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martes, 14 de junio de 2016

Yo soy Silbán


Estate atento cuando escuches un aleteo, no querrás llevarte una sorpresa. Aunque no podrías hacer nada para evitar tu destino, más vale la pena saber el momento de tu final. Escucharás el batir de mis alas quebrando el aire, oirás mi grito de dolor, y sabrás que no hay nada más allá de la nada. Yo soy esa nada. Tú podrás ver algo en mí, verás la forma de un ave negra, parecida a un cuervo, pero sólo es la ilusión que he decidido mostrarte. El mundo en el que vives es una mosca atrapada en una red invisible, y yo soy el arácnido que espera a devorarla.

No importa si soy el principio, ten por seguro que soy el final.

Comí las entrañas del Dios muerto, el Todo es para mí como el día que sucumbe cada jornada ante la oscuridad de la noche, y yo soy esa Oscuridad.

Si te crees capaz de escapar de mí: te reto a intentarlo. Tal vez deje que creas haberlo conseguido. Sentirás ese placer de haberte librado de las garras de la muerte, creerás que te has librado del vacío que te espera hasta en el último rincón del mundo, creerás en el sentido de tus actos, de la huida. Cuando menos lo esperes ahí estaré.

Escucha a tus miedos, no evites percatarte de la misteriosa sabiduría que ha roído el interior del cosmos. Conoce el símbolo arcano y tenle pavor, puesto que es la manifestación de mi esencia.

No esperes trascender, tales expectativas son ridículas cuando estás entre mis manos. Cuídate de mi voluntad, rézale a tantos dioses creas necesario, al final será a mí a quien ruegues.   

En el instante en que decida el devenir y el porvenir de tu existencia, regocíjate de volver a la nada de la que te he permitido surgir, después de todo serás incapaz de evitarlo, y más vale aceptar con dignidad la conclusión.

Me han llamado Silbán, y mi nombre es el Vacío al que toda existencia volverá.






      Antonio Arjona Huelgas

Ciudad de México

14 de Junio del 2016

jueves, 9 de junio de 2016

El Fin de la Historia


¿Es este el final? Es aquello que tanto ansiábamos encontrar ¡Tantos años de humanidad! La Ilustración, el progreso ¡Ciegas expectativas! Tanto capitalismo como comunismo nos fallaron, toda ideología posterior terminó igual, pero ¿Podríamos haber esperado algo más siendo nosotros sus creadores? Los humanos lucharon tantos años en contra de su propia condición, pelearon entre ellos por imponer el bien que ellos consideraron verdadero, se enfrentaron al destino, a sus dioses y sí mismos ¿Sirvió para algo? No, desde el principio era una riña inútil para evitar la nada a la que todos habrían de volver.

La ambición humana no sólo acaba con sus portadores, sino que se llevó con ella todo lo que había. Todos ellos se creyeron con derecho de imponerse sobre el mundo, hasta que sólo quedó un pequeño bastión de la propia humanidad. Nuestro hogar pereció, así como todos los sitios posteriores en los que los humanos decidieron poner un pie. Muerte y más muerte, a todo sitio a donde iban. Comienzo a pensar que esa fue siempre su finalidad. El universo se extinguió, y de estos desdichados persistió de forma única el Imperio de las Nubes, la última creación.

Sin embargo hoy está muerto. 

Un fallo terrible, una guerra interna. Los tripulantes del Imperio de las Nubes hicieron todo lo posible por evitar su final, pero fue imposible. El navío se precipitó al centro de la Totalidad, a la irremediable verdad del ser.  Conforme se acercaba, los sueños se quebraron al estrellarse contra la realidad, una sombra los envolvió, la Nada, que había sido en el origen del Todo, devoró lo único restante de los entes que habían encarnado su contradicción. Cualquier inocente que haya estado en los momentos finales vio cómo sus esperanzas se perdían. La tristeza, el vacío, la melancolía, el llanto del ángel de la historia, arrastrado hacia su conclusión.

El Imperio de las Nubes ha encontrado su final.



Antonio Arjona Huelgas

Ciudad de México
9 de junio de 2016

miércoles, 25 de mayo de 2016

Lo inminente


“¡Cañones! ¡Cañones!” gritaba alguien desde la torre de observación, antes de la desaparición de esta entre las llamas y la fuerza de las armas de conquista llevadas por los Emperadores.

