino que debo recorrer. Creo que todos recorremos diferentes caminos, y estos nunca se cruzan aunque parezcan hacerlo, tal vez lo pensamos parar no sentirnos solos. Sin embargo no necesito hacerlo, no más, no desde hace tanto; miro el río, siento la brisa en mi cara, la tierra bajo mis pies, y mi montaña en la espalda, ésta la única que me pesa llevar, y sobre ella hay cientos de caminos que creí alguna vez que se cruzaban con el mío, pero todo era mentira, ahora lo sé, y no le guardo resentimiento a nadie, ni a mi mentira, después de todo era mi mentira, mía y de nadie más, fue muy triste dejarla morir, más sólo entonces me dejó de doler la cabeza. Ahora sólo espero llegar y poder tirar mi montaña al frente”.
“¿A dónde la piensa tirar? ¿Porqué? ¿Porqué tanto cargarla para ir a tirarla”. Le pregunté.
“¿No te lo dije ya, muchacho? Esa montaña la tiraré en el mañana, en los sueños y en la muerte. Mi casa está encima, y siempre quise tener una casa en esos lugares... Mmmm... quizá no en el mañana ¿Pero qué se le va hará? Y es mi montaña, y sólo yo la puedo llevar, nadie más. Seré libre de ella, y de todo cuanto hay encima, en cuanto logre tirarla en el sitio correcto. No puedo hacerlo antes ¿Qué clase de persona sería si lo hago? Después de todo es mi montaña, se podría romper, o caerse mi casa, o quizá me aplaste, y no quisiera que me aplastara, es mi montaña, después de todo”.
“No lo entiendo ¿A qué se refiere? Si carga esos caminos y a sus viejos amigos y a sus viejos recuerdos ¿No está llevando algo que no le corresponde? No le parece demasiado para una sola persona”, insistí.
El viejo contestó:
“No, niño, yo elegí cargar mi montaña, elegí ser líder y ser compañero, ser amigo y confidente, y más importante aún, ser un viajero. Nadie más puede cargar mi montaña, y ¿Sabes? A veces se hace más ligera, a veces entiendo ciertas cosas, veo ciertas cosas, siento lo que sienten otros, siento el viento y el mundo y mi montaña deja de pesar. Al sentir lo que otros suelo creer que las cosas pesan tanto, inclusive mis propios pies, pero después entiendo que ese peso no es mío, sólo es parte de la balanza, y sigo caminando. No tengo más que hacer, si me detengo el tiempo me tragará, el agua no tocará ya mis labios, el fuego se apagará, el viento dejará de sentir mi aliento a cada suspiro, la tierra se comerá mi cuerpo y al final mi montaña, junto con todo lo que fui. Ya no falta mucho, de hecho, a pesar de mi cansancio y de lo eterno en cada paso, sé que estoy cerca, ya muy cerca, tal vez siempre he estado cerca de mi objetivo, pero al ir ciego caminé en círculos o acabé en caminos inhóspitos. Ahora veo, se a dónde ir y a dónde he de llegar, y no tengo nada más”.
“¿Cómo? ¿Porqué lo hace?”. Pregunté, queriendo hallar el sentido en sus actos.
“Porque es mi montaña y sólo yo la puedo llevar ¿Cuál es el sentido? Eso no te lo puedo contar, nadie puede, mi sentido es mío y de nadie más, y cada quién tiene su sentido que sólo cada uno puede hallar, al igual que un camino, como yo con mi montaña. Ahora sigue tu camino, muchacho, no sigas caminos de nadie, mucho menos los caminos de un viejo, ni los de un niño, los de uno son complicados y enormes, los otros confusos, y ninguno te llevará a dónde debes ir, sólo podrás llegar ahí por tu propio camino, a pesar de que transitemos el mismo bosque, pisemos la misma arena o nademos en el mismo mar. Anda, vete de aquí y no vuelvas, si debes cargar una piedra, una cruz o una montaña, te aconsejo que lo hagas, siempre y cuando sea tuya; y si en tu camino no debes cargar, mejor para ti, busca entonces tu camino y encuentra tus propios pasos”.
En ese momento el viejo desapareció, al igual que su montaña, se desvanecieron como si jamás hubiesen estado ahí, y para mí el tiempo fue como una ola que va y regresa. Estaba solo otra vez, y no quedaba más que seguir, continuar mi camino.