“¡Protejan el muro! ¡El muro!“ La orden de nuestro general se perdía entre los alaridos de los heridos y el ruido de las paredes hechas añicos “¡Defiendan el… el… defiendan…” Al pobre hombre no le quedaban muchas lágrimas que derramar. La derrota era inminente. Si el sujeto sobrevivía, era probable que terminara sirviendo al enemigo, o hecho prisionero, como rehén, ejecutado, o tal vez esclavizado ¡Peor aún! Quizá fueran a torturarlo, llevarlo arrastrando como alguna vez había hecho Aquiles con el cadáver de su aguerrido rival Héctor. Era posible también que los soldados de los Emperadores tuvieran entre ellos a personajes perversos que, además de atormentarlo y darle muerte, acabarían con su honor, o con algo más, quizá con… ¡No, no, no! Pero, no era posible, o sí, inclusive… ¡No! ¡Qué horror! ¡Y qué crueles…! Cuán terribles métodos podían habitar en la mente de hombres a quienes se les temía por sus terribles tratos hacia los desafortunados sobrevivientes, a tal punto que la mayoría prefería suicidarse, incluso los más fieros ¿Tan horrorosas eran sus vilezas? ¿Sus actitudes y canalladas? ¿Sus violaciones?  ¡Por Dios cuanta maldad! ¡Qué infames debían ser esas tropas si se atrevían a cometer semejante injuria! Aunque eso no era lo peor. Nuestro general recién había sido nombrado en el cargo ¡Qué felicidad! ¡Qué dicha! ¡Cuánto honor! Subir poco a poco, de un simple soldado raso a un general. Este hombre recordaba como de niño le gustaba jugar con espadas, imaginando que dirigía de forma honorable, defendiendo con valor a su nación, a su rey, a su gente. Los sueños de un infante que confió demasiado en su patria, las esperanzas de un adulto que creía poder alcanzar el objeto de sus fantasías más profundas, la perdida de todo sentido para quien en un instante le habían vedado toda ilusión, siendo arrojado a una verdad cruda e innegable. Su cara, su expresión vacía, confundida, todo valor, toda emoción lo había abandonado. Nuestro general dio fin a su vida, arrojándose hacia el mar de llamas de lo que habían sido los muros de la fortaleza, alimentado por las almas de miles de muertos.

Entonces conocimos la derrota.

Para mí no hubo duda ¿Qué más  podía hacer? ¿Cómo salir vivo del infierno en la tierra? Escapar, abandonar a mis compañeros a su suerte ¡Si, eso debía hacer! Estaba seguro de que mis compañeros morirían, todos y cada uno ¡Pobre del que no!

Entre las llamas se abrió un hueco entre las fuerzas de los Emperadores y el bosque ¡Mi oportunidad, mi escape! Corrí fuera del campo de batalla, atravesando un pequeño flanco entre ambos frentes, una línea curveada entre dos masas enfrentadas, un dragón hecho de los cuerpos y voluntades sublimadas de cientos de miles de personas, su aliento era la lluvia de voces vacías, sus colmillos y garras estaban en los pelotones que conducían a semejante abominación al interior de nuestra ciudad. Su fuego era la infernal maquinaria del mundo moderno, monstruos de metal que se alimentaban de la sangre de los hombres.

Escapé. A duras penas, evadiendo por segundos un destino fatal. La muerte los esperaba, su manto había sido echado sobre un valle pintado de rojo.  Las Tres viejas de mirada implacable sostenían sus tijeras, más como espadas, cortando, sin pensar ni detenerse, los hilos de millares de destinos.

Así, como empezó terminó, ubicado en lo alto de un monte, observando una acéfala masa, indetenible como el actuar de la naturaleza. Avanzando de frente  hacia mí.

F I N



Antonio Arjona Huelgas

25 de mayo de 2016


domingo, 15 de mayo de 2016

La casa en el olvido



-¿Quién soy yo? ¿Cómo he llegado a este lugar? ¿Qué hice? ¿Por qué? Recuerdo una montaña, un valle y un arroyo. Mi nombre es… mi nombre es… No lo sé ¡Me duele! He olvidado todo ¿Qué hacía? Mi hija ¿Tengo hija? Se llama… la nombré como…no, no ¡No lo sé! No puedo saberlo ¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy llorando? Tuve un hermano ¿o una hermana? ¿Quién era? ¿Quién es? ¿Dónde estoy? La niña ¿Dónde está la niña? No logro encontrarla. La ocultaron de mí, no me dejan verla ¿Por qué lo hacen? ¿Quiénes son ustedes? No puedo encontrar a mi niña en el sol ¿Por qué la busco en el sol? ¿Dónde está el sol? Son las tres de la tarde, pero es de noche. Juraría que me acabo de despertar ¡Maldición! Me desperté muy tarde, debo pasar por mi niña a la escuela…Esperen ¿a quién estoy buscando? ¿Por qué lo hago? ¿Dónde estoy? Eva, ya está aquí, no la veo pero la siento. Viene por mí ¿Por qué me hace esto? Quiere lo que mío ¿Qué pasa? ¿Quién es Eva? ¿Qué es lo que hace? ¡No puedo recordarlo! ¡No! ¡No! ¡No! No es posible, no puede ser ¿Qué me pasa? No me gusta llorar, no quiero hacerlo ¿Por qué lloro? ¿Qué estaba haciendo? Mi mamá… mi mamá… ¿Dónde está mi mamá? Me dejó ¿Me dejó? ¿No quiere estar conmigo? ¿Por qué no me quiere? ¡Quiero a mi mamá! ¡¿Dónde está?! ¡¿Por qué no la encuentro?! ¿A quién estoy buscando? ¿Por qué busco algo? ¿Qué estaba buscando? Tengo que ir al baño ¿Dónde está el baño? Esta no es mi casa ¿Qué hago aquí? Estoy perdida. Tengo que… tengo que… ¿Qué tengo que hacer? ¿Por qué lloraba? ¿Quién es esa mujer? ¿Es  Mariana? ¿Es mi hija? ¿Si es ella? Quiero que me ayude, no encuentro mi casa, tengo que ir al baño ¡Marianita! ¡¿A dónde vas?! No me dejes sola ¡No me puedes dejar sola! ¡Por favor! ¡Por favor no! ¡No te vayas! Ya estás aquí ¡Ayúdame! No sé qué me está ¿Dónde estoy?
-Señora Méndez ¿Qué hace usted  sola en el pasillo? ¿Quiere ir al baño?-. dijo la enfermera, preocupada.
-Marianita ¿Eres tú? Hija, no sé dónde estoy. Tengo que ir al baño, quiero ir a mi casa.
-No se preocupe, la llevaré ahí, yo sé dónde estamos. Venga por aquí- así, la enfermera condujo con amabilidad a la señora Méndez hacia el baño, para después llevarla a la habitación designada.
-Marianita, te extrañaba tanto. Estaba llorando ¿Por qué lloraba? ¡Odio llorar!- la señora Méndez parecía un poco más tranquila. La enfermera Estefanía tendría  mucho más sencillo el trabajo de ese momento en adelante. Antes habían buscado a la señora Méndez durante casi una hora, el personal debió darse prisa para evitar que desapareciera. En caso de haberlo hecho, no, habrían tenido problemas con demandas directas, puesto que no le quedaban familiares vivos. Sin embargo, muchos miembros del personal se habrían entristecido en extremo, incluyendo a Estefanía, ya que la señora Méndez era muy querida en el asilo.
El problema de la señora Méndez se agravó a causa de la muerte de su hija en un asalto, ahí mismo murió el esposo de esta. No dejaron nietos, cosa que quizá pudo haber ayudado a la señora Méndez, pero la  suerte nunca le sonrió.  Su marido había muerto casi diez años antes, por un derrame cerebral. Algunos hermanos seguían vivos, aunque pasaban por situaciones semejantes.
La señora Méndez salió del baño.
-Lucía ¡¿Dónde estoy!? ¿Qué hacemos aquí?
-No te preocupes, te llevaré a tu habitación, todo estará bien-. Estefanía estaba un poco triste, le había tomado cariño a la señora y le dolía verla así.
- ¿Me llevarás a la casa en la colina? ¿Te acuerdas? Esa a la que íbamos cuando niñas, donde jugábamos por horas ¿Recuerdas Lucy?-. La señora Méndez sonreía, emocionada.
- Si, te llevaré ahí mañana. Acompáñame, vamos a tu cuarto.
-Está bien ¡Oh Lucy no puedo esperar! Quiero ver esa casa antes de olvidarla-. Al decir esto, una lágrima brotó por su mejilla.
Llegaron a la morada de la señora Méndez. Estefanía le ayudó a colocarse en la cama y la arropó. Antes de que saliera de ahí, dejando dormir a la señora, la conocida voz le llamó:
-Muy buenas noches hija ¡Te quiero mucho!- la señora Méndez se había alegrado.
-Yo igual- dijo Estefanía, sabiendo que esa mujer no era su madre, siguiendo el juego para no destrozar más su dañada cordura. Al final del día, Estefanía retornó a su casa, nostálgica, pensando en la señora Méndez, confiando su cuidado a los médicos del turno de medianoche.
Las luces se apagaron en el asilo. Todos los pacientes durmieron en paz. Esa noche la señora Méndez soñó que volvía a la casa de la colina, donde la esperaban su hija y su hermana, felices con su regreso. Una luz resplandecía en lo alto, el bello campo de verdes pastos y frondosos árboles daban una sensación de paz. Los latidos se detuvieron poco a poco, hasta que cesar por siempre su ritmo.
La señora Méndez al fin llegó a la casa en lo alto de la colina.