El cielo coronado por un castillo de nubes se disolvía conforme avanzaba la tarde, mientras ardía al atardecer y se reducía a su vez que se disolvía; el cielo se escurría sobre nuestras cabezas, de modo que pensamos que las gotas nos caerían encima ¿Cuál sería el efecto de ello? Me pregunté, pues las gotas de cielo debían ser distintas a las gotas de lluvia; y si ocurría ¿El cielo dejaría de ser cielo en dónde su lienzo se hubiese disuelto? ¿Habría una mancha negra o blanca tras el tinte? ¿Acaso un vacío sin materia? Mientras tanto las alturas se disolvían, y la distancia entre cielo y tierra se hacía casa vez menor. El horizonte se comía la tierra y mi espacio, al ritmo de un melancólico piano, era cada vez menor, nuestro espacio en el mundo se hacía menor y las cosas desaparecían tras el cielo líquido: águilas y gorriones, halcones y ruiseñores, al tiempo en que las nubes descendían, como escapando de lo inevitable. Así ocurriría que mi castillo de nubes llegaría frente a mí, y abriría sus puertas brillantes de sol y a sus torres de fuego y lluvia y relámpagos, que cernían sus fuerzas sobre los indiferentes mortales. Y mientras más oscurecía, el mundo se desvanecía en un manto de sueños, cada vez menos distancia había entre horizontes, y por la irregularidad de la caída tanto árboles como edificios ya habían sido tragados en el rojo, el dorado y el azul de diversas tonalidades. De igual forma la gente avanzaba con indiferencia hacia el vacío, como si no fuesen capaces de observar el cielo, y desaparecían, para jamás volver. Y conforme el mundo pasaba al olvido, yo me resguardaba en mi castillo de nubes, solo, construyendo torres y jardines, pintando en los reflejos, entre las curvaturas y el vapor, imágenes de sueños y fantasías, paisajes y escenas de juegos y puertos con barcos que zarpaban a ningún lugar. Y tras los muros de la fortaleza no había lugar a dónde ir, los navíos que pintaba en las paredes navegaban entre nubes hacia la nada, para desvanecerse al igual que todo lo demás. Poco a poco mi castillo se redujo, más y más, hasta que solo el horizonte y el brillo cada vez más tenue rodeaban mi trono de nubes. Así, poco a poco, mientras el cielo me envolvía, me sumí en un sueño infinito, en el despertar, durmiendo en la eternidad de la nada.
Juan Anselmo veía con ansiedad su reloj, aquel de pulso y broncíneas manecillas y correa café que su abuelo le había regalado cuando apenas era un niño. Ahora, como el adulto responsable en que se había convertido, esperaba sobre un sillón viejo y de colchones rotos, una entrevista en un trabajo un tanto más o menos mediocre que dónde se había presentado la semana anterior ¿De verdad tanto estudio y tanto esfuerzo para eso? Casi era una suerte que su abuelo estuviese muerto, así no tendría que regresar a su casa para fingir una sonrisa y mentir diciendo que le había ido bien en el trabajo, que le emocionaban los retos del día a día, el fascinante mundo de la competencia y los negocios, en el que buscaba a diario un empleo en el que no se le explotara más que sus subordinados, dónde la “superación” no fuera un interminable ciclo de lamer bolas aquí y allá, ciego y sordo en una espiral de supuesta autosatisfacción, mantenido por la conveniencia y las llamadas “amistades”; una suerte de tratos con distintos diablos. Su madre era quién escuchaba sus mentiras, pues su difunto padre ya no estaba para avergonzarse del inepto de su hijo, aunque no era más de lo que éste último se avergonzaba y se decepcionaba del mundo; y, aún con lo que Anselmo sabía y la frustración que lo embargaba, se mentía a sí mismo todos y cada uno de los días, y cada vez peor: su situación era peor de lo que siquiera concebía. El muchacho era apenas un pobre remedo de lo que había sido años atrás: un joven ingenuo y estudioso que creía en cuanta mentira generalizada escuchara aquí o allá; en resumidas cuentas un imbécil. Ahora, para acabarla, como una muy graciosa e irónica cereza en un pastel de porquería, Anselmo era el pobre y reducido remedo de un imbécil.
En caso de obtener trabajo hablaría con su madre, fingiría orgullo de sí mismo y, por supuesto, alegría. Después de todo la felicidad es la meta de toda persona ¿O no? Aún del pobre y reducido remedo de imbécil que era Anselmo. Después llamaría a su novia, una chica ingenua, en ocasiones ignorante, en ocasiones mordaz, vinculada por la conveniencia del renombre y las palancas, cuyo mayor talento, el de ser más inteligente que Anselmo, no representaba una cualidad auténtica, pero ¿Qué más se podría esperar del pobre y reducido remedo de imbécil?
En retrospectiva Anselmo creía que debió haber estado con esa chica con sueños de ser cantante y voz angelical, cuyos grises ojos brillaban de forma única, y su mirada parecía contener todos los sueños e ilusiones pensados por el hombre. Por supuesto que Anselmo, a pesar del hipnótico gusto que le causaba, no era capaz de pensar tales adjetivos, ni mucho menos de decirlo, lo que le faltaba de cerebro y delicadeza le sobraba de cobardía ¿Cómo entonces Anselmo no había superado sus limitaciones aún con una chica tan bella y especial? Bien, además de que ella sí era inteligente y tenía algo de valor que aportar al mundo, aún con aspiraciones que para el común resultarían en extremo ingenuas, las cuales, por supuesto, estaban bien pensadas y centradas en una observación profunda de la realidad, Anselmo tenía el curioso defecto de creer y actuar en consecuencia de lo comúnmente aceptado, al punto de tener menos aspiraciones que un comatoso ¿Qué esperaban del pobre y reducido remedo de imbécil de Anselmo?
En fin, el pobre y r..., perdón, Anselmo, esperaba a que le abrieran; dos minutos más. Mientras tanto pensó en su abuelo, un señor bonachón cuyo único defecto fue morir demasiado pronto como para dar convicción a la mente de Anselmo. Tal vez si tan sólo el viejo hubiera vivido un poco más, Anselmo no sería un pobre y reducido remedo de imbécil. Anselmo suspiró, perdido en sus recuerdos, desgarrado, ardiendo por la ansiedad de su entrevista, arrastrado por el peso del futuro y las difuntas ilusiones, quebrado, roto, desollado y revestido de cuero por sus mentiras, esas que tanto se decía a sí mismo; y hundido por la incertidumbre.