FIN




Antonio Arjona Huelgas

Ciudad de México

15 de mayo de 2016

sábado, 30 de abril de 2016

El mundo de los sueños I


El Señor de los sueños



Las situaciones me han llevado a saber que soy el ego de mi propio ser. Hay algo que tengo la necesidad de relatar, un hecho particular, al que no le tengo mucho afecto, mas estoy obligado a remitirme a él.

            El estado onírico es muy curioso, en mi caso puedo identificar que estoy soñando por medio del tacto, debido a que no soy capaz de sentir el toque directo, de modo que, al tocar mi cara no soy capaz de percibir el golpe o caricia. En estos casos he logrado mantener mi sentido del tacto activo, lo que me lleva a mantenerme consciente de mi cuerpo recostado, de la superficie sobre la que se encuentra, de lo que hay sobre él. También podía tener una cierta omnisciencia dentro del mundo proyectado por mi mente, limitada al conocimiento que pueda llegar a tener de mi propio estado.

La historia comenzó durante un sueño. Mis proyecciones parecían perfectamente normales, reconstrucciones de recuerdos del mundo de la vigilia, fantasías con orígenes infantiles, manifestaciones de metas o simples diversiones. Pero algo anormal ocurrió, aunque no del todo, puesto que sólo fue una conversación con un amigo, lo extraño fue que en ese momento tomé conciencia de que me hallaba soñando.  

Me pareció divertido, por lo que no traté de despertarme, en cambio decidí quedarme ahí un tiempo. Recuerdo una fiesta, un viaje en auto a toda velocidad, y una serie de actos delictivos que no tuve temor de cometer al saberme en un sueño. Acabamos en prisión, por una noche, yo y las reconstrucciones de mis camaradas. Al salir fuimos a la universidad, hubo clase, cosa que me pareció graciosa, dadas las circunstancias.

Motivado por la curiosidad, decidí preguntarle al amigo con el que estaba platicando cuando me percaté de mi estado, experimentando, si él sabía que todo se trataba de un sueño.

Pensé que me despertaría, mas sólo recibí una pregunta a forma de respuesta “¿Así que ya lo sabes?” Al momento las imágenes a mí alrededor se disolvieron, como un dibujo en una hoja de papel quedando borrado por el agua. Estuve mucho tiempo flotando en el vacío, expectante de lo que acontecería. Entonces sonó el despertador.

Después de ese curioso sueño donde me permití actuar de formas inconcebibles quedó una semilla que ansiaba germinar en mi mente, un deseo inevitable, la fuerza de una voluntad potente que debía alcanzar su destino, y esta no podía ser otra que la mía.

La noche siguiente, así como en los posteriores,  intenté nuevamente. Tardé casi cuatro noches en aprender a percibir estado mientras dormía, pero lo conseguí. Con el tiempo empecé a experimentar mis capacidades para manipular el espacio onírico. Realicé múltiples experimentos, desde cosas simples hasta prodigios divinos. Podía predecir o elegir el rumbo de los acontecimientos, volar, transformar la materia, e incluso destruir y recrear el mundo con absoluta libertad. Los límites materiales, las asperezas y barreras de la vigilia, eran para mí una pequeñez en las tierras soñadas. Con la práctica conseguí manipular el tiempo mismo, la velocidad de los acontecimientos podía alterarse, la extensión de los momentos se volvía relativa, el poderoso cause de la cascada podía detenerse o ralentizarse. Sin embargo, nunca logré invertir la corriente y explotar sus posibilidades.