Al fin sonó un timbre, que anunciaba que podía pasar. Anselmo se levantó y se aproximó hacia la puerta. Nuca esperaría lo que iba a encontrar del otro lado.
El impacto fue inmediato, la voz que lo recibió le indicó que se sentase, más Anselmo no era capaz de salir de la estupefacción. El sujeto le indicó de nuevo que se sentase, y le habló con un tono familiar, uno digno de una persona buena, realmente buena, de un amigo, de un padre. “Veo que has perdido mucho tiempo en tonterías, campeón”, dijo el sujeto con una sonrisa amplia y un tono simpático, no de burla, ni de ironía ni de sarcasmo; en lugar de eso era un tono amable, comprensivo, amistoso y repleto de cariño. “Perdóname mucho, Anselmo, creo que te hice esperar demasiado. Debió ser un eterno girar ante tus ojos ¿no?”. Anselmo seguía sin contestar, no podía creer quién lo recibía; habló, en definitiva lo hizo, pero nada de lo que dijo tenía sentido alguno, como casi todo lo que Anselmo decía. Más en Anselmo había un leve murmullo de paz, una vida que no había tenido desde años atrás.
Así habló el abuelo de Anselmo: “Hijo mío, creo que te has perdido. Siento no haberte encontrado antes. Veo que has sufrido bastante, has caído y caído y caído, una y otra vez, y cada vez más, te has vuelto infeliz y lo que más me duele es que te has perdido en el camino, dejando de ser tú”. Al oír esto, Anselmo no pudo más que echarse a llorar. Tanto tiempo sin ver a su abuelo, la vida había sido para él como un juicio del Cielo por ser quién era, por su miserable existencia, y ahora, después de tanto, la única persona que le había hecho sentir que valía, se presentó ante él, en un entrevista de trabajo.
Anselmo habló: “¡Ya no puedo más! Odio tanto todo, me odio tanto ¡¿Porqué no he muerto?! ¿Porqué moriste tú? ¡¿Porqué me abandonaste?!”. Las lágrimas bañaban el rostro de Anselmo como los afluentes de un río, y caían como cascadas en sus brazos. Su abuelo le colocó la mano en su hombro mientras lo tranquilizaba.
“Perdóname por no haber estado ahí. La hora me llegó sin previo aviso, a las 3 y cuarto de la tarde de un viernes. No pude hacer más, siento que hayas estado muerto desde ese entonces. Nunca supe lo que pasaría, de haberlo sabido me habría preparado mejor, te habría preparado mejor”. La voz del abuelo era un bello recuerdo, un sonido tibio, firme y paternal, era calma y era paz, y más importante aún, era perdón.
“Abuelo...” decía Anselmo entre sollozos “Abuelo... ya no quiero estar aquí, no puedo más. Llevo tanto tiempo siendo infeliz; con una mujer con la que no soy feliz, ni tampoco la hago feliz. Con una madre que ya no puede caminar bien, a la que siempre decepciono y que cada vez decepciono más; y no tengo a nadie más. No sé si podré conseguir un trabajo, ni siquiera si podría salir adelante yo solo. Ya no puedo... ya no puedo... Siento haberte decepcionado... perdón, por favor”. Anselmo lloraba y su abuelo le tranquilizaba.
“No te preocupes, campeón. Todo estará bien, todo acabará pronto”, decía el abuelo.
“Estás muerto ¿En serio estás aquí?”, dijo Anselmo recobrando un poco la voz, más no la compostura.
“Si, tú eres el que no está aquí. Te arrastrado entre los vivos por mucho tiempo. Más pronto lo estarás”. Anselmo entendió lo que pasaba. Se fijó entonces en una puerta azul cielo que estaba detrás del escritorio; tenía una especie de brillo tenue. Aunque, más a detalle, era como si detrás de ella brillara la luz del sol.
“¿Me acompañaras?”, preguntó Anselmo mientras la tristeza y la esperanza bailaban en su voz.
“Te veré del otro lado, más el camino a la puerta lo debes recorrer tu sólo, y nadie más que tú la puede abrir”, su abuelo habló con paciencia y comprensión, y Anselmo entendió lo que debía hacer. Ya no era más un pobre y reducido remedo de imbécil, ahora era quién siempre había sido. Se levantó, y avanzó poco a poco, arrastrando los pies, con pasos lentos y calmados, temerosos, no tanto por lo que habría del otro lado, sino por la posibilidad de que sólo fuera un sueño. Caminó más y más, hasta la puerta azul; tomó el pomo con las manos temblorosas, y lo giró con lentitud y dificultad, como si estuviese atorado y su mano le pesara una tonelada. Atrás creía escuchar una voz parecida a la de la chica de voz angelical y ojos grises con la que nunca había podido estar, más no era ella, no podía ser ella, sin embargo era tan semejante, parecía estar ahí, y si no lo era, al menos se oía igual a ella.
Abrió entonces, y nunca más volvió.
La muerte de Anselmo se dio en la sala de espera. Al inicio la secretaria pensó que dormía, pero al acercarse notó que no se movía, y se apresuró a pedir ayuda.