Resultará evidente que, al explotar tanto mi capacidad para soñar y llevarla al límite de sus posibilidades, el despertar se volvía un evento traumático. Pasar de ser el dios de mi propio mundo a un simple ser humano generaba una obsesión cada vez más profunda en mi ser. Quería dormir todo el tiempo, soñar y nada más. Me enfurecía en todo momento al vivir en esta contradicción, el fuego de mi propia frustración debía ser remplazado por la calidez de la libertad. Ser una especie de demiurgo al dormir no era suficiente, anhelaba que esa fuera mi realidad, necesitaba algo consistente, absoluto.

Pasaron años antes de ser capaz de concebir una idea útil, pero tuve éxito. Un plan único en su tipo nació en mi cabeza ¿Cómo hacer de mis sueños una realidad? ¿Cómo transformar la realidad misma en un sueño? Si todo era una ilusión ¿Podía ser esta perfectible? La respuesta estaba en la mismísima fantasía, en lo virtual.

A lo que me refiero es a que la ilusión es algo modificable, perfectible hasta sus aspectos más mínimos, en lo que pasa desapercibido. Estas son las sensaciones.

Para alguien que logra manipular la realidad de los sueños, pensar los sentidos más fundamentales se vuelve algo secundario, como fue en este caso el tacto. Siendo incapaz de poseer percibir el simple toque de un objeto contra mi cara ¿Cómo podía anhelar crear algo perfecto?

El trabajo fue arduo, tuve que practicar mucho para simular la complejidad de los sentidos, puesto que tienes que construir una relación que implicó miles de millones de impulsos, así como tener en cuenta la relación de los órganos con el sentir, en conjunto con la producción de una especie de neuronas ilusivas. Es evidente, debía aportarles estas cosas a mis proyecciones y personajes, lo que llevaría mucho tiempo. Por suerte, en los niveles profundos del subconsciente se pude obtener una cantidad infinita de tiempo. Sueños sobre sueños, un nivel tras otro, envejecer, morir y renacer, y repetir el ciclo muchas veces más.

Logré establecer sensaciones en mis sueños, tal como en el mundo real.

Es probable que me faltara preparación, quizá desarrollar más la capacidad de mi conciencia, aunque confié demasiado en mi habilidad, mi voluntad, mi fuerza. Estaba ansioso por crear un ideal absoluto, quise elevarme, ser Dios, y que eso fuera una realidad, una creada a través de la ilusión.

El inicio fue exitoso, era un ser capaz de manipular el universo a su gusto, uno auténtico y verdadero. El defecto estuvo en mi necesidad de brincar a través de los estratos oníricos de forma continua, lo que requería una concentración y un manejo de la capacidad mental al que no hubiera accedido en la vigilia. Mi fuerza parecía diezmarse ante los continuos cambios y las complejidades de laberintos construidos durante milenios, y los evos fueron necesarios para mostrarme la verdad de mis acciones.

 Mi adicción por los sueños sublimes me llevó a desear quedarme en ellos, y con el tiempo, como cabría espera, mi conciencia se perdió en los abismos de mis propias creaciones.

De repente, me desperté, en mi cama, pensando que había despertado. Así, cumplí mi jornada diaria, esperando volver a soñar, ser Dios otra vez. Mi día transcurrió con normalidad, con un exceso de ella. Podría asegurar que todo era un mero recuerdo. Tenía razón.

No me di cuenta de mis errores hasta que me fui a dormir, cuando noté que la libreta donde  registraba mis sueños no estaba, al igual que mi escrito, en ese momento el piso de mi habitación se desmoronó y mi cama cayó en un infinito vacío. Supe entonces que estaba soñando.

Desperté, creyendo que en esta ocasión estaba ya en vigilia. Sin embargo, todo se repitió, esta vez con la presencia de construcciones más complejas, de personajes inventados, descubriendo que seguía dormido.

Esto ocurrió una decena de veces hasta que decidí tomar las riendas de mi mundo, para recuperar mi reino y recurrir a una sacudida que me sacara de la ilusión. Gigantesco fue mi horror al descubrir que era incapaz de controlar mis sueños.

La recreación de la realidad fue demasiado fiel, poderosa y precisa. Lo que me rodeaba se perfeccionaba a cada instante, cerrando los puntos con los que lograba descubrir que las cosas eran sólo una ilusión. La conclusión de mis observaciones era terrible: me había convertido en una proyección en un mundo proyectado por mi propio ser.

La sensación de caída, el suicidio, el provocar mi muerte. Todo fue inútil. Mis sentidos se simularon de forma exacta,  el universo onírico se construyó con una capacidad para autorecrearse, corrigiendo sus defectos, sus fallos ilusivos, armando una segunda realidad con individuos propios y pensantes que la podían manipular con su trabajo, todo por un mecanismo que yo mismo creé. El sueño material había nacido.

Me fundí con la nueva vida que se me presentaba, durante cuarenta años. Y, tras una existencia virtual, olvidé la verdad que una vez había sabido.

******





Un día de tantos me percaté de algo que no había notado antes, el mundo parecía se me hacía raro, incongruente, todo parecía sistemático y predestinado, demasiado. Me sentía nostálgico, débil. Recordaba de forma parcial el poder que alguna vez me había impregnado, aquella potente voluntad. Llevaba años sin soñar cuando me percaté que mi vida era un sueño.

            ¿Cómo lo hice?  Mis sentidos, ahí estuvo la clave.

            Hubo un pequeño fallo cuando originé los sentidos simulados, una breve insensibilidad en el ojo, algo en lo que, por descuidado, no trabajé. Con ello confirmé el haberme vuelto anciano en una ilusión. Regresó a mi memoria todo lo que antes conocía.

            Recuperé poco a poco mis habilidades, y, en cuestión, de días lo que me liberó de mi ilusión me daría la herramienta para salir de las tierras oníricas.

            Primero necesité de todas mis capacidades como soñador, después debí encontrar todos los puntos débiles de mis ilusiones. Sin embargo, mis creaciones desarrollaron una defensa, una forma de mantenerme dormido. Al final debí usar mi último as, viajando al núcleo del universo, destruí el sueño mismo.

            A su vez, en el cataclismo de mis fantasías, me di muerte. Entonces desperté.



*****

Logré llegar al mundo vigil. Aparecí en mi cama, despierto otra vez.

            Al inicio sospeché que seguía dormido. Comprobé que no era así al sentir mojarme los ojos y la cara completa. Me bañé, verifiqué cada parte de mi cuerpo. En el instante en el que supe que en efecto salí de mis sueños logré tranquilizarme.

            Antes de ver a mi familia y amigos, me dediqué un día a vivir en el mundo real, a sentir el viento y el agua, a ver el amanecer y el atardecer. Estando solo, pero reconociendo el mundo real. Después hice lo que otros hubieran hecho, ver a la gente con la que no había estado en años, en siglos transcurridos en una noche.

Nunca volví a manipular mis sueños. Podía vivir sin controlar la realidad a mi plena voluntad, aunque ya no quería verme atrapado en un limbo nacido de mi propia mente. En fin, viví como siempre lo había hecho antes de volverme un soñador lúcido, tuve sueños con placer, sin controlar la realidad de los mismos. No sé si feliz, pero si en paz.

            Estos últimos días he sentido en ocasiones una extraña presión en mi nuca, supongo que no es nada.   


jueves, 14 de abril de 2016

El Eterno




Cada vez que veo tu mirada sé que me acerco hacia el fin- le dije a la Muerte, no sin cierta melancolía-. Sin embargo, llegas un poco tarde. Ya todo se ha perdido, y no queda nada por hacer ¿No ves acaso al fuego devorando al cielo? ¿A la tierra comida por el mar? ¿Ya notaste que estoy en el último paraje del mundo? Me habías prometido llevarme en paz ¿No es cierto?
La Muerte no me contestó, sólo se quedó mirándome, en silencio. Sus ojos eran como la profunda extensión del cielo nocturno.

No piensas contestar ¿verdad? Antes hablabas más, entonces eras más divertida- suspiré-. ¿Cuánto tiempo esperaremos aquí? ¿Te da curiosidad observar el campo que acabas de cosechar? Me pregunto por qué tardaste tanto en venir  ¡Eres cruel! Y peor aún, eres lenta ¿Te gusta verme así como estoy ahora? ¿Te causa fascinación ver a cualquiera en la miseria más absoluta? Seguro que sí, nunca fuiste precisamente alguien oportuno ¿Recuerdas nuestras pláticas? Si, lo haces, no necesito que me contestes ¡¿Por qué no te vas  de una vez?! No necesitas acompañarme, me sentía solo antes de que pasara todo esto, siempre me he sentido solo.