Anselmo falleció por un derrame cerebral, mientras observaba su reloj, nadie podría haber afirmado el momento exacto en que sucedió, pero si la hora y el minuto. Anselmo dejó este mundo a las 3 y cuarto de la tarde de un viernes cualquiera. La Muerte lo llamó, vestida con la piel de su abuelo, para su última entrevista; cargaban el mismo reloj, y al mismo tiempo 3 campanas sonaron antes de atravesar la puerta azul cielo.
La Muerte le fue amable en sus últimos momentos, lo llevó sin dolor, perdonando dejando que se perdonara, y ,además, le permitió avanzar por sí mismo. Anselmo no le había decepcionado, había cumplido tanto como había sido capaz, durante toda su vida, las cosas no podían ser de otra manera.
Así, durante el juicio del cielo en la mente de la Muerte, en el eterno avanzar del tiempo, el correr de las arenas de la imaginación de la muerte, aquel reloj de pulso y manecillas broncíneas y correa café marcaba un nuevo día, en el que alguien más había nacido para morir.
Arrastrándose en
la oscuridad la blasfemia acecha y gruñe, babea y murmura secretos en lenguajes
olvidados. El hombre camina solo y cansado, cerca de las sombras, sentado en un
escritorio vacío, en una habitación sin ventanas, con las puertas tapadas por
tablas y muebles, la única luz parpadea desde una lámpara. Al exterior los
gritos de pavor, los gruñidos y las voces acompañan el sonar de fauces que se
abren y cierran CHAC CHAC CHAC... CHAC CHAC CHAC. Y algo más, algo que corre
entre muros, reptando en espacios dónde no debería lograr moverse, pero lo
hace, conoce todos los nombres y le producen apetito. Siempre tiene hambre.
El
hombre se levanta y camina, algo rasguña las paredes, uñas enterrándose en las
paredes, garras arañando metal TIC TIC TIC. Los chirridos torturan los oídos
del tipo, más porque sabe que vienen por él, pues ya no tienen nadie más a
quién cazar, y desde el principio le tuvieron especial apetito.
CHAC CHAC CHAC... TIC
TIC TIC
Los
alimentó con su sangre, por algo se hallaban ahí. El ritual había sido un
fracaso, no habían tomado en cuenta los accidentes pues ni siquiera pensaron
que tendrían éxito, las probabilidades eran tan escasas que ni siquiera se
podría haber considerado posible el éxito, más lo fue, y de la peor manera
posible. La prudencia parecía sobrar, pero hizo tanta falta. Los demás
colaboradores del rito yacían en la oscuridad, los afortunados bajo la tumba,
otros formaban parte del carnaval de rostros, y uno en particular susurraba
desde el interior de las paredes. Fueron 9 al comienzo, tres muertos tan solo
al concluir la ceremonia, 3 fueron jalados y nunca más volvieron, dos
coronan la efigie del caos, en medio de sonrisas sin forma y caras vacías de
voces silbantes, cuyas palabras silencian; y uno con vida, encerrado.
TIC TIC TIC TIC TIC TIC
CHAC CHAC CHAC
3,
pensaba el hombre, siempre el 3, número maldito, 6, 9 y de nuevo tres, uno u
otro, una y otra vez. A cada instante las cifras se mezclaban con los símbolos
y los mitos, todo en torno al ritual. Tres libros, 6 objetos, 9 símbolos, uno
por cada persona en el transcurso de 9 días. Siempre con la tensión de los dos
minutos para la finalización, durante todas las noches de la ceremonia. La
única regla era no dejar de escribir ni orar, por más que las pesadillas
vagaran a los alrededores. Que estupidez había sido tomar la conjura como una
broma, cuán imbéciles habían sido, y más al no cerrar el ciclo. Su cobardía de
no continuar, de no cerrar el proceso, fue la causa de la catástrofe. Sin
embargo habría sido peor de haber concluido.
ÑLAC
CHLAC ÑLAC
El
conocimiento de fórmulas, oraciones, palabras y conjuros determinados había
sido un conocimiento inútil hasta el inicio de la pesadilla. Era divertido
hasta cierto punto, muy irónico, casi tenía ganas de darse un tiro ahí mismo, o
de abrir las puertas.
TIC
TIC TIC
La
soledad del cuarto habría resultado reconfortante en otro caso, aunque algo
relajaba estar ahí sentado, con las notas, en las sombras de la habitación,
frente al escritorio.
Siempre
se había apegado al escepticismo, no con dogmatismo ni fanatismo, no más que
una postura conveniente y adecuada con la realidad, más ahora, la oscuridad
parecía mofarse en su cara de todo ello. Sentiose como un Fausto, confiado en
sus conocimientos y llevado por el hastío, su proceder en el ritual había sido
ingenuo, y Mefistófeles resultó ser mucho más astuto de lo esperado, siempre lo
era, y más peligroso. A diferencia de Fausto y sus jugarretas, basadas en años
de conocimientos profundos, el hombre sabía que no tenía el conocimiento ni los
medios para escapar de su destino, de ninguna manera.
CHAC
CHAC CHAC
En
el mejor de los casos le esperaba una muerte horrible, que no daría término a
sus sufrimientos, más evitaría lo peor. Ya estaba harto de los ruidos, de las
voces, en especial del sonido de las mandíbulas, y el goteo.
Creyó
escuchar risas por doquier, débiles, en susurro, como conteniéndose, cuales
niños planeando una travesura, con malicia. También de fondo, como a una gran
distancia, risas enloquecidas, vacías pero había algo en ellas, lunáticas más,
en cierto modo, tranquilas, demasiado.
TIC
TIC TIC
Ese
sonido, entre el goteo constante del agua que cae una y otra vez, y pequeños
golpeteos de un objeto contra otro, duro, como hueso, contra el metal, como
uñas o garras ¡y el sonar de los dientes masticar y chocar sus mandíbulas! CHAC
CHAC CHAC una y otra vez.
El
ritual se había salido de control, no se limitó a matar a sus practicantes,
sino que arrasó millas y millas, y se extendió. El hombre no sabía el número de
muertos ni el lugar dónde las atrocidades se habían detenido, tenía la certeza
de que nadie ningún otro sobreviviente lo esperaba en algún rincón, en alguna
casa o sótano, pues las voces ya le decían, y el sabía que eran sinceras,
crueles y sin embargo más honestas que cualquier ser humano, y más crudas.
Mientras
el hombre meditaba, su mente vagaba en imágenes de niebla, humo y sombras, de
superficies y ángulos imposibles en los que la tierra y las cosas se tornaban
al tiempo que marañas de extremidades, colmillos, tentáculos y rostros gimiendo
brotaban de los rincones. Ninguno de los tres libros usados en el rito le
habían ayudado en lo más mínimo, pues uno se había perdido en la oscuridad, el
otro fue quemado a fin de evitar que fuera encontrado quienes poblaban la
noche, y el último no tenía información alguna sobre el problema, no para
solucionarlo, apenas 9 líneas en verso, de 6 sílabas cada una, que constituían
una especie de conjuro protector. De nuevo ahí estaban esos números, 9, 6 y 3,
y de forma extraña el 1. Una persona restante, un libro, una habitación, y el
resto en la nada. Una relación binaria a
final de cuentas, 1 y 0 como en las bases de la informática, era casi
gracioso, y como todo lo demás tan irónico para ser cierto. Parecía un chiste,
una broma triste y espantosa. Parecía que las risas no eran una coincidencia...
CHIC CHIC CHIC CHIC
CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC
Las
risas aumentaron, aún se contenían, y, de repente, el hombre oyó otro ruido, ya
no sólo detrás las paredes, sino al otro lado de la puerta.
CHAC CHAC CHAC TIC TIC
TIC TIC TIC TIC
Entonces
volteó a ver la entrada. Las tablas habían desaparecido.
El
hombre pronunció con nerviosismo los versos protectores mientras intentaba
dibujar con manos temblorosas, sabía que la pistola no serviría de nada, aún
siendo del calibre .45, ningún arma humana era capaz de contrarrestar las
fuerzas que se aproximaban arrastrándose.
ÑLAC
CHLAC ÑLAC
Entonces
la perilla comenzó a girar con lentitud. El hombre sintió un dolor en el pecho,
creía, y esperaba, estar sufriendo un infarto. Respiraba con dificultad, un
mareo lo invadía y un sudor gélido le corría por el cuerpo mientras pronunciaba
el conjuro. Iba a morir.
CHIC CHIC CHIC... CHIC
CHIC CHIC CHIC CHIC CHIC
Ya
venía, la cosa ya venía.
Una
corriente de aire, como una voz, entró en el lugar. Las risas ya no se
contenían, se oían como un rugido, como una explosión, como una tempestad.
La
puerta se comenzó a mover; el hombre siguió apresuró el conjuro lo más que
pudo. Tomó al arma y disparó a ciegas...
Conforme avanzaba el horizonte cambiaba, transmutaba sus formas, su principio, sus colores. En un lugar el azul profundo casi negro se cernía sobre mi cabeza, más abajo el morado, después violeta, azul cielo, otro más claro y un turquesa, después una leve franja de verde muy claro, blanquecino, a continuación amarillo y al final blanco entre el descenso del sol y los suspiros de la tierra. Sólo la voz del sol yacía a la vista, no su fuerza, no su forma, nada más que el color de su aliento y su mirada tapada por edificios, árboles y montañas. Esos tonos eran especiales, únicos, parecían contener todo color que pudiese haber, cada escena que pudiera darse sobre la tierra, cada historia, y al tiempo guardaba la presencia de las más grandes maravillas del cosmos, visiones infinitas de lo perenne y lo vago, lo eterno y el instante cambiaban y permanecía, morían y nacían al tiempo que se reducían y crecían. El viento calmo apenas y arrullaba las hojas más viejas, con suavidad, un cierto cariño dado por la brisa, una caricia que nadie más otorga. El sonido pareció enmudecer, el ruido de los autos y la ciudad pareció detenerse, el murmullo de las ramas, de las hojas de lo alto, lo demás fue silencio. Mis pasos inaudibles, sutiles, evitaron interrumpir tal escena, ni profanar la tranquilidad. Mi respiración se detuvo, el viento y mis pulmones acordaron no asfixiarme, con el fin de contemplar los colores del horizonte. El suelo mismo estaba confabulado.
El tiempo quiso detener su caminar, y apenas logró hacerlo un instante.
Después retomé la marcha, y tuve que arrepentirme, pues los colores ocultos del cielo habían desaparecido.