La Muerte pareció reaccionar en esta ocasión. Casi percibí cierta culpa en ella.

Tengo que admitirlo, te presentaste de una forma agradable. En serio, esta apariencia te favorece- La observé detenidamente-. Me resulta familiar. No sé, creo que es agradable. Supongo que tú no tienes género en realidad, aunque no tengo inconveniente con esta imagen de ti. Creo que si no estuviera tan enojado contigo y tus hermanos, seguro trataría de conquistarte ¿No te causa gracia? A mí sí. Por cierto, hablando de tus hermanos ¿Cómo está Vida, sigue enojada porque lo del homúnculo? Tiene que admitir que mi trabajo fue fantástico, pocos habían logrado crear homúnculos, pero ¡¿Darle un alma a uno?! ¡Fue perfecto! En fin, Vida siempre me agradó, creo que era la más bondadosa de todos ustedes, posiblemente mi favorita de todos ustedes. Aunque demasiado relajada para mi gusto, tal vez demasiado inocente ¡¿A quién engaño?! Tú y yo sabemos que si algo no tiene tu hermana es la inocencia ¿o no? No lo sé, todos ustedes son tan extraños, tantos siglos y aún no he podido comprenderlos. Supongo que es imposible.

Destruí la piedra filosofal, tal como ustedes me ordenaron, lo mismo hice con los papiros del Sabio- Muerte pareció triste cuando dije esto, si eso era posible-. ¿Por qué tardaron tanto? ¿Era necesario discutir el asunto con Equilibrio? Sí, no podía ser de otra forma. Entonces ¿Cuál es el veredicto?

Muerte se quedó un rato sin hacer movimientos, sin  dar a notar sentimiento alguno, sin hablar ni hacer señas ¿Noté algún sentimiento en ella? No lo sé, era como sentir enojo, tristeza, pesar, felicidad, todo sentimiento que se le pudiera a uno ocurrir, y a su vez ninguna, como si un vacío o una imposibilidad de permanencia en sí mismo no dejara a las emociones fluir como debían. Al final se acercó a mí, acarició mi cara y puso un objeto en mi mano.

Supe de inmediato lo que deseaba comunicarme, lo que la Muerte había colocado en mi mano era un anillo, el cual conocía su origen a la perfección, y su función tampoco era un secreto para mí. Además, la Muerte me reveló como usarlo.

La Muerte se retiró entonces. Sin haberse llevado nada de mí, sin llevarme con ella. Parecía ser que mi destino debía ser trágico ¿Estaba condenado a vivir eternamente? No, había una salida, y era ese anillo.

La función de ese curioso objeto era una sola: el último nivel de liberación, el término de cualquier vínculo de cualquier índole, de toda limitación, el hecho que muchos temen que ocurre al morir, pero de forma mucho más profunda, cruda y dolorosa. Simple y sencillamente porque en este caso la especulación más difícil de concebir se hacía verdadera.

Sostuve el pequeño regalo de la Muerte durante un tiempo muy largo, horas, días, semanas, o quizá años. Al final opté por usarlo. Lo coloqué donde debía ir, respiré hondo y me preparé.
Estoy seguro de que el eco de mis acciones repercute hasta los rincones más profundos del tiempo, y mis palabras resuenan en la eternidad, en mundos que para mí son inhóspitos. Si aún pueden conocer sobre mí, es porque todavía no he usado el anillo, y no estoy completamente decidido a hacerlo ¿Acaso debo vagar por siempre solitario en los desolados pasajes de lo que alguna vez fue un mundo vivo? ¿Puedo siquiera intentar concebir la otra opción? Los años pasan y aún espero la respuesta.