Los sueños del sol y las ensoñaciones del cielo eran de nuevo lo escondido para el mundo, cuyas visiones son ciegas frente a lo recóndito del más allá. Así la hora dorada, la hora mágica encierra un secreto que para mí sólo se ha revelado una vez.
Busqué desesperado para ver de nuevo esos colores, pero el descenso del sol impidió que tales colores se vieran por segunda vez. Nunca más los colores del horizonte serían tan sublimes, tan brillantes y sutiles, ni tan frágiles. Ahora entiendo porqué los egipcios solían pensar que Atum, dios primero creador de todas las cosas y parte esencial de ellas, era simbolizado por el atardecer. Sin embargo ningún atardecer, ni el más bello de todos, semejaría los colores del todo, mostrados ante mí en y por un instante, un paso entre pasos, en el silencio absoluto cuando el sol muere.
En mi vida he viajado y estado en múltiples lugares, desde lo alto hasta lo ancho del globo, y es curioso pues, de hecho, nací y pasé la infancia en un pueblo llamado Paso Ancho, nunca entendí su nombre de niño, no por completo, más nunca importó, no demasiado, me fui de ahí al concluir mi adolescencia y jamás volví. Después fui a dónde el viento me llevó, por todas partes y por ninguna, ya que nunca residí mucho tiempo en un solo sitio, no sentí en momento alguno que perteneciera a un determinado lugar, sólo seguí los dispersos granos de arena. Ahora, al final de mis días, tras miles de viajes y miles de millas recorridas, por segunda ocasión y más sorprendente que la primera, resido en un antiguo paraje conocido cómo Camino del Viento.
No llevo mucho tiempo aquí, no obstante creo sentirme como en casa, tal vez porque en realidad no estoy en ninguna parte, estoy solo, como siempre me resultó natural estar. No exagero, hace poco murió el último habitante de este pequeño rincón constituido por tres casas y una vieja posada entre montañas, sin actividad económica estable, pequeños cultivos y algunos, más bien pocos, animales que cazar. Antes de venir aquí supe siempre el tipo de sitio que tenía que buscar, lo que debí haber hecho hace tanto, y cómo debía terminar todo.
Debí hacer esto hace tanto, más nunca es tarde, además, los viajes valieron la pena, conocí tantas cosas, vi el mundo y más allá, creo que fue necesario para descubrir tantas cosas. Aparte, no creo que Camino del Viento se hubiese vuelto mi hogar en otras circunstancias, aún con sus características actuales, hace una década no era un sitio tan olvidado, eso no implica que yo estuviera viejo en ese entonces, tengo la creencia, tal vez infundada, tal vez no tanto, de que soy así desde que nací. Si creyera en la reencarnación diría que llevo demasiado tiempo y demasiadas vidas en este mundo. Bien, todo acabará pronto, espero, a lo mucho en uno o dos años, es probable que antes, las enfermedades son impredecibles. El caso es que tarde o temprano moriré ¡Que novedad!
Lo importante es que me encuentro bien.
A veces, cuando veo a Isis volar, recuerdo mis días de juventud, cuando salí de mi pueblo natal, empecé a conocer el mundo en la gran ciudad. Por cierto, Isis es un águila que domestiqué hace unos años, aprendí cetrería con el difunto dueño de la posada, era un anciano agradable que al morir no dejó nada más que la posada, que heredé al ser el único que podía hacerlo. Aunque no creo que alguien más hubiese querido. Ya pasaron varios años de eso, más no tanto, después de todo Camino del Viento es un lugar perdido, de paso, repleto de viejos y muertos vivientes, también es donde todas las cosas terminan. ¡Ah! La gran ciudad, lugar de paisajes grises y coloridos, de riqueza y pobreza, de costumbres y creencias ajenas a lo conocido, de mentiras y verdades, y de una verdad en particular, una certeza: que no pertenecía a ninguna parte.
Al igual que en mi Paso Ancho confirmé varias cosas, algunas esperadas, otras no, reglas extrañas en un mundo siempre relativo, siempre fugaz:
1. Todo es fugaz.
2. Soy viejo.
3. Todo termina, todo se desvanece.
4. La muerte siempre está por delante.
5. La amistad no es eterna.
6. La vida es frágil en todo sentido, en distintos aspectos, y se juega con cada suspiro, a cada instante.
7. Estamos solos, al menos yo lo estoy.
8. No hay hogar. Yo no tengo uno.
9. Todas las cosas llevan una lápida encima, y a veces conviene escribir con antelación un buen epitafio.
Paso Ancho era un título bastante irónico, la geografía del pueblo era más bien la de un pequeño cuadrado, y el origen del nombre se debía a que durante la fundación del pueblo, Paso Ancho era un camino muy transitado, un paos obligatorio en el camino, en cuya entrada se hallaba una casona que servía de posada, taberna, administración de recursos y comercio local y punto de reunión entre los habitantes de las escasas chozas que constituían la comunidad. Tal sitio era dirigido por un hombre llamado José Sancho “El Ancho”, de ahí el nombre del sitio. Otros decían que se debía a que el camino que atravesaba el lugar era el más ancho de la región. Nunca me gustó ese lugar, vivir ahí era asfixiante, el tiempo parecía morir ahí, y todo carecía de sentido. Otra curiosa ironía está en el origen de Paso Ancho, el pueblo donde nací se relaciona mucho con mi vida ¿Quién lo hubiera dicho?
El paso a la gran ciudad era inevitable, necesario. No era raro este anhelo entre los habitantes de Paso Ancho, de ir a la aventura que eran las grandes ciudades, fueras a la que fueras, incluso aunque se tratase de una ciudad pequeña. La mayoría regresaban espantados de la vida citadina, de la cantidad de personas y, en un caso particular, de la inmoralidad de los capitalinos. Yo aspiré a la capital, de hecho, el único lugar lo suficientemente grande para mi, la única opción real para mi ambición. Sin embargo, la ambición es solitaria, y muere al final, siempre lo hace.
No me decepcioné por completo de la capital, ni repudié sus valores, en cambio noté la clara diferencia entre mi y los demás, aún en un lugar tan grande y con tan amplia gama de carácteres, de formas de ser y pensar. De hecho enfatizaba mis diferencias. El golpe inicial se dio a causa de mi talento para recrear las emociones de los otros en mí, en mi cabeza y corazón, incluso lo hacía sin percatarme. La gran ciudad me enseñó a controlar mi capacidad. No obstante, hay habilidades que son... inútiles, en resumidas cuentas. Lo son en tanto que los otros no las poseen, la ventaja se vuelve insuficiente, se convierte en desequilibrio. Claro que no todo lo puedo achacar a otros, el incesante muro entre yo y los demás generó una falta de confianza en mi y en los otros, mi cualidad se transformó en mi punto débil, el no tener un uso práctico ni a otra persona que la compartiera provocaron en mí una falta de fe en mi y en el mundo.
Los errores que tantas veces cometí por tal condición, las personas que lastimé, agravados por la desconsideración y el abandono por parte de los otros, aspecto mismo que empeoró ante lo primero. La desvaloración de una persona hacia otra en relación a la falta de fe y confianza conllevan ciclos de venganzas pasivas que acaban destruyendo cualquier vínculo si tan solo uno de los involucrados reacciona de forma incorrecta, y si las distintas partes lo hacen... el resultado es obvio. No importa quién comience ni quien termine, sepultar a la gente en vida es labor en la que hasta el sepultado es responsable.
A pesar de ello, siendo honesto, ser una isla en un mundo continental siempre es inconveniente, el rechazo entre ambos es parte de la vida, lo normal. Esto lo aprendería al dejar la gran ciudad, todavía con cierta esperanza de lograr encontrar mi lugar en el mundo, negando aún mi ser, mi realidad.
Entonces me embarqué a otros continentes, en busca de algo que nunca supe definir con exactitud, tal vez era el hogar, quizá la compañía, o más bien, sin saberlo, ansiaba el equilibrio, el silencio, en la soledad. No niego que en aquel entonces conociera conceptos como el del ma, propio de los orientales, más nunca lo había entendido a profundidad. La comprensión real de las cosas no yace sólo en la sapiencia, sino en la emoción, en la experiencia, y aún así requiere algo más, que muy pocas veces ocurre.
Vagué de un sitio a otro durante varias décadas, en ningún sitio logré quedarme mucho tiempo, lo que no implicó evitar el regreso a tierras ya caminadas, no impidió ver amaneceres conocidos, y otros nuevos en sitios conocidos. Inclusive regresé a la gran ciudad algunas veces. Al ver a viejos camaradas llegué a convencerme en distintas ocasiones que no necesitaba a nadie, la incomprensión por parte de otras personas y el eterno espacio entre ambos nos apartaba, la pared era el vacío bajo el cual había quedado sepultado. Más el viento todavía llegaba a dónde estaba, y hablaba conmigo, el viento solitario fue siempre el amigo más fiel, el más leal, en cierta medida era como yo.
Creo que soy un eterno Ulises, sin hogar por llegar, sin Ítaca al frente ni por venir, he ido por el mundo y por el mar rodeado por acompañantes pasajeros, todos y cada uno, aún quienes en su momento pensé que estarían conmigo hasta el final de la travesía. Pero aún en un final idílico, rodeado por los semejantes, por los camaradas más cercanos, familia su mayor sentido, los últimos instantes para cualquiera serían solitarios.
La sociedad, la propia naturaleza humana, han hecho creer en una conclusión distinta, los vínculos del día a día, todos dieron forma a la más bella ilusión, a la perfecta utopía vivida a cada momento, al estar frente a nuestros semejantes. Sin embargo no es brillo sino velo, una cubierta, una máscara, produce la ceguera y el quitarla crea un vacío. Quizá por ello las personas creen en un Dios, o en dioses, la idea reconforta, da esperanza, un ideal nacido entre la imaginación, el pensamiento y el colectivo, entre la luz, la muerte y el olvido, cuyo objetivo es ir contra lo natural, lo propio de la conciencia, del ser.
Resulta en una imposición de la naturaleza humana sobre la naturaleza del ser, tal vez el único auténtico atisbo del espíritu humano.
A veces sentí dolor ¡Tantas veces! Más encontré en la soledad, en exiliarme de la compañía de las personas, la verdad, el alivio y la paz. Algunos somos solitarios, tenemos mayor relación con el ser que con el humano, desde el momento en que nacemos ya somos exiliados en tierra extranjera, tierra perdida, tierra extraña, la tierra de los hombres.
En la que nunca seremos bienvenidos.