                                                                                                                             Antonio Arjona Huelgas
                                                                                                                             Ciudad de México
                                                                                                                             14 de abril de 2016
                                                                                                                             

martes, 5 de abril de 2016

Los graznidos de Silbán


Gritos, graznidos, silbidos y sonidos agudos han acompañado mi estadía improvisada en este recóndito sitio. El cantar de miles de aves enardecidas ha  vuelto mis horas menos silenciosas. Mis provisiones están destinadas a perdurar durante periodos indefinidos. No tengo la certeza de que mis asociados traten de rescatarme, de hecho estoy casi seguro de que no lo harán. No los culpo ¿Quién arriesgaría a miles para salvar a uno solo? ¿Por qué motivo mandarían ayuda a un agente que fue incapaz de cumplir su labor, y que además se fue a meter en un territorio más allá de los últimos  confines de la racionalidad, de la cordura? Creo que yo no lo haría

¡Malditos pájaros! Me sorprenden las capacidades del infeliz Silbán ¿Cómo será que esos desgraciados continúan vivos? ¿Cómo será que se mantienen muertos?

            Si bien todo esto comenzó a causa de mis errores, mis “asociados” son mayormente culpables. En cuanto mi búsqueda me llevó hacia Silbán, todos decidieron darme la espalda, acusándome de levantar falsos contra un algo que no tenía nada que ver con el problema. Ahora me pregunto cuántos habían sido corrompidos para ese momento.

            Silbán había sido, para mí y para casi todos, un misterio absoluto. Fue sorprendente observar que fuera conocido por mis entonces empleadores, y más aún que llegaran al extremo de imputarme un cargo por tergiversar la verdad fundamental, incluso planteándose la posibilidad de que yo fuera el responsable de los inexplicables movimientos en el flujo de las cosas. Me vi obligado a escapar en dirección al vacío, y agradezco haberlo hecho.

            Nunca esperé que las cosas acabaran como lo hicieron, pero sin duda hice todo lo que pude para evitar que lo hicieran aún peor.

            ¿Qué es Silbán? Es aquel cuyo espíritu aletea en los silencios, el que se mueve siempre a las espaldas del solitario, el que espera la muerte de los seres para alimentarse de los cadáveres y aspirar el aliento. En sí mismo es la vana esperanza, el engaño al final del camino, la agonía del final. Silbán espera por ti, agitándose entre los suspiros, caminando al parejo de tus pasos, observando con avaricia el brillo de tus ojos. Incluso, si eres atento, podrás escuchar sus alas batiéndose en medio del aire, serás de oír cuando grite tu nombre.

            Silbán es responsable del oscurecimiento del crisol, de las falsas verdades y de las supuestas mentiras. A su vez es quien los ha puesto a pelear moviendo y cortando los hilos del destino a su gusto. Pronto averigüé, aterrado, lo que Silbán planeaba.

            No dudé en tratar de recurrir a quienes me habían dado la espalda, con evidencias más certeras, insistiendo en la importancia de para el avance de Silbán, el Carroñero.

Fue inútil.

Sólo restaba una oportunidad para evitar que el Carroñero alcanzara su meta. Sin perder tiempo me aproximé hacia el Dios muerto, quien en vida había sido el umbral al Absoluto. Profané su cadáver, antes de que Silbán fuera capaz de hacerlo. De ahí robé el símbolo, la nominación y la cualidad del Verbo. Fue todo lo que pude conseguir, puesto que el Carroñero había llegado.

Como me lo temía, Silbán devoró el cadáver de Dios.

 El final llegó entonces, sabía lo que tenía que hacer, lo único que podía hacer, y en efecto lo hice. Libré el último combate contra el Carroñero.

Utilicé lo que había conseguido del cadáver del Ser, en conjunto con mis conocimientos para manipular la sustancia y aislar la esencia. Toda fuerza, conocimiento y poder que había acumulado fueron usados, e incluso algo que estaba más allá de eso. Al término conseguí vencer a Silbán.

El Carroñero quedó atrapado, al igual que su ilimitado poder, su voluntad se mantuvo fuera de mi alcance, extendiéndose a través de la forma en la que lo retuve, pero limitada ante el peso de sus cadenas. Fue un éxito en cierta medida.  Sin embargo, me vi obligado a sacrificar el sentido, junto con un costo personal todavía más alto.

No sé qué pasará después. Quizá resista, quizá no, únicamente logro observar cómo se van cerrando los límites de la prisión. Escucho los gritos de Silbán en las voces de sus infinitas formas, rasgando las paredes que lo separan de donde me he recluido. Soy la última línea defensiva, si el Carroñero logra tomar control de mí, todo acabará. No tengo temor por la espera, lo único que quiero es que se acaben esos malditos graznidos.



                                                                       Antonio Arjona Huelgas

                                                                       5 de abril de 2016

                                                                       Ciudad de México