En ciudades extranjeras aprendí varias cosas, herramientas útiles, algunas en la práctica y otras más bien como reserva. El pilotaje y la navegación me dieron minutos adicionales, horas en las cuales pensar sobre todo, respirar, y dejar callar mi mente, desvanecer las voces del pasado y el tormento. Entonces, en mi vejez, dejando tras de mi éxitos y fracasos, encontré Camino del Viento.
La mayúscula en la palabra viento era curiosa, no rara entre los pueblos, simbólica, era como escuchar una nota conocida pero que nunca me había percatado de ella. Entre apenas una veintena de personas en medio de cerros y montañas, en alguna parte de una isla en un vasto océano, con las águilas a mi alrededor y el sol y las estrellas sobre mi frente. Ahí descubrí la soledad auténtica.
¿La soledad pesa? ¿Duele? A veces, en momentos es fría, congela, en ocasiones dura y afilada como un sable, te destroza, y en instantes es suave, cálida, silenciosa, pacífica, y más aún, cuando es completa y auténtica, es reveladora.
Mis viajes por el mundo trajeron aprendizajes, inclusive experiencias bellas, no me arrepiento de ninguna de ellas, a pesar del dolor implícito en cada una. No se puede vivir de otra manera, supongo.
Más el saber, ese cual suspiro, cual flama, ese verdadero saber, sólo puede hallarse en uno mismo, en el camino propio. Ahí la soledad no tiene igual, el aislamiento para quienes somos solitarios en lo más profundo de nuestro haber trae siempre una revelación única, tal como nuestro interior.
Cabe diferenciar por tanto, entre la soledad y el abandono. Por segunda vez me remito al principio del ma, el espacio entre dos objetos, la paz, no, el equilibrio reside ahí, sólo en el es posible encontrar la verdad. El silencio es la soledad, mientras que el abandono es el ruido de voces ausentes, el despedazamiento de la persona, cuando somos divididos y dejados entre los otros y uno mismo.
La emoción, la amistad, el amor entre hermanos, entre amigos, son de las cosas más bellas que hay, y no sé si también el amor entre amantes, en pareja, entre un otro y un mismo, pues nunca lo experimenté. No es que nunca estuviese con nadie, más nunca al hacerlo experimenté un auténtico amor. Los espíritus solitarios nunca lo conocemos en verdad, a pesar de los intentos de tantos por engañarse a sí mismos. Por mi parte la soledad en mi marca, mi santo y seña, algo en mí.
Camino del Viento me enseñó, me dio claridad, después de todo era mi propio camino, y la conclusión del mismo. Sus habitantes eran viejos o marginados, más bien personas que se exiliaron a sí mismas del mundo, para vivir fuera de la dicotomía entre el caos y el orden. La mayoría no sabíamos con exactitud porqué estábamos ahí, sólo que debíamos estarlo, y más que un debíamos, estábamos.
Varios murieron antes de siquiera conocer, antes de saber que hacían ahí. Otros más fallecieron al momento de conocer la verdad, y otros más lo hicieron un poco después de ello, preparados para su final. Ya se habían encontrado, y no tenían más que hacer en este mundo.
Ahora estoy por completo solo, nadie más que yo e Isis. Estoy cansado, más en paz, no queda más que esperar el final. Sin embargo en mis últimos instantes recuerdo mi vida y pienso que tal vez haya algo que me faltó por aprender, quizá por ello no muero todavía. Pienso en las personas y el sentido de mi camino, mientras Isis vuela a mi mano, me observa y salta a mi lado, sobre la silla que saqué para sentarme, se coloca en uno de los brazos y me observa, como esperando que la acompañe.
Me siento a su lado, la miro. Sus ojos están fijos en mí, pareciera que sabe lo que siento, podría comprenderme, ella es como yo. Ya tiene sus años encima, aunque todavía le quedan algunos, a diferencia mí. Aunque en estos momentos pareciera que podría morir en cualquier momento, sabe algo, creo que yo igual. Estoy cansado, la visión se me nubla, recuerdos del pasado me invaden, desde mi infancia hasta mi vejez, recuerdos de las personas, memorias solitarias. Moriré antes de lo previsto. La respiración se me dificulta, mi corazón va en descenso, los latidos son cada vez más espaciados, hay enormes silencios entre cada uno. Isis salta sobre mi mano, su peso me tranquiliza, acaricio su lomo, veo lágrimas correr por sus ojos, nunca había visto a un águila llorar.
A pesar de todo me alegra no morir solo. Quizá erré en algunas de mis conclusiones, es posible que los vínculos entre personas nunca mueran en realidad, siempre y cuando existan reminiscencias en la mente, tan siquiera fragmentos de lo que fueron los otros. Es posible que la compañía pueda existir en la memoria, ello contradiría en parte la idea que tengo de la soledad, y de mi ser.
Mi muerte es extraña, curiosa, creí que moriría solo, pero junto a mi está Isis, quien a cada momento parece decaer, su cuerpo se dobla, los latidos de su corazón también se reducen, no deja de verme. Ya tomó una decisión.
El negro cubre mis ojos, y la mirada de Isis y la muerte se han vuelto todo frente a mi. Al fin podremos descansar, al fin dejamos de estar solos. En mis últimos instantes soy feliz, exhalo el último aliento y muero junto a mi amiga, en Camino del Viento